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ENSAYO

La fuerza de existir (fragmentos)

Onfray

Onfray
Tachas 432
La fuerza de existir (fragmentos)

 

La historiografía dominante proviene de un a priori platónico, en virtud de los cual lo que emana de lo sensible es una ficción. La única realidad es invisible. La alegoría de la caverna funciona en la formación filosófica como un manifiesto: verdad de las Ideas, excelencia del mundo Inteligible, belleza del Concepto, y en contrapartida, fealdad del mundo sensible, rechazo de la materialidad del mundo, descrédito de lo real tangible e inmanente.

Así pues, el cristianismo, convertido en religión y filosofía oficial, desecha lo que molesta a su estirpe —el materialismo abderiano, el atomismo de Leucipo y Demócrito, Epicuro y los epicureísmos griegos y romanos tardíos, el nominalismo cínico, el hedonismo cirenaico, el perspectivismo y el relativismo sofista—  y privilegia lo que puede pasar por propedéutica en la nueva religión: el dualismo, el alma inmaterial, la reencarnación, la falta de consideración hacia el cuerpo, el odio a la vida, el gusto por el ideal ascético, la salvación o condena post mórtem de los pitagóricos y los platónicos, todo eso le viene de perlas.

El pensamiento emana, pues, de la interacción de una carne subjetiva que dice yo y el mundo que la contiene. No desciende del cielo, a la manera del Espíritu Santo, lanzando lenguas de fuego sobre la cabeza de los elegidos, sino que surge del cuerpo, brota de la carne y proviene de las entrañas. Lo que filosofa en el cuerpo no es otra cosa que las fuerzas y las debilidades, las potencias y las impotencias, la salud y las enfermedades, el gran juego de las pasiones corporales.

Filosofar es hacer viable y vivible la propia existencia allí donde nada es dado y todo debe ser construido. Con un cuerpo sufriente, enclenque y achacoso, Epicuro construyó un pensamiento que le permitió vivir bien, vivir mejor. Al mismo tiempo nos propuso a todos una nueva modalidad de existencia.

La tradición filosófica se niega a que la razón brote como una flor de semejante sedimento corporal: rechaza la materialidad de los destinos y la mecánica —compleja, cierto, pero de todos modos mecánica—del ser; se irrita ante la idea de una física de la metafísica; considera que su disciplina no es de la misma naturaleza que las demás actividades, actividades triviales, por añadidura, que se ocupan del aspecto material del mundo; sigue siendo platónica y rinde honores al fantasma de un pensamiento sin cerebro, de una reflexión sin cuerpo, de una meditación sin neuronas, de una filosofía sin carne, que desciende directamente del cielo para dirigirse a la única parte del hombre que escapa de lo extenso: el alma.

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Estoy a favor, pues, de una contrahistoria de la filosofía como alternativa de la historiografía  dominante idealista; de una razón corporal y de la novela autobiográfica que la acompaña en una lógica puramente inmanente, en este caso, materialista; de una filosofía entendida como una egodicea que habrá que construir y decodificar; de una vida filosófica como epifanía de la razón; de una perspectiva existencial con una meta utilitarista y pragmática. El conjunto converge en un punto focal: el hedonismo. Cito a menudo la siguiente máxima de Chamfort, porque funciona como imperativo categórico hedonista: goza y haz gozar, sin hacer daño a nadie ni a ti mismo: ésa es la moral.

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Con vocabularios diferentes, en fórmulas y formulaciones separadas, con actores que se creían adversarios, siempre se ha optado por los mismo valores: honrar a padre y madre, consagrarse a la patria, cederle al prójimo su lugar primordial —amor al prójimo o fraternidad—, fundar una familia heterosexual, respetar a los ancianos, amar el trabajo, preferir las virtudes de la bondad —la caridad o la solidaridad, misericordia o indulgencia, limosna o ayuda mutua, beneficencia o justicia…— a la maldad, etc. El trabajo sobre los significantes tuvo su mérito, pero se trata, en lo sucesivo, de llevar a cabo lo mismo con los significados.

La descristianización no gana nada con las vías de hecho: las guillotinas del Terror, las masacres de curas rebeldes, los incendios de iglesias, los saqueos de monasterios, las violaciones de religiosas, los vandalismos cometidos con objetos de culto no son justificables en ninguna parte y por ninguna razón. Una inquisición al revés no es más legítima o defendible que la de la Iglesia católica en su tiempo. La solución pasa por otras vías: el desmontaje teórico y la reconquista gramsciana a través de las ideas.

De modo que existe un ateísmo cristiano. La expresión, bajo su apariencia contradictoria, define un auténtico objeto conceptual: una filosofía que niega claramente la existencia de Dios, por cierto, pero que retoma a su vez los valores evangélicos de la religión de Cristo.

El ateísmo poscristiano conserva el principio adquirido de la peligrosidad de Dios. No niega su existencia, pero la reduce a su esencia: la alienación elaborada por los hombres según el principio de la hipóstasis de sus propias impotencias concentradas en una fuerza in-humana, en el sentido etimológico, adorada como una esencia separada de sí. Según el principio bovárico, los hombres no quieren verse tal cual son: limitados en su duración, en su potencia, saber y poder. Por lo tanto, crean la ficción de un personaje conceptual dotado de atributos que le faltan. Así, Dios es eterno, inmortal, omnipotente, omnipresente, omnisciente, etcétera.

No bien se aclara el misterio de Dios, el ateísmo poscristiano pasa a un segundo tiempo y desmonta con el mismo fervor los favores heredados del Nuevo Testamento que impiden una real soberanía individual y limitan la expansión vital de las subjetividades.

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Para eliminar la miseria sexual, acabemos con los razonamientos perversos que la hacen posible: el deseo como falta; el placer asociado a colmar esa supuesta falta a través de la pareja fusionada; la familia apartada de su necesidad natural y transformada en solución de la libido considerada como problema; la promoción de la pareja monógama, fiel, que comparte el mismo hogar cada día; el sacrificio de las mujeres y de lo femenino en ellas; y los niños convertidos en verdad ontológica del amor de sus padres. El afán de superar esas ficciones socialmente útiles y necesarias, pero fatales para los individuos, contribuye a la construcción de un eros liviano.

A priori, el deseo desencadena una formidable fuerza antisocial. Antes de su captura y domesticación bajo formas socialmente aceptables, el deseo representa una energía peligrosa para el orden establecido. Bajo su imperio, ya nada de lo que constituye un ser socializado conserva su valor: empleo del tiempo ordenado y repetitivo, prudencia en la acción, ahorro, sumisión, obediencia, aburrimiento... Triunfa, por lo tanto, todo lo opuesto: libertad total, soberanía del capricho, imprudencia generalizada, gastos suntuarios, insubordinación contra los valores y principios vigentes, rebeldía contra las lógicas dominantes y asocialidad total. Para poder existir y preservarse, la sociedad debe someter esa potencia salvaje y sin ley.

Ahora bien, el deseo no es falta, sino exceso que amenaza con desbordarse; el placer no define la completitud supuestamente realizada, sino el desborde por el desahogo. No hay metafísica de animales primitivos y andróginos, sino una física de la materia y una mecánica de los fluidos. Eros no desciende del cielo de las ideas platónicas, sino de las partículas del filósofo materialista. De ahí surge la necesidad de una erótica poscristiana, solar y atómica.

 



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Michel Onfray es un filósofo francés con cerca de 100 obras publicadas en las que formula un proyecto materialista, hedonista, ético y ateo. Fue fundador de la Universidad Popular de Caen.​ Es un declarado “nietzscheano iconoclasta”.​ Cree que no hay filosofía sin psicología, sin sociología, ni ciencias.

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