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Cuento • El juego de Mario • Luis Enrique Vilches

Luis Enrique Vilches

Luis Enrique Vilches
Tachas 429
Cuento • El juego de Mario • Luis Enrique Vilches

Nada ha cambiado:

Llega Mario y le dice: “Ya me tienes harto”. Cuando el niño pide el control del Nintendo y se tira panza abajo, patalea y golpea sobre el suelo con los puños cerrados, el rostro colorado, y su llanto exclamando: “¡Yo quiero ser Mario!”.

Pero Mario no quita los ojos de la pantalla, le dice: “Cállate, niño, te va a escuchar mamá”. Aunque sabe que mamá nunca vendrá, que mamá estará ocupada, que mamá trabaja demasiado para poderlos alimentar.

“Ya me tienes harto”, dice Mario, porque el otro niño sigue llorando, pone en pausa el juego del Nintendo, se levanta del asiento y el Mario, congelado en la pantalla vuelve a la acción de inmediato cuando su hermano toma el control que el otro niño ha dejado en su lugar.

El niño queda tan súbitamente absorto en el juego que no mira ni escucha al otro volver, armado con la almohada para arrojarla contra su cara; el control del Nintendo sale volando y el niño derribado con los ojos hacia el techo llora de nuevo al escuchar la musiquita de Mario al morir.

“¡Ya me tienes harto!”, dice Mario y azota a su hermano. “Ya me tienes harto”, escucha el niño cubriendo su rostro con los brazos. “Ya me tienes harto”, repite la voz de la furia, un eco en la memoria, una y otra vez, hasta que suena el estallido de la puerta contra la pared.

De la habitación surge la mamá de los hijos de Mario, los ojos hinchados, rojos de llanto; detiene la mano con que el niño está por golpear al otro, camina pisando las plumas esparcidas en la sala, jala el cable que da vida al Nintendo y, en la pantalla, Mario es tragado por el segundo de silencio que tarda el niño en volver a llorar.

“¡Ya cállense!”, grita la mamá de los hijos de Mario, sus dedos le jalan los párpados, y se quita la sandalia para azotarlos en las nalgas. La piel les queda roja, la mano sigue golpeando y tarde o temprano el llanto les provocará sueño para que se vayan a la cama de una buena vez.

En la negrura del cuarto, los hijos de Mario esperan en vela a que sea de mañana para volver de la escuela y ponerse a jugar.

“¿Y si le decimos a mamá que nos compre una tablet?”, dice el niño y su hermano responde: “No seas idiota, mamá ya nos dijo que eso es muy caro”. “Pero así podríamos jugar en el cuarto”, insiste el niño y su hermano le arroja la almohada para hacerlo callar.

El otro se queda llorando sin saber que Mario mira allí, donde su silueta se difumina en la nada. El niño lleva puesta la pijama roja de Mario, la que antes había sido suya hasta que mamá lo obligó a regalársela a su hermano; a él lo hace ver más gordo y ridículo de lo que es en realidad.

“Ya me tienes harto”, piensa mientras los sollozos se mezclan con el silencio y lo deja a solas y a oscuras con el segundero del muro y la voz de mamá.

Tras la pared se calca el ruido de su alcoba. Su voz arrulla al par de niños que solo pueden especular qué dice mamá, qué hace mamá, con quién habla mamá, hasta que sus palabras se disuelven en los murmullos de su voz:

“Ay Mario, qué voy a hacer con tus hijos, ay Mario”.

“Ya me tienes harto”, recita el niño entre dientes, la cabeza bajo la manta, las manos sobre las orejas, hasta que el llanto, por fin, se deja de escuchar.

Al volver del colegio, apenas se detiene el coche destartalado cuando los hijos de Mario ya están en la calle, corren hacia la casa y golpean la puerta como si la fuerza de sus manos pudieran derribarla.

Mamá no se apura, se apea muy despacio, el cansancio en las piernas, saca las llaves del bolso, el cansancio en las manos, avanzaba con pasos torpes, los tacones gigantes, los muslos desnudos, el vestido escotado.

Los niños se jalan y empujan, parecen dos perros jadeando y llorando: “¡Yo juego primero, yo juego primero!”. Hasta que mamá les dice: “que se callen, puta madre, que se callen de una vez”, y mete la llave en el cerrojo, forcejeaba unos minutos y en cuanto se abre un poco la puerta, el niño la empuja y corre escaleras arriba, la nariz resoplando, el rostro desorbitado.

A su espalda va Mario con los pies más pesados, encuentra la tele encendida y su hermano con el control en las manos a punto de sentarse a jugar.

“No se vale, tú jugaste por último ayer”, dice el niño con los puños cerrados. “Pero yo llegué primero”, dice su hermano y Mario sabe que ese era el trato: el que llega primero juega una hora, el que llega después, la hora siguiente; así cada uno se turna una hora y una hora hasta que llegue de nuevo la hora de dormir.

“Pero si me cambias tu hora, yo te dejo hora y media”, negocia el niño, aunque el otro no escucha, mira la pantalla con la boca abierta, la baba en los labios.

Mario resopla y grita: “¡Déjame jugar!”. El otro llora: “Me toca otra vez”.

Pero su hermano insiste: “Si me cambias tu hora, yo te dejo dos horas”, el niño sonríe, saca la lengua, se traga la baba y dice: “Ahorita que pierda”, Mario asiente, se sienta a su lado y mira a su hermano jugar sin morir. Se muerde las uñas y se arranca cabellos, y dice: “Ya me toca”, y el otro: “Ya que pierda”, pero Mario sabe que eso es mentira, va por la almohada, reclama el control hasta que mamá los llamaba para bajar a comer.

“¿Qué hicieron hoy?”, dice la mamá de los hijos de Mario, el cigarro en los labios, los dedos en el teléfono, mientras escucha el rumor de los niños diciendo: “¿Verdad que soy Mario?”. Mamá responde que sí, tras soltar la nube de humo que el niño se traga, su hermano se ríe y el otro suelta una tos con la mandíbula apretada, el rostro le arde, la furia por estallar.

Mamá sale a la calle y Mario toma el control del Nintendo; su hermano le grita: “¡Yo estaba jugando!”. “Pero era mi turno”, replica el otro niño y su hermano le recuerda cuál había sido el trato.

Mario permanece en silencio, sonríe a la pantalla, piensa: “Qué idiota que eres”, y juega por tres horas en las que no deja de perder.

Mario se muere, el otro se agarra la panza, se retuerce de la risa, le dice: “Qué malo eres”. Mario se muerde los labios, escucha la musiquita de Mario al morir y grita: “¡Ya cállate, mierda!”, cuando pierde una vez más.

“Ya me tienes harto”, toma el cojín para derribar al otro niño; el golpe en su cabeza suena como un martillo, el cráneo le zumba, moscas en los oídos, remolinos en los ojos, y encima suyo aparece el hermano que lo azota de nuevo, que lo azota otra vez, que lo azota otra vez, que lo azota otra vez.

Al volver de la calle, la mamá de los hijos de Mario encuentra al niño jugando, al otro en el suelo, los ojos en blanco, el rostro morado, y el bramido inhumano que brota de su vientre se mezcla con la musiquita de Mario al morir.

“Pareces momia”, dice el niño a su hermano, la cabeza vendada tras ver al doctor. “¡Cállate idiota!”, grita el otro niño y la mamá de los hijos de Mario, con el rímel corrido, grita: “¡Que te calles, deja a Mauricio!”. “Pero yo quiero ser Mario”, replica el otro niño y la mamá de los hijos de Mario, los ojos de fiera en el retrovisor, dice: “No, no eres Mario, te llamas Mauricio”. El llanto del niño provoca la risa de Mario. “¡Cállate idiota, cállate ya!”.

El coche se para y los niños se bajan, uno bufando, el otro chillando; suben a la sala, encienden la tele, comienzan a pelear.

La mamá de los hijos de Mario, el cigarro en los dedos, los mira golpearse por su lugar en el sillón. Otro cigarro, los niños rugen como un par bestias en pos del control. Otro cigarro, escucha la musiquita de Mario al morir, el niño llorando, el otro riendo y la mamá de los hijos de Mario cree reconocer el origen del mal.

Es de noche cuando la sala se llena de sonidos extraños. “¿Y si son los ladrones?”, sugiere el niño con la pijama de Mario y su hermano le dice: “Cállate y duérmete”. “Pero hay que detenerlos”, chilla el otro niño y su hermano piensa: “Qué estúpido eres, no sabes nada”, y se muerde las uñas, aguza el oído e intenta entender el alboroto invisible de muebles reptando.

“¡Se llevarán todo!”, insiste el otro niño y Mario piensa: “Que te lleven también”, cuando nota que los pasos en la sala se escurren hacia el silencio de la habitación de mamá.

El niño cierra los ojos, mira la oscuridad, escucha los pasos del tiempo que corre, el tiempo que calla, la voz que se cuela por la pared de mamá. El otro, impaciente, salta de la cama, sale de la alcoba, los pies sin zapatos, busca en la sala y no encuentra nada. Su grito recorre la casa hasta la puerta de la alcoba, el estruendo contra el muro, y la mamá de los hijos de Mario, el gemido ahogado, el cuerpo desnudo, cierra su computador, jala la sábana para cubrir su vergüenza y dice: “Largo de aquí”. “¡Pero se llevaron el Nintendo!”, responde el niño en la puerta, la voz que rasguña, y la mamá de los hijos de Mario, la sonrisa mal hecha, los labios pintados, dice: “¿Ya ves?, por pelear con tu hermano, los castigó el Diablo”.

“Qué hijo de puta”, exclama el otro niño al escuchar la historia de su hermano; “todo es tu culpa”, dice y clava las uñas en la colcha, hunde el rostro en la almohada. “¡Ya me tienes harto!”, ruge con la voz ahogada, la tela en la boca, y en la habitación se mezclan todos los ruidos; el llanto del niño, el paso del tiempo, el recuerdo de Mario, la voz de mamá.

“¿Y si buscamos el Nintendo?”, dice el niño cuando abre los ojos. “No seas imbécil”, responde el otro niño, pero a su hermano no le importa, “Qué idiota eres”.

“Si lo escondió el Diablo, podemos encontrarlo”, dice el niño y su hermano piensa: “De verdad que eres idiota, el Diablo no existe”. Pero llega el sábado y no hay Nintendo ni nada más que hacer.

Lo buscan sin hallar más que polvo en el suelo, el refrigerador desconectado, caca de ratón, mierda en el baño.

“Miremos en el cuarto de mamá”, dice el niño y el otro llora porque eso no se puede, eso está prohibido, su hermano piensa: “Puta madre, qué idiota que eres”.

Deambulan todo el día, los pies como anclas, las miradas de zombis. Discuten y pelean, arañan los muebles, lloran en los rincones, rayan las paredes, miran con anhelo la puerta cerrada de la habitación de mamá.

“Ya te dije que no”, dice el niño cuando el otro le insiste, “debemos entrar. Mamá ya vendrá”. El niño se quiere reír de su hermano, pero el tiempo se escurre hora tras hora, minuto a minuto, segundo a segundo, hasta que llega el momento de volver a dormir.

Mamá no ha llegado, se van a la cama y el niño llora, el otro escucha la voz que atormenta, la voz que se extingue, la voz que se calla de una buena vez.

Mamá no ha llegado, Mario sale de la alcoba, cierra la puerta con sumo cuidado, abre la puerta y en los cajones de mamá encuentra los retratos familiares, la imagen de Mario, el rostro recortado.

En el armario hay varias bolsas, pelucas de colores, cinturones de cuero, un dildo dorado. Sepultado, hasta el fondo, allí está el Nintendo, el juego de Mario.

“¿A dónde habías ido?”, pregunta el otro niño al escuchar a su hermano volver y acostarse con las manos vacías. “Cállate y duérmete”, dice Mario y cierra los ojos para soñar que es Mario escondido en la habitación de mamá.

El niño espera que su hermano se vaya a la cama para sacar el Nintendo y volver a jugar.

El otro no cede, está siempre ahí; se tira en el suelo, mira en la tele programas de luchas, hace dibujitos, rayones en el piso, y persigue a su hermano a dondequiera que vaya.

“Ya me tienes harto”, dice el otro niño y su hermano llora porque lo ha golpeado para mandarlo a la cama, aunque no tiene sueño, quiere hacer lo que el otro mientras espera la hora de volver jugar.

El niño se calla, ya no despierta, y Mario sale sigiloso, conecta el Nintendo y se queda en la sala, a solas y a oscuras delante de la pantalla, los ojos ya secos, los dedos ya tensos, el rostro lleno de luz.

Mario se muere con muertes mudas para no despertar a su hermano y poder escuchar el coche de mamá; apagar el Nintendo, guardarlo en la bolsa y fingirse dormido mientras la mamá de los hijos de Mario sube trastabillando para encerrarse en la alcoba hasta dejarse de escuchar.

Mamá viene cada vez más tarde; las noches son largas y el niño juega todavía más.

Mario se muere y el niño siente más deseos de llorar.

“Ya me tienes harto”, dice susurrando. “Ya me tienes harto”, dice cada vez más alto. “Ya me tienes harto”, grita tan fuerte que viene su hermano con la pijama de Mario y la almohada en la mano.

Ahí está el otro en la sala; en la tele puede ver a Mario morir.

“Encontraste el Nintendo”, exclama con la sonrisa en la cara, los ojos mojados al ver en la pantalla la cuenta regresiva para volver a empezar.

“Cállate y duérmete”, dice su hermano. “Pero me toca jugar”, dice el otro niño, aunque Mario no escucha, mira fijamente la caída de Mario sin soltar el control.

La voz del niño es un taladro: “Dije que te calles”, dice su hermano y el otro le arroja la almohada en la cara. El control sale volando y Mario en el suelo mira al otro encima con la almohada en lo alto.

“Ya me tienes harto”, dice Mario, aunque nadie lo escucha. “Ya me tienes harto”, llora su hermano y mamá no ha llegado. “Ya me tienes harto”, grita el otro niño mientras eleva la almohada y la deja caer, la deja caer, la deja caer.

La mamá de los hijos de Mario llega muy tarde, descubre a los niños en el suelo, la almohada sin plumas, la tele de luto, el control desconectado. Cubre su rostro con las manos, sus ojos revientan y en la pantalla negra la cuenta regresiva llega hasta cero para mostrar un letrero que dice “Pulsa un botón para volver a empezar”.




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Luis Enrique Vilches Nació en León, Guanajuato, en 1990. Estudió la licenciatura en Comunicación de la Universidad Iberoamericana León, y el máster en Creación Literaria de la Barcelona School of Management – Universidad Pompeu Fabra. Autor del libro Los ojos en la cerradura (Gato Blanco, 2021), fue finalista del IV Premio Endira Cuento Corto con el relato «Los hermanos callan», y ha publicado otras historias en revistas digitales como ViceVersa Magazine y Literal Magazine. Como narrador, suele escribir desde la intimidad, el asombro y la experimentación poética. Sus principales influencias provienen de la literatura contemporánea, el cine de arte y ensayo, así como de la animación japonesa. Actualmente trabaja en su primera novela y dirige la empresa cultural Escritores Emergentes, con la cual ayuda a nuevas voces literarias a incursionar en la escritura creativa y a construir su carrera artística. Este cuento forma parte de la colección de Relatos Los ojos en la cerradura (Gato Blanco, 2021), ilustrado por Daniel “Hobbit” Aviña.

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