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Spoilerama • Pig: el factor Cage • Óscar Luviano

Óscar Luviano

Oscar Luviano
Pig (2021)
Spoilerama • Pig: el factor Cage • Óscar Luviano

 

Robin es un exchef que se ha ido a vivir a una cabaña en los bosques de Portland, en compañía de su cerdita. Ahí subsiste de la venta a un junior de las, trufas que Pig encuentra entre el humus. Una noche, como cabe esperar en una película de Nicholas Cage, ladrones irrumpen en la cabaña y se roban al animal, dejando al cocinero malherido. Apenas despierta y sin limpiarse las heridas, Robin se lanza junto con el junior en busca de Pig, por ese submundo de la alta cocina, una mezcla de The Fight Club e infierno dickensiano, donde la búsqueda de su amado animal será (también) una confrontación con su propio pasado.

¿John Wyck con una cochinita? ¿Ratatouille con Cage en lugar de la ratita? Mucho hay de ello: pronto se revela que lo que mueve a Robin no es la utilidad de Pig, sino que es el único afecto que le sostiene, y el arma que usa contra los villanos es su cocina y el poder del sabor sobre la memoria.

Seguramente suena ridículo, y probablemente esa es la idea. Si hay un elemento en común en gran parte de ese género llamado Nicholas Cage es la forma en que estos filmes se sumergen en el ridículo y se lo sacuden, gracias a ese fenómeno natural en vías de extinción que tienen por protagonista.

Éste es uno de esos casos.

Uno de las reprimendas que se repiten con mayor frecuencia en ese enorme páramo al que ha ido a parar la nueva generación de críticos cinematográficos, Twitter, es que tal o cual actor o actriz “siempre actúa de sí mismo”. A veces, dentro de esta caterva, se menciona al sobrino de Francis Ford Coppola, lo que es totalmente cierto, pero, a la vez, torpemente parcial: Cage es siempre él mismo de ese modo en que el agua puede presentarse en una diversidad de estados y seguir siendo agua.

De hecho, Cage es uno de esos contados actores que es él mismo con tanta fuerza, que termina por convertir toda película en la que participa, en una de ese género llamado Nicholas Cage, sobre todo en los últimos años, desde que la mayoría del público lo considera poco menos que un meme, y en el que ha combinado filmes alimenticios con estimables filmes pequeños.

Entre aquellos con los que paga una deuda infinita con la Hacienda gringa se encuentra la involuntaria trilogía “Cage contra lo que le pongan”: Primal (contra un tigre mal renderizado), Jiu Jitsu (contra aliens ninjas) y Willy’s Wonderland (contra animatronics). Entre las obras maestras casi invisibles se cuentan, desde luego, Mandy y su aterrador universo Heavy Metal, Joe y su reelaboración de las masculinidades tóxicas y la adaptación de Color out of Space, a manos de esa gran víctima del cine que es Richard Stanley (y de la que, desde luego, tenemos que hablar).

Desde su adopción de un método de actuación (el suyo) del que no hay retorno, y cuyo germen  podríamos hallar en su rol como Little Junior Brown en Kiss of death (1995) —la primera vez que puso esa cara de loco que se repite hasta la saciedad en memes y stickers-, Cage ha demostrado que puede ser un forzudo melancólico (The Rock), un alcohólico suicida (Leaving las Vegas), John Travolta (Face Off), su gemelo calvo (Adaptation) y un cráneo en llamas (Ghost Rider), sin dejar de actuar de él mismo.

Es decir: Cage pone en cada una de sus apariciones un limitado arsenal, que son todos los clichés de su cuerpo (esos ojos de lunático, esa voz sorprendentemente suave, una inmensidad corporal que sabe ir de puntillas gracias a la contenida gracia de los grandes bailarines y, sobre todo, un rostro que no sabe renunciar a la ternura), al servicio de sus personajes, pero con una intensidad fuera de toda lógica, que hace de todas sus creaciones (desde Sailor hasta H.I. McDunnough, sin olvidar al soldado deforme de Birdy), fascinantes bombas de tiempo que terminan por estallar,  pero de un modo siempre sorprendente. Con una fuerza que nos hace decir, tal y como decirnos que ésta o aquella son “películas de Brando” o “películas de Weaver”, que ésta es una película de Cage.

Es el caso de esta ópera prima escrita y dirigida por Michael Sarnoski, donde Cage sosiega todos sus fieros atributos para convencernos de lo grave y espantosa que es la búsqueda de una mascota amada, con esos ojos de demente que brillan con la desesperada luz de quien sabe que el tiempo se acaba, pero que debe calcular cada paso cuando ha salido del bosque para enfrentar a los lobos.

Es otra de Cage, y una de las mejores, en su quieta odisea de esa aceptación de la pérdida que implica recuperar la memoria a través de la cocina.

Pig (2021) se estrenó el 16 de julio en Estados Unidos.

 

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