Es lo Cotidiano

CON EL DESARMADOR EN LA MANO

El oculista, de Cecilia Eudave • Esteban Castorena

Esteban Castorena Domínguez

Rembrandt, detalle
Rembrandt, detalle
El oculista, de Cecilia Eudave • Esteban Castorena

La pérdida del primer folio del Cantar del Mio Cid obligó a que los lectores de esta historia comenzaran su lectura desde un interesante incipit en media res.

De los sos ojos tan                    fuertemientre llorando,
Tornava la cabeça                    e estávalos catando;

 

El inicio de la historia, pues, retrata a Rodrigo Díaz de Vivar mientras deja su tierra luego de que el rey ordenara su exilio. Resulta interesante que se trata del retrato de un caballero inmerso en un fuerte llanto que le vino mientras estaba mirando (catando) su ciudad por última vez. El papel de la mirada cobra aún más protagonismo unos versos adelante; cuando el caballero emprende el viaje, su primera acción es buscar los augurios de su porvenir. La forma de saber el futuro es mirando las cornejas que vuelan en los alrededores. Esta ave, dependiendo de la trayectoria de su vuelo, representaba un buen o mal augurio. Si el viajero la veía por su lado derecho, entonces el viaje sería bueno. Si, por el contrario, el ave se divisaba primero por el lado izquierdo (siniestro), entonces el viajero sabría ya que su viaje no estaría libre de vicisitudes.

Al salir de Vivar, Rodrigo Díaz encuentra el ave por la derecha; al llegar a Burgos, la encuentra a su izquierda. Los agüeros marcan ya una transición para el personaje. El conflicto está por llegar. Como todo buen cristiano, el Cid está dispuesto a enfrentar lo que sea que el Señor tenga dispuesto para él. Delante de los agüeros, levanta los hombros, muestra su resignación por lo que le espera.

a la exida de Bivar                    ovieron la corneia diestra;       [10]
e entrando a Burgos                 ovieron la siniestra.
Meçió Mio Çid los ombros       engrameó la tiesta

 

Resulta interesante notar los paralelismos que este inicio de un fragmento medieval tiene con “El oculista”, cuento de la narradora mexicana Cecilia Eudave. Tales concordancias se deben a que mucho del ideario colectivo y el ideario mágico de la cultura occidental se mantiene sin grandes cambios desde hace siglos. La carga negativa del lado izquierdo, por ejemplo, tiene un origen más antiguo que el mismo poema del Cid y, no obstante, aún hoy sobrevive en el inconsciente colectivo. El psicoanálisis y las teorías sobre el imaginario abordan estas cuestiones y no hay necesidad de ir mas a fondo en este texto. Hay que decir, sin embargo, que muchos de los elementos que se esbozan en el arranque del Poema de Mio Cid están en el cuento de Eudave. Naturalmente estos se abordan de una manera muy distinta, pero los elementos son los mismos: la importancia de la mirada, el sentimiento que provoca aquello que se mira, el llanto, las problemáticas que ocasiona el lado izquierdo y la resignación ante las complicaciones. Eudave lleva todo esto hacia el territorio de lo fantástico (o al de lo siniestro, como alguna vez llamó Freud a lo inexplicable y desconcertante) y logra dotarlo de gran frescura.

El narrador del relato es, precisamente, un oculista. En el primer párrafo la voz narrativa establece que lo que está por contar concierne a un caso extraño con el que se topó durante la praxis de su profesión. Para cuidar la identidad de su paciente, el oculista atribuye un pseudónimo al hombre del que está por hablar: decide llamarlo B. ¿Por qué, de las 27 letras del alfabeto, habría que optar por la segunda en su forma mayúscula?. Parecería una nimiedad poner atención a este detalle, pero el nombre, aunque sencillo, bien podría suponer un pequeño estímulo para la imaginación. Como hicieran Gianni Rodari o Raúl Renán en sus juegos con el alfabeto y el lenguaje, Eudave esconde este juego a plena vista: ¿no es la B mayúscula la letra que más se parece a un par de anteojos? Cada lector decide si se trata de una simple letra o un divertimento de la autora.

El problema de B es que su ojo derecho y su ojo izquierdo no ven la misma cosa. El derecho ve aquello que tiene delante de él. Su malestar está en el ojo izquierdo, el ojo está enamorado y su visión sigue a una mujer que se encuentra a kilómetros de distancia. El fenómeno inició luego de un encuentro con esta mujer. “Yo no debí jamás encontrarla, pero la encontré. Cosas del destino cruel que a todos nos ataca.”. El hombre lo dice con total calma, está ya resignado a su doble visión y al voyerismo perpetuo al que su ojo izquierdo lo ha orillado. La resignación ante las cosas que B no puede controlar se volverá un elemento importante para el desarrollo de la historia.

El narrador del relato no es el primer oculista al que B acude. Ya otros han revisado sus ojos grandes y claros sin que ninguno pueda explicar ni resolver el problema. Sin que nadie pueda ayudarlo, el hombre comienza a entablar una especie de relación con la chica a la que su ojo observa. B se afecciona a ella, conoce cada uno de sus rasgos, sus hábitos, conoce cada detalle de su vida. Ve todo pero no puede tocar, no puede ir más allá de lo que la vista le permite. Es un voyerista que se avergüenza de contemplar la vida de alguien como si se tratara de ver una pantalla.

Para colmo, la doble visión no es el único de los síntomas del mal que sufre. Su ojo es fetichista y roba pertenencias de la chica: tiene ya tacones, ceniceros, collares, medias, plumas, etc. Los trofeos de su ojo salen de él como miniaturas. B llora los objetos o, en su caso, B debe sacarlos de sí mismo como quien se quita una basurilla que le causa molestias.

Nunca se explica cómo es que el ojo roba las pertenencias de la mujer. Pareciera como si la chica habitara dos espacios que de alguna forma se interconectan mediante el ojo. La chica existe en el mundo de B como una persona normal, pero al mismo tiempo es como si una versión en miniatura de ella habitara en la mirada de su ojo izquierdo.

En algún momento B se decide a buscar a la chica. Se vale de todo lo que sabe de ella para poder encontrarla. Sólo cuando ambos comparten el mismo espacio, los ojos de B miran la misma cosa. La mujer sabe todo, es consciente de que un ojo ajeno la sigue y se roba sus pertenencias. Ella es muy clara en sus determinaciones, en cómo va a proceder la situación extraña que los ha unido. Las decisiones de la chica orillan a B a que tome sus propias medidas y asuma los sacrificios que las nuevas condiciones le exigen.

Si quieres leer el cuento, lo encuentras aquí.





 

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