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CON EL DESARMADOR EN LA MANO

La historia de Mariquita, de Guadalupe Dueñas • Esteban Castorena Domínguez

Esteban Castorena Domínguez

Fotografía de Romualdo García
Fotografía de Romualdo García
La historia de Mariquita, de Guadalupe Dueñas • Esteban Castorena Domínguez

 

Dentro del panorama narrativo del siglo XX mexicano hay dos autoras que destacan por sus incursiones dentro del territorio de lo fantástico y el horror. La primera de ellas es Amparo Dávila, autora zacatecana cuya obra ha sido ampliamente revalorada en años recientes. La segunda es Guadalupe Dueñas, escritora jalisciense que practicó con maestría el ensayo y el cuento. La obra de ambas autoras es de indudable calidad y, no obstante, la labor de Dueñas, si bien ha logrado resurgir poco a poco, no ha logrado hacerlo con tanta fuerza como la de Amparo Dávila.

Probablemente la longevidad de la autora zacatecana contribuyó a que su obra se revalorizara con mayor rapidez; pues hay que recordar que murió recién en 2020. Para el momento en que sus textos volvieron ante los ojos de los lectores, Dávila se convirtió en una suerte de clásica viva (como se refiere a ella Alberto Chimal en una entrada de su blog dedicada a ella). La autora recibió tardíos pero merecidos homenajes: medallas de Bellas Artes, concursos y congresos nacionales nombrados en su honor, ediciones nuevas de su obra, etc. El resurgir de Guadalupe Dueñas (quien era mayor que Dávila y falleció en 2002) ha sido más lento. Poco a poco su obra ha llamado la atención de ciertos grupos de lectores, pero no ha logrado tener el impacto y distribución que alcanzó Dávila entre las nuevas generaciones de lectores. Por motivo del aniversario número 110 del natalicio de Dueñas en 2020 el INBAL sólo dedicó a la autora un artículo en su sitio oficial. Más recientemente el Fondo de Cultura Económica incluyó Tiene la noche un árbol, como parte de la colección 21 para el 21. Estos son esfuerzos pequeños, pero esfuerzos al fin, que mantienen en circulación a la obra de esta escritora, con la intención de hacerla llegar a nuevas generaciones.

La académica Patricia Rosas Lopátegui, en un texto sobre la vida y obra de Dueñas, concluye exaltando la brevedad y la fuerza expresiva de la autora jalisciense. También señala que “pocos escritores como Guadalupe Dueñas saben encapsular los hechos en símbolos, transformar las palabras para restituirles su sentido original, de ahí que sus narraciones sucintas estén repletas de imágenes y sean alegorías o nítidos espejos que reflejan con precisión todo los males, todas las aristas de la naturaleza humana que obstaculizan la presencia de un mundo mejor”. La investigadora cierra su escrito invitando a los lectores a que tomen “La historia de Mariquita” como un ejemplo en el que están presentes las cualidades que acaba de señalar.

Lo cierto es que la recomendación de Lopátegui está más que justificada: “La historia de Mariquita” forma parte de Tiene la noche un árbol y es un texto sumamente corto pero que contiene una muy interesante exploración sobre el ser humano. El relato comienza con una incerteza por pare de la narradora: “Nunca supe por qué nos mudábamos de casa”, inmediatamente después, señala que el problema de las mudanzas no era el movimiento en sí, sino que nunca sabían qué hacer con Mariquita. El problema es que en cada nueva casa siempre hay qué decidir dónde ponerla. A la madre y al padre la presencia de Mariquita les remueve emociones, por lo que no pude estar con ellos, confinarla al sótano no es opción así que, finalmente, Mariquita termina en la habitación de la narradora y sus otras cinco hermanas. “Con Mariquita, allí dormíamos siete”, dice.

El primer párrafo atrapa al lector pues le hace preguntarse: ¿quién o qué es Mariquita? Dueñas tiene el acierto y la malicia de exponer la situación de Mariquita mediante las descripciones de la narradora, no lo dice nunca explícitamente, y deja que el lector lo descubra. Permite que las descripciones hablen por sí mismas y creen en la mente de los lectores la imagen de este personaje silencioso pero alrededor del cual gira toda la trama. El misterio incrementa con el terror que provoca Mariquita en una de las hijas más grandes de la familia, pues siente que ésta la persigue por toda la casa. Las atribuciones sobrenaturales al personaje de Mariquita se asoman ya desde este momento.

La narradora aclara que Mariquita fue la primera hija de sus padres, la mayor de las siete hermanas, y que murió poco después de haber nacido. A partir de esta historia familiar es que el relato de Dueñas va haciéndose de la carga de humanidad de la cual hablaba Lopátegui. “Dicen que mi padre la bautizó rápidamente y que estuvo horas frente a su cunita sin aceptar su muerte”. La prosa de Dueñas está llena de implicaciones, más allá del luto de un padre; en el gesto del bautizo debe entenderse la carga religioso-afectiva que hay detrás. El padre ama tanto a su hija que la bautiza él mismo, por el miedo a que muera sin ser hija de Dios. Desde la perspectiva judeocristiana, el bautizo del neonato es un gesto de amor de padre a hija, en la esperanza de darle un descanso a su alma. Ahora bien, la complejidad del personaje del padre llega con la otra cara de la moneda. Efectúa el bautizo para salvar el alma de su hija, pero se aferra el cuerpo terrenal de Mariquita. La conservación de este cuerpo, del cuál no diré cómo está conservado para que cada lector lo descubra y se deje llevar por las descripciones, se vuelve un secreto familiar. Las pocas personas que se enteran de Mariquita retiran la amistad a los padres de la narradora.

El motivo de las mudanzas volverá a aparecer en cuento. La mudanza, sus implicaciones de dejar atrás y no aferrarse a un espacio, contrastan con el motivo de posesión que implica Mariquita. Estas fuerzas contrarias van a finalmente encontrar su clímax en la que puede considerarse la segunda parte del relato. Con el pasar de los años, el problema de Mariquita pasa de los padres a las hijas. Son ellas quienes llevan a cuestas a la hermana en cada mudanza. Se instalan finalmente en un caserón medio destruido en el que ocurren cosas extrañas. Atribuyen los ruidos y la caída de objetos a duendes, mientras que las sirvientas dicen que se trata de Mariquita. En este punto cabe preguntarse si el bautizo del padre fue efectivo o no. Si el alma de la niña reposa o permanece, de algún modo, atada a su cuerpo. Las hermanas, entonces, deben tomar una decisión sobre qué hacer con Mariquita, con su presencia muda que parece manifestarse en cada nueva casa en la que habitan.

 

Si quieres leer el cuento lo encuentras aquí

 

 

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Esteban Castorena (Aguascalientes, 1995)
es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Por su trabajo como cuentista ha sido becario del Festival Interfaz (2016), del PECDA (2016) y del FONCA (2018). Su obra ha sido publicada en diversos medios impresos y digitales. Gestiona un sitio web en el que comparte sus traducciones de literatura italiana.

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