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SPOILERAMA: RESEÑAS DE UN SEÑOR QUE NO AGUANTÓ I MAY DESTROY YOU

Spoilerama • Candyman: El Horror Woke • Óscar Luviano

Óscar Luviano

The Candyman
The Candyman
Spoilerama • Candyman: El Horror Woke • Óscar Luviano


En lo que fuera un conjunto de viviendas de interés social en Chicago, Cabrini-Green, ronda la leyenda de un espectro asesino, Candyman, el alma de un afroamericano linchado a principios del siglo pasado. En ese sitio ahora se levanta un exclusivo barrio habitado por artistas y marchantes. Un pintor, Anthony McCoy (Yahya Abdul‑Mateen II), otrora prodigio descollante, trata de relanzar su carrera con una serie de pinturas que narran las diferentes apariciones del fantasma del garfio. Esto, de alguna manera, invoca a Candyman y al propio pasado de Anthony, habitante de Caprino-Green en su época de ghetto.

Candyman (2021), nueva producción del flamante marchante del terror a lo Siglo XXI, Jordan Peele, es una continuación de Candyman (1992), una honrosa serie B que terminaría convertida en un clásico del horror.

Buena parte de sus méritos provenían del material que le daba origen: “Lo prohibido”, un relato de los ya legendarios Libros de Sangre (1984) de Clive Baker. Un escritor inglés que, de un modo no reconocido, reconfiguró la imaginería del cine de terror. Otros relatos de Books of Blood dieron origen a Hellraiser, una saga cuya iconografía, ambigüedad moral y exploración del body horror, han dejado una huella indeleble y una larga estela de imitadores.

Uno de los méritos de Baker fue arrancar al horror de los paradisiacos suburbios norteamericanos y de las comodidades de la clase media a los que Stephen King y su arrollador éxito editorial y cinematográfico lo habían confinado. Los escenarios y los personajes de Baker eran los de los rincones urbanos en decadencia, de una clase trabajadora que veía, sumados a la precariedad económica, las amenazas de un orden ultraterrenal incomprehensible y ominoso.

“Lo prohibido” daba cuenta de esta reinvención del horror: una antropóloga rastrea los orígenes de la leyenda urbana de Candyman, un espectro asesino que aparece al mencionar su nombre tres veces ante un espejo, y acaba por ser perseguida por aquella figura ficcional, en una laberíntica urbanización de protección social. La adaptación de Bernard Rose de 1992 expande el original con una atmósfera inquietante, y le añade una discusión racial al hacer de la urbanización un barrio negro y remarcar el contraste entre la intrusa privilegiada blanca (Virginia Madsen) y el fruto del neofolklore (un imbatible Tony Todd como el hombre de los dulces).

Con todo lo anterior trato de decir que el primer Candyman contenía ya un subtexto racial (el alma de un ajusticiado que regresa para aterrar a su comunidad con los horrores cometidos sobre su cuerpo por la casta dominante), de manera que lo que menos entiendo de este nuevo Candyman (no Candyman dos, o Candyman: El regreso, sino Candyman) es que, dentro de su indigesto coctel de discursos woke, no se cansa en repetirnos que es importante por su abordaje del racismo. Entre muchos otros temas...

El nuevo Candyman, dirigido por la afroamericana Nia DaCosta, utiliza los diálogos de sus personajes para reforzar sus denuncias en contra de la gentrificación, el racismo, la violencia policiaca, la banalización del arte, la violencia doméstica, las masculinidades tóxicas… En este contexto, Candyman, el espectro, se convierte en una suerte de vengador social, que aniquila a víctimas que se lo merecen por las violencias que cometen contra la comunidad negra. No es gratuito que antes de que alguna de las idiotas víctimas del espectro lo llamen tres veces ante un espejo, realicen algún acto que los describa como personajes despreciables (o abusadores, o racistas, o clasistas), ya se trate del asqueroso marchante del arte o de las colegialas bien blancas.

En este punto se nota la impronta de Jordan Peele, otrora comediante, director de la deslumbrante Get out! y de la obvia Us, cintas de horror sobre el sojuzgamiento de las poblaciones racializadas, y éxitos que lo han colocado como el renovador del subgénero. Suma ya una lista de títulos como director, guionista o productor que unen fantasía y racismo: Luke Cage, Lovecraft Country y un par de episodios de su reversión de La dimensión desconocida.

Pese a su prestigio, todas estas producciones importantes sobre el racismo norteamericano adolecen del mismo problema que este Candyman: en todos ellos lo fantástico es algo que resuelve, venga o revierte al racismo, pero el relato no va más allá de este deus ex machina, sin que la discusión se profundice.

Con esto no digo que sea el deber de un filme de terror profundizar en su tesis, pero al menos en Candyman la enunciación constante de sus denuncias termina por ser cansina. Pareciera que DaCosta no está tan interesada en hacer horror social, como en demostrarnos que su película es relevante, un ejemplo de justicia social, aunque el punto de vista que elija para contar su historia sea el de aquellos que pueden pagar por un piso en una zona gentrificada, y no el de las poblaciones marginadas, que no sólo han sido expulsadas de su barrio, sino también de este filme.

Candyman (2021), de Nia DaCosta, con un guión coestcrito por ella, Jordan Peele y Win Rosenfeld, acaba de estrenarse en cines.



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Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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