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PLACER CAPITALISTA: RESEÑAS DE LECTURAS BANALES

Placer capitalista: Reseñas de lecturas banales • La larga marcha, Stephen King • Óscar Luviano

Óscar Luviano

Oscar Luviano
Oscar Luviano
Placer capitalista: Reseñas de lecturas banales • La larga marcha, Stephen King • Óscar Luviano

Tengo la teoría de que dentro de ciertos escritores hay otro escritor, mejor que el original y acallado por las urgencias editoriales (o comerciales) de su autor huésped.

Dentro del insufrible José Saramago postnobel, autor de Ensayo sobre la lucidez, se encuentra el increíble prosista de Memorial del convento y de La historia del cerco de Lisboa. Dentro del rabioso anticomunista esquemático en que se ha convertido Vargas Llosa se encuentra, muy sepultado, quien diseccionó con iluminadora resonancia las mecanicas del populismo con su  Conversación en la Catedral. El Carlos Fuentes, creador de algunos de nuestros mejores cuentos fantásticos, fue relegado por el latinoamericanista profesional. Lo mejor de algunos escritores es devorado por aquello que sus lectores compran.

Es el mismo caso de Stephen King, pero (como todo lo que tiene que ver con el National Book Award 2003) esta dicotomía no evidente y (cómo no) rentabilizada: el hijo más notable de Maine no solo tuvo un escritor que elaboró sus mejores obras. King lo creó a propósito, le dio biografía, rostro, un nicho editorial y llegado el momento lo mató en 1985.

En realidad Bachman nace como una manera de canalizar obras que King y sus editores juzgaban menores (menos vendibles) pero que había que editar porque ya estaban escritas (era el fnal de los setenta, cuando las diversas adicciones de King lo mantenían escribiendo novelas por kilo las 24 horas del día), pero había que sacarlas sin saturar el mercado King (ya entonces una franquicia omnipresente en librerías y pantallas).

Así surgió Richard Bachman: un seudónimo para franquiciar las otras novelas de King. En sus contraportadas se nos informaba que era lo opuesto a King, según la biografía pergeñada por el best seller del horror: hombre de acción, guardia costero, marine retirado y, finamente, un granjero que, apartado del mundo tras la muerte trágica de su único hijo, escribía de noche al final de su jornada novelas que abundaban, sin facilidades, en la violencia norteamericana, con una mirada crítica y una prosa precisa y descarnada que ya hubiera querido King para un fin de semana.

A Bachman le debemos Rabia (1977), que se adelantó en la ficción a los tiroteos escolares (una novela que, a causa del caso Columbine ha desaparecido del mercado); Carretera (1981, una fábula ballardiana sobre un hombre que decide impedir a tiros la construcción de una autopista a través de los bosques de New England; El Fugitivo (1982), una ucronía sobre un mundo gobernado por los reality shows que hace olvidarse de Black Mirror; Maleficio (1984), una inmersión en todas las variantes del body horror con el temor a la obesidad como punto de partida, y el arriesgado experimento de las gemelas The Regulators/Desesperation (1996), obras que tienen lugar en dos universos separados, con personajes que comparten nombres y la amenaza de aterradoras deidades infantiles.

La obra de Bachman, a diferencia de la King (que abunda en títulos malos, autohomenajes -por no decir autoplagios-, repeticiones, cansancio y hartas concesiones al mercado) posee una admirable solidez estilística y temática, amén de que carece del peor vicio de King: cierto cristianismo trasnochado que termina por destruir alguna de sus obras (como es el caso de The Stand o de It). Bachman es un nihilista de la escuela de Ligotti, pero con un estilo que recuerda al mejor Rubem Fonseca.

De hecho, creo que llas dos mejores novelas de King) fueron escritas por Bachman, Una de ellas es Blaze (2007) desesperanzada crónica del secuestro de un bebé y La larga marcha (1979).

The long Walk junto con El fugitivo constituyen un díptico sobre una sociedad postcapitalista en donde los reality shows se han convertido en la única vía de escape a la precariedad. En The Running Man (vagamente adaptada al cine en 1987 para el lucimiento de Arnold Schwarzenegger, ya libre de cualquier transfondo político) un desempleado participa del programa que da título a la novela, en el que deberá escapar de un grupo de asesinos para ganar un enorme premio. La novela presenta la hora que dura el show y, además de una advertencia que prefigura a las snuff movies y al imperio TikToker, es de una intensidad que nunca decae, con un admirable final gore.

La larga marcha es la segunda novela de Bachman, ubicada en ese mismo universo, pero en el que las cámaras y el público se omiten, para centrarse en el concurso en sí: un maratón.

A lo largo de una highway, 100 adolescentes deben caminar día y noche hasta que solo quede uno de ellos. El ganador podrá pedir lo que desee. Si los competidores se detienen o bajan la velocidad del trote, los soldados que los siguen y vigilan los matarán a tiros. Esta edición del certamen termina por durar cinco días.

Con diversas coincidencias con The Hunger Games, The Long Walk es notable en su economía y realismo: se centra en un puñado de concursantes (que, claro, uno acaba por querer antes de que se lo vayan despachando uno a uno), en su ternura y desencanto, en la desesperada amistad que forman, y en las sensaciones aterradoras del cansancio y de la privación de sueño (la imagen del muchacho extenuado que se obliga a seguir gritando “¡No puedo más!” a cada paso se graba en la memoria).

La falta de detalles sobre este Estado militar-mediático y de su contexto y tecnológico (eso que hace envejecer tan rápidamente a la ciencia ficción) hacen que, pese a que ya tiene más de 30 años, La larga marcha se mantenga vigente, en un tiempo que su metáfora central (el uso de los adolescentes como carne de cañón por los que administran la violencia, la apropiación de sus cuerpos para generar audiencia, la fama y la violencia como únicas salidas para las nuevas generaciones) es aterradoramente vigente.

King asegura que encontró las obras de Bachman en un baúl abandonado en su casa o a su puerta o algo así, y que como su salvaguarda controlará su publicación (pues hay más, mucho más novelas de las que ha dado a conocer). Sin embargo, no parece muy seguro de este control sobre su otro escritor.

 Al menos dos obras de King hablan sobre su relación con este adversario: La mitad siniestra (1989) y La Ventana secreta (1990) versan sobre escritorios ficticios que cobran vida para hacer pagar a sus autores por el exito que les han escatimado. De hecho, La larga marca fue la primera que King escribió, y que desechó para ponerse a escribir la segunda, Carrie.

Antes de ser King, King fue Bachman, y nunca pudo superarlo.

La larga marcha

Richard Bachman (Stephen King)

DeBolsillo, 2013

352 páginas

Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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