Es Lo Cotidiano

PLACER CAPITALISTA: RESEÑAS DE LECTURAS BANALES

Marx, pero Arriaga

Óscar Luviano

Óscar Luviano
Tachas 425
Marx, pero Arriaga


Esta columna que hoy nace y sobre cuya longevidad no tenemos la menor certidumbre, es un homenaje a las ideas sobre la lectura que tiene esta administración. Por ende, es un homenaje a su idea de su cultura. También es un homenaje a uno de sus burócratas más visibles, fuente del epíteto con el que he decidido nombrar este espacio: Marx Arriaga.

Bueno, en realidad no lo dijo.

Arriaga se dio a conocer como vaporoso encargado de las bibliotecas públicas y responsable directo del estado comatoso en que han caído estos recintos (entiendo vagamente que el centro de sus esfuerzos era un programa de catalogación que sustituía a uno de pago, bajo el nombre, cómo no, de “Zapata”). Es ahora el vaporoso responsable de la edición y contenidos de los libros de texto gratuitos de la Secretaría de Educación Pública. Es decir: del primer (y tal vez único) contacto que muchos niños y adolescentes tendrán con el libro.

Yo fui uno de esos niños.

Con los libros de texto gratuito conocí una emoción de la que se habla poco cuando se habla de esa herramienta escolar: el olor a nuevo, el peso, la presencia estratégica de objetos que eran míos porque sí. Idénticos a los de mis compañeros, pero míos, gracias al milagro de mi nombre escrito en su primera página.

Por razones que ninguno de los ideólogos de la 4T ha precisado (se alude que sus contenidos eran neoliberales, pero no se da un ejemplo de este sesgo ideológico), Arriaga decidió rehacer la última versión de estos textos. Su intención no sólo era revolucionaria, sino además barata: se lanzaron convocatorias nacionales para que ilustradores y redactores contribuyeran a la elaboración de los nuevos materiales sin recibir un pago.

A pesar de que el público cautivo de Arriaga (el magisterio y bibliotecarios) participaron (con algún escritor y dibujante más adherente al proyecto nacional que a pagar el súper, pues seguro los hay), la elaboración de estos nuevos y renovados textos se ha empantanado, y hasta donde sé, los niños serán educados con los mismos contenidos neoliberales usados durante el peñismo.

Pese a esta falta de consistencia en sus diferentes cargos, Arriaga continúa haciendo con serena desfachatez lo que mejor hace: encender las redes sociales con declaraciones que no sólo lo pintan de cuerpo entero, sino que a la par son certeras concentraciones de las políticas públicas de la 4T en lo que se refiere a la cultura. Y a todo lo demás.

Si hace algunos meses se revivió a través del retuiteó un encendido discurso en que Arriaga mandaba a las mujeres en protesta a leer para que se formaran un “auténtico pensamiento crítico” (lo curioso es que las mandaba a las bibliotecas públicas, que él mismo reconoció como una red en el abandono presupuestal), y en esta ocasión el encargado de esfuerzo más relevante de promoción de la lectura decidió hablar en contra de la lectura por placer.

Algo tan grave como si López Gatell se hubiese pronunciado en foros públicos en contra del uso del cubrebocas.

(Ah, ya…)

En una jornada de capacitación en una escuela normal del Estado de México (otro espacio educativo en disolución), Arriaga realizó una confusa alocución (no se preocupen, no pienso repetirla) en la que separó a la lectura en dos: una emancipadora y otra por placer y a la que hay que oponerse, pues de alguna manera crea dividendos para emporios capitalistas. O algo así.

En honor a la verdad, lo que sea que trató de decir el burócrata, no incluye la frase que rabiosamente se le adjudicó en redes y medios (Leer por leer es un placer capitalista), pero su idea de la lectura, su estilo administrativo y sus dichos auténticos apoyan esta idea: la del sufrimiento como motor cultural.

Esta idea de una “lectura emancipadora” que por desgracia Arriaga no definió cabalmente, pero que entiendo como una lectura dirigida a ciertos contenidos (como la Cartilla Moral o la Santa Biblia) y, sobre todo, plena de una actitud de relevancia, de superioridad moral, de cierta santidad. Un acto de leer que más que construir pensamiento, nos construye como personajes al contagiarnos de una cierta idea irrebatible sobre el mundo.

Esta lectura, además, requiere de un escenario en el que sufrimiento y carencia son las cualidades, como en la vida de los santos, que forjan al lector. Y al ciudadano, según se desprende de analizar las políticas públicas de la 4T, basadas en el ahorro y en el adelgazamiento de funciones del Estado (acciones que son, por definición, son sumamente capitalistas y neoliberales).

No puedo decir si esta idea de lectura pragmática aporta resultado alguno. Leyendo y escuchando a Arriaga (y presenciando la cruzada contra el conocimiento y la ciencia que es el gobierno que acompaña) creería que no.

Tampoco sé si leer por placer (es decir, sin guía escolar o ideológica, cuando maestros y autoridades miran para otro lado) rinde algún fruto, y menos si es o no un placer capitalista. Tendría que empezar por saber qué es un placer capitalista, y todo lo que puedo decir al respecto es que un oxímoron obvio: el placer es, justamente, el abandono del lucro y del dividendo en aras de nuestra propia exaltación, del cuerpo y de todo cuanto puede experimentar, incluyendo el desciframiento del mundo para el que nos prepara el acto de leer.

Este espacio, sin embargo, se llama así, Placer capitalista, y es un homenaje, como les decía, a Arriaga y a aquellos que, como él, intentan e intentarán hacer de la lectura un acto vigilado y mercantilista, en total oposición a lo que significan las bibliotecas públicas y los libros de texto gratuitos.

En este espacio hablaré sobre esas lecturas banales que he ido encontrado tal y como lo hice esa primera noche, después de poner mi nombre en la primera página del libro de Español, y hojeando ese libro que nadie me autorizó a leer. En él hallé a Bradbury, a Stoker, a Paz, a Rulfo y a esa autora que, a nuestros seis años, reverenciábamos como una autoridad en todos los temas, sobre todo el de nombrar sapos: Armida de la Vara.

Leer no emancipa del capitalismo, pero nos permite, entre otras cosas, escuchar la voz de aquellos que pudieron escapar.




***
Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

[Ir a la portada de Tachas 426]

Comentarios