Es lo Cotidiano

PLACER CAPITALISTA: RESEÑAS DE LECTURAS BANALES

Tiempo de Marte, de Phillip K. Dick • Óscar Luviano

Óscar Luviano

Philip K. Dick
Philip K. Dick
Tiempo de Marte, de Phillip K. Dick • Óscar Luviano

 

Dick (1928-1982) es el subterfugio común para que aquellos que no gustan o desprecian abiertamente la ciencia ficción puedan asegurar que, de vez en vez, se asoman al ghetto del subgénero sin por ello perder exquisitez o profundidad.

Al fin y al cabo Blader Runner (Scott, 1982) ha sido largamente bendecida como una joya y hasta Emmanuele Carrère le dedicó una biografía apasionadamente inexacta. A pesar de ello, de que de unas décadas para acá el autor de El hombre en el Castillo (adaptada a serie con cinco temporadas en Amazon Prime) goza de un prestigio que nunca gozó en vida, Phillip Kindred Dick sigue siendo mal leído en español, aunque abunden ensayos, artículos y reseñas booktuberas sobre su obra.

Sigue pesando sobre él el personaje que se ha urdido sobre su figura real, y cuyo responsable es Harlan Ellison, con la introducción que escribió para La Fe de nuestros padres incluido en la Antología que Renovaría la Ciencia Ficción, Visiones peligrosas (1967), y en donde se retrataba al autor (que sobrevivía como encargado de una tienda de discos) como un experto en adicciones, sustancias ilegales y las iluminaciones que provienen de ambas. Una especie de Carlos Castaneda tecnológico.

Una imagen que sigue orientando y limitando su lectura y que pasa por alto que Dick se asumía a sí mismo como un escritor realista, pues todo lo que escribió le había pasado en realidad.

Sus novelas, cuentos y ensayos (incluyendo aquella legendaria conferencia de cuatro horas en Francia) eran partes de una autobiografía en clave, que daba cuenta de una realidad en disolución enfrentada a otras realidades amenazantes, similares, pero sutilmente ominosas, y en espera de tomar el lugar de este mundo que habitamos.

Una colonización de la realidad que busca suprimirnos.

Debido a este convencimiento de un proceso de colonización en todos los frentes (territorial, tecnológica, histórica, existencial…), de una blanda aniquilación de los cuerpos en aras de otros, desapercibida gracias a realidades tranquilizantes que se nos imponen como simulacros analgésicos, la obra de Dick es una decepción para quien busca loas al LSD (que probó una sola vez en su vida en una experiencia malviajante) o cautionary tales que adviertan sobre el uso de la tecnología (la ciencia en las páginas de Dick es puro deus ex machina), y sobre todo para aquellos que buscan los barrocos y oxidados paisajes del cyberpunk.

Lo que sí se encuentra en Dick es a personajes que detienen persecuciones, el sexo, interrogatorios, balaceras y travesías espaciales para discutir su realidad (que es la nuestra) y dar cuenta de ese proceso de apropiamiento y destrucción de los cuerpos y de las memorias. Una dimensión política que emparenta a Dick con Michel Foucault más que con Bradbury o Asimov.

Esta dimensión es notable en la que (para mí) es la mejor de sus obras: Tiempo de Marte (1964) una novela en donde Marte brilla por su ausencia y que haba, en realidad, sobre la enfermedad mental y su uso como coartada para la exclusión y la supresión social.

La anécdota es engañosa: el sindicalista que controla la distribución del agua en Marte, Arnie Kott, se apropia de un niño esquizofrénico, Manfred, cuya presencia altera al tiempo y sume a quien está bajo su influjo en versiones alternativas de su presente.

Kott no quiere explorar esas otras realidades, sino regresar en el tiempo para obligar a un socio esquivo a firmar un contrato para la construcción de un complejo habitacional para ricos en Marte. Algo urgente, pues el empuje colonizador que habitó este planeta (muy parecido a Australia) se ha desvanecido, y poco a poco el territorio languidece económica y socialmente hacia el abandono.

El centro de la novela es Manfred: un niño autista que ha sido rechazado de la escuela. Un recinto regido por replicantes de figuras blancas de la cultura estadunidense (Edison, Jefferson, Lincon…) que repiten todos los días máximas que más que enseñar embalsaman el conocimiento. No es gratuito que entre estos educadores no se encuentren indígenas marcianos (que deambulan por el planeta mendigando comida).

La escuela (el edificio es una entidad biomecánica tambien) registra las reacciones de los niños y expulsa a aquellos que no reaccionan adecuadamente a estas peroratas, y los envía a un asilo donde son encerrados y sometidos a terapia ocupacional. La novela comienza cuando se decide que este centro se suprema, por razones presupuestales, y los niños sean sacrificados, entre ellos Manfred.

Cuando Manfred es rescatado por Kott para que sea el motor de sus planes terratenientes, el niño descubre que puede comunicarse con los blekmen (los habitantes originarios de Marte) de manera telepática.

Con esto, Manfred comprende que lo suyo no es locura, sino una forma diferente de habitar el tiempo, previa a la depredación blanca, y en sintonía con la nueva tierra que le ha tocado habitar. Y, por ello mismo, inútil para el capitalismo.

El colonialismo, nos dice Dick, es esto: suprimir todo vestigio de lo original e imponer la versión blanca del planeta Tierra.

 




***
Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

[Ir a la portada de Tachas 427]

Comentarios