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CON EL DESARMADOR EN LA MANO

Transferencia, de Orlando Ortiz • Esteban Castorena Domínguez

Orlando Ortiz
Orlando Ortiz
Transferencia, de Orlando Ortiz • Esteban Castorena Domínguez


 

In memoriam

 

Se dice que alguien no muere completamente sino hasta que fallece la última persona que lo conoció. Viene una vez más el eco de esa frase contundente, el aforismo certero de Elena Garro que hace un par de semanas abría una de estas columnas: “Yo soy memoria y la memoria que de mí se tenga”. Es cierto, se sobrevive a la muerte en la memoria de los demás. En ese sentido el maestro Orlando Ortiz, autor de origen tamaulipeco recién fallecido este 10 de septiembre, puede estar tranquilo. Donde quiera que esté puede tener la certeza de que una parte de él sobrevive en la memoria de todos los alumnos que, a lo largo de más de treinta años de impartir talleres de creación literaria, recibieron de él las enseñanzas y consejos que siempre ofrecía con gran gentileza y humildad.

Otra parte de Orlando Ortiz llegará aún más lejos, pues hay otras formas de intentar ganarle la partida al tiempo. Todo artista aspira a permanecer en su obra. El arte producido a lo largo de una vida se convierte en una extensión de la persona, una suerte de semilla que se arroja con la esperanza de que encuentre un suelo fértil en la mente y la memoria de los otros. Sin importar que sus alumnos un día ya no estén para recordarlo en sus enseñanzas y su amistad, una parte del maestro Orlando desde ahora permanece en su basta y reconocida obra. En las cinco novelas, once volúmenes de relatos y todos los demás libros de diverso género que logró producir a lo largo de más de 50 años de carrera.

Desde este septiembre ya no habrá charlas con Orlando Ortiz, o al menos no en el sentido más tradicional de lo que es una charla. “Vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos”, decía Quevedo. Eso queda ahora. Seguir escuchando con los ojos y estar atentos a las enseñanzas que un gran autor y maestro aún puede compartir con todos los que estén dispuestos a prestarle su atención.

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Trasferencia es una suerte de caleidoscopio en el que lo humano y lo bestial se sobreponen para dar lugar a figuras y seres híbridos. La realidad y la ficción tampoco tienen una frontera precisa. Ortiz construye un relato en el que las apariencias y transposiciones de elementos logran darle tensión y sentido al texto. La historia principal sigue los pasos de un muchacho luego de una noche de juerga. El chico tiene la visión de un macho cabrío que lo atormenta, que lo obliga a recordar una historia que siente la pulsión de contar. La visión de este Cabrón morado y de barbas púrpuras lo asusta; para sentirse un poco más tranquilo, el joven prefiere hace un nuevo amigo: Chucho, un perro cuyo encuentro no fue premeditado. Hombre y perro están hambrientos. El animal callejero y el humano que ha estado bebiendo no han comido nada en un día. El chico se encamina de vuelta a casa con el perro sujeto entre los brazos. Piensa en buscar el plato de croquetas de doña Luz, una vecina.

La imagen del macho cabrío, arquetipo del diablo por excelencia, ya va abriendo el terreno para una transposición de elementos muy importante y de la cual pueden derivarse la otras que están presentes en el relato: ¿qué tanto hay de Dios en el Diablo o qué tanto del Diablo hay en Dios? El autor dedica el relato a la memoria de José Revueltas y, más allá de cualquier posible amistad entre Revueltas y Ortiz, la dedicatoria parece reconocer además las enseñanzas que un autor le reconoce a otro. Transferencia, temáticamente hablando, tiene relación con Rusia y conflictos estudiantiles (la relación de Revueltas con estos temas es más que conocida), mas el estilo de la voz narrativa que Ortiz utiliza en su cuento parece tener ecos del narrador que Revueltas utilizó en Dios en la tierra, cuento famoso por la reflexión en torno a la humanidad y la bestialidad y la violencia en nombre de Dios. Ortiz se vale de frases largas y oraciones coordinadas que parecen nunca llegar a su fin. El uso de la adjetivación también abona a la tensión del relato. Por momentos la lectura se siente recargada de atributos que matizan a los personajes y el espacio donde se desenvuelven.

Mientras el chico camina de vuelta a casa, la visión del macho cabrío vuelve. El joven pide al perro que lo proteja de la bestia. Chucho no entiende qué está pasando y sólo puede escuchar la historia que su nuevo amigo empieza a narrarle. Escucha cómo la policía empezó a disparar a la casa en la que estaban Amalia, Mundo y su pequeña niña. Chucho parece turbado y su amigo lo nota. Quizá no le gustó la historia de violencia o es sólo el hambre que lo agobia. Sigue la marcha de vuelta a casa y el narrador destaca ciertas cualidades de las “callejuelas hediondas a mierda y a Dios, a dioses putrefactos por impasibles, que se yerguen como ineluctabilidad monolítica”. Hace frío en la madrugada y, para hacer más llevadera la marcha a casa, el muchacho busca una botellita que guarda en la ropa y le da algunos tragos.

 En lugar de seguir turbando a Chucho con la historia de Mundo y Amelia, el chico le cuenta otra historia. Le habla de Rusia, de sus caminatas a la universidad Lomonosov y la compañía de una hermosa chica. Así hace más ameno el camino hasta que finalmente llegan al edificio. En un detalle pavloviano que acentúa su cualidad canina, Chuco babea sólo de pensar en las croquetas que le esperan para saciar su hambre. El chico siente que debe buscar papel y algo con qué escribir la historia que lo atormenta. Cada vez está más convencido de que debe contar la historia de, ahora lo sabemos, sus amigos Amalia, Mundo y su pequeña de seis meses y su aterrador encuentro con la policía. La historia es real y no sólo un cuento como en un determinado momento dijo a Chucho.

Encuentran el palto de croquetas, el perro come y el chico mete la mano al plato en busca de un puñado de comida. El animal le gruñe y lo muerde. Al subir las escaleras vuelve la visión del Cabrón morado y de barbas púrpuras. Ante esa imagen, el chico se siente derrotado. Siente que todos los recuerdos, buenos y malos, reales e inventados, se le vienen encima. El relato concluye con una imagen contundente en la que los roles se invierten: Chucho se vuelve un ser cargado de humanidad y piedad, mientras que el muchacho se encuentra derrotado entre los mundos de la ficción y la realidad.

Si quieres leer el relato, lo encuentras aquí.



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Esteban Castorena (Aguascalientes, 1995)
es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Por su trabajo como cuentista ha sido becario del Festival Interfaz (2016), del PECDA (2016) y del FONCA (2018). Su obra ha sido publicada en diversos medios impresos y digitales. Gestiona un sitio web en el que comparte sus traducciones de literatura italiana.

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