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De noticias y vacas: Westerns contemplativos • Fernando Cuevas

Fernando Cuevas
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Primera vaca: Western fundacional
De noticias y vacas: Westerns contemplativos • Fernando Cuevas

 

Un par de filmes ubicados en la lógica del western desde una perspectiva de apertura a los nuevos tiempos y de integración de comunidades diversas, no exentas de conflictos y dificultades. De Oregon a Texas, personajes que establecen inesperados y fuertes vínculos para enfrentar los desafíos propios de quienes buscan abrirse espacio entre sociedades en plena formación.

Primera vaca: Western fundacional

Estamos ante la historia de un par de socios que trasciende en amistad, ambientada en la llamada zona baja de Columbia, ubicada en Oregon, alrededor de 1820, época y lugar ya abordados por la directora Kelly Reichardt en Meek’s Cutoff (2010). Un llamativo contexto social en el que conviven personas de distintos orígenes –rusos, ingleses, chinos, afroamericanos, nativos- sin conductas racistas explícitas, dándole un toque de cosmopolitismo que contrasta con la precariedad en el desarrollo económico y en la incipiente organización social y comercial: una revisión de las raíces de una sociedad multicultural que trataba de cimentarse con base en la confianza mutua, siempre asediada por factores desestabilizadores como la necesidad de la dominación o el control del territorio como si fuera propio por designios coloniales y divinos.

Primera vaca (First Cow, EU, 2019) es un sensible y profundo western de orientación masculina, centrado no en duelos de pistoleros o conquistas de hogares y territorios, sino en los vínculos afectuosos que se construyen entre personas y con la naturaleza, en una etapa pre-capitalista donde se van tejiendo sueños de progreso individual ante las tangibles limitaciones y adversidades, incluyendo prácticas de control, de robo y de justicia por propia mano. En particular, el filme sigue al chino King Lu (Orion Lee, escurridizo), huyendo de un grupo ruso que quiere acabar con él y con buena visión para el negocio, y al cocinero formado en Boston, Otis Figowitz (John Magaro, confiado), trabajando para un grupo de cazadores que lo maltrata, sobre todo cuando no consigue el alimento necesario para la horda.

Justo cuando buscaba algunos ingredientes, el cocinero descubre a su futuro amigo oriental y lo protege para después coincidir en la cantina del pueblo, con la pelea infaltable de todo western que se preste, y finalmente compartir una choza donde brindan por el reencuentro y fraguan la cocción del pan, vuelto manjar muy solicitado gracias, en parte, a la leche de la vaca del terrateniente, tomada sin su consentimiento (Toby Jones, siempre eficaz), con el fin de elaborar  los sabrosos panecillos con más consistencia y su toque de miel, que él mismo termina degustando, entre muchos otros pobladores, transportados así al sabor del hogar, Londres incluido.

Curioso que en lugar de buscar una asociación con el dueño del animal, se opte por el engaño que previsiblemente será descubierto, sobre todo cuando se atiende la petición para preparar un pastel de arándanos y presumirlo en una reunión para recibir al presumido militar británico, elaborado con una materia prima de coincidente sabor familiar. En esta lógica, parece prevalecer el individualismo como forma de entender las relaciones sociales, no tanto la búsqueda de esquemas más cooperativistas orientados al bien común: enfáticas son las diferencias prospectivas de los dos amigos en cuanto a imaginar el viaje a la gran ciudad y engrandecer el negocio, en contraste con buscar el disfrute de lo que se tiene y sobre lo que se hace para ganarse la vida.

El tono sociológico y fundacional del relato alude a cómo se va organizando un colectivo heterogéneo en torno a algunas actividades, como la caza del castor y el tratamiento de pieles, así como a la distribución de roles sociales, y de qué manera los individuos se van integrando en estas lógicas de relación económica y de micropolítica, con un terrateniente claramente identificado y la presencia de un fuerte llamado Tililkum, cual edificación ancla y paraíso seductor: alrededor, cabañas dispersas y una especie de tianguis donde se venden y compran productos, utilizando billetes específicos, objetos varios y hasta colmillos, además del ancestral trueque.

Reichardt (River of Grass, 1994; Ode, 1999; Radicales, 2013), una de las artistas fílmicas más importantes de la actualidad, adapta una parte de la novela The Half Life (2004) de Jonathan Raymond, escritor que ha la acompañado en varios de sus filmes, y dirige con el habitual detenimiento y atención al detalle, dando tiempo a que el entorno natural se revele y a que los personajes y sus relaciones se desarrollen con la necesaria profundidad, como lo planteó con los amigos de campamento en Old Joy (2006) y con el desarrollo del vínculo de tres personajes femeninos que van interconectándose en Ciertas mujeres (2016), si bien ahora predomina la presencia de los hombres en este relato primigenio, donde el naturalismo sigue permeando de manera explícita la forma y el fondo.

A través del prólogo, en el que una mujer en la actualidad (Alia Shawkat) descubre dos esqueletos enterrados después de ver pasar un imponente barco, se abre un arco hacia atrás que cierra con los protagonistas tomando un descanso en situación de apremio. La fotografía de Christopher Blauvelt fundamenta la tesitura del film, con pausados desplazamientos que acompañan el cauce del río o bien recorren los árboles desde sus bases mismas, aprovechando la luz existente, sin artilugios y jugando con diferentes perspectivas con el bosque como escenario principal; de pronto, aparecen acordes country-folk en estado crudo, cortesía de William Tyler, para acentuar con discreción la sobria pero efectiva recreación de la época, dando cuenta de la diversidad a partir también de los vestuarios.

La encantadora vaca del título, además de ser en efecto la primera en sobrevivir al trayecto desde Europa y asentarse en estas tierras ahora conocidas como Portland, se convierte en un símbolo tanto de distinción como de afecto: el ladrón de leche (apodado Cookie, parecido a crook), apoyado por su cómplice-búho, no solo la ve en términos de medio de producción, sino como una compañera con la que puede platicar y convivir en las noches, recordando al vínculo de Wendy and Lucy (2008); acaso representa no solo la oportunidad de tomar el té con leche, sino sobre todo la apertura a un mundo distinto, no en términos de mera explotación del medio natural, sino en cuanto a compartir insumos y capacidades para despertar a otras posibilidades y saborear la realidad, ya sea con esos enormes ojos que parecen ver en la oscuridad o con el sentido del gusto listo para paladear las mieles de la felicidad.

Noticias del gran mundo: Western revelador

Cinco años después del fin de la Guerra Civil, un capitán retirado del ejército Confederado se dedica a ir de pueblo en pueblo para dar a conocer lo que sucede en un mundo cada vez más amplio y diverso. Organiza sesiones en las que lee las novedades, cual contador de historias reales, para que la gente se mantenga más o menos informada; en uno de esos viajes, se encuentra a una niña kiowa de diez años, una etnia de origen germánico, y recibe la petición para que la lleve con sus tíos, encargo que acepta con reticencias, mismas que manifiesta la joven. A partir de ahí y con todo y las barreras del idioma y de la desconfianza, ambos emprenderán un viaje de reconocimiento mutuo y personal, salvando algunos peligros y tratando de llegar a su destino que, como suele suceder en estos contextos, no necesariamente es el definitivo.

Paul Greengrass vuelve a hacer mancuerna con Tom Hanks, como en Capitán Phillips (2013), para escribir junto con Luke Davies y dirigir Noticias del gran mundo (EU, 2020), retomando la novela de Paulette Jiles. El realizador de la trilogía Bourne (2004, 2007, 2016) baja la velocidad y privilegia el enfoque más íntimo y personal sobre su habitual mirada política relacionada con el terrorismo (Bloody Sunday, 2002; Omagh, 2004; Vuelo 93, 2006; 22 de julio, 2018), sin obviar los contextos sociales por los que transitan el noticiero ambulante y la niña huérfana en su periplo para encontrarse, finalmente, a sí mismos, más que un lugar predestinado o con algunas personas en específico: esos trayectos en los que importa más el proceso que el resultado.

La trama se sustenta en cómo los dos personajes van transformando su relación, en un inicio impuesta para ambos, de la distancia e incomprensión a un vínculo donde surge la necesidad mutua, el apoyo y la complicidad, al tiempo que cada quien descubre y resuelve, a su manera, un nuevo mundo exterior que se refleja en el proceso personal, rompiendo barreras de origen, edad y situación particular. Para que la dinámica entre ambos funcionara, resultó esencial la actuación de la joven Helena Zengel, entre salvaje y solidaria, interactuando sin problema con el siempre solvente Hanks, aquí asumiendo un rol paternal no pedido pero al fin bendecido, obligado por momentos a poner en juego su capacidad para el duelo armado.

Con el calmo y efusivo score de James Newton Howard, se abren los consabidos paisajes interminables, todo un mundo por recorrer, capturados en forma imponente por el ojo del polaco Dariusz Wolski, combinando enfática paleta de colores según el momento del día y aprovechando tanto la luz del día en espacios abiertos, como la que generan fogatas y lamparillas en los momentos de oscuridad, ya sea a la intemperie y en los lugares cerrados, particularmente cuando se reúnen los pobladores a escuchar las novedades de gente como ellos. La integración de perspectivas resulta notable, sobre todo en las secuencias en las que los viajeros se ven envueltos en peligro, en especial el provocado por un trío de bandoleros que quieren primero comprar y después robarse a la niña.

Un western revelador no solo de los sucesos acaecidos en los distintos territorios, sino también de las noticias personales, como la pérdida de la esposa o la condición de la familia ampliada, además de los experiencias que se construyen en el tránsito, a través de las propias vivencias y las relaciones que se establecen en el camino, como la gente que los ayuda para seguir adelante o el encuentro en el pueblo dominado por una especie de cacique (Thomas Francis Murphey), en el que el capitán opta por leer una nota revolucionaria que enciende a quienes escuchan y molesta al líder, con el consecuente peligro para el desobediente lector y su infantil compañera, viéndose en la necesidad de huir por piernas para continuar con ese viaje que los lleva a un destino por delinear.




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