Es Lo Cotidiano

CON EL DESARMADOR EN LA MANO

El hombre sin cuerpo, de Edward Page Mitchell •

Futurama, fotofija de la serie
Futurama, fotofija de la serie
El hombre sin cuerpo, de Edward Page Mitchell •

En la serie de animación Futurama, de Matt Groening, un repartidor de Pizza queda congelado en la madrugada del Año Nuevo de 1999. Fry despierta cien años después en un mundo muy distinto al que conocía. En las narrativas que crean un mundo enteramente distinto al real (el del lector o, en este caso, del espectador), suele haber un personaje que es deliberadamente ignorante. En el caso de Futurama se trata de Fry como un personaje anacrónico, pero bien podría tratarse, por ejemplo, de un explorador que visita un planeta nuevo y desconocido. Sea cual sea la razón de su ignorancia, el personaje se vuelve un recurso mediante el cual un escritor enseña a sus lectores cómo es el mundo en el que se desarrolla la historia, bajo cuáles reglas y criterios funciona ese mundo. A medida que el personaje aprende, también lo hace el lector.

En el caso de esta serie animada, el repartidor y su bagaje sobre el fin del siglo XX permite la parodia y la critica social que caracteriza al trabajo de Groening. En este mismo sentido, los escritores de la serie se valen de personajes históricos o celebridades de la época de Fry para contribuir a la comedia.

En el primer episodio de la serie, Bender y Fry se esconden dentro del Museo de Cabezas, un recinto en el que se encuentran personalidades como Leonard Nimoy (Spock, para los amigos), Richard Nixon, David Duchovny, George Washington y el propio Groening. En la serie resuelven el problema de la longevidad de las personalidades presentando sólo sus cabezas preservadas en una especie de pecera. La idea de que una testa, y por ende la mente y lo que se concibe como el yo,  se pueda trasplantar o preservar de algún modo para evitar la muerte, no es algo nuevo.

Entre los años 30 y 50, uno de los pioneros en la medicina de trasplantes, Vladimir Demikhov, logró mantener viva la cabeza de un perro gracias a un sistema que hacía bombear sangre. Logró también crear una suerte de Cancerbero al trasplantar cabezas de cachorros al cuerpo de perros adultos para que ambos animales compartieran el mismo organismo. El animal bicéfalo sobrevivió al menos una semana.  Se recomienda discreción para los más sensibles, pero si hay interés en el tema, aquí hay un video de la National Geographic que expone el caso.

Más recientemente, en 2017, un médico italiano de nombre Sergio Canavero anunció sus intenciones para realizar el primer trasplante de cabeza en un ser humano vivo. Hasta la fecha la operación no se ha realizado porque el voluntario se arrepintió de su decisión luego de enamorarse. Aun si el procedimiento no se realizó, ya desde la mera declaración de intenciones hubo serios cuestionamientos, no sobre los requerimientos técnicos de una operación de tal naturaleza, sino sobre la ética que había detrás del proyecto.

Una y otra vez la ciencia ficción se ha cuestionado los límites de la praxis científica. “El hombre sin cuerpo” (1877), del autor norteamericano Edward Page Mitchell, cuestiona, a través del humor, dichos límites. Al igual que el episodio de Futurama, la historia se desarrolla en un museo. En el caso del relato, se trata de un museo en el edificio Arsenal de Central Park. En la sala de animales disecados, el narrador encuentra una galería de cabezas humanas. Hay una que llama especialmente su atención, la más reciente pieza de la muestra. Los rasgos deformados por el tiempo sugieren en la mente del narrador el recuerdo de una persona a la que no es capaz de identificar.

La cabeza se mueve frente a los ojos del visitante. El narrador es racional; inmediatamente atribuye el fenómeno a algún reflejo postmortem de alguno de los tejidos. Se siente intrigado por el hecho de que el reflejo ocurra tanto tiempo después de la decapitación. Aprovechando que se encuentra solo y que el guardia no está a la vista, logra abrir la vitrina donde está la testa; quiere observarla con mayor detalle.

Apenas siente un poco de aire contra el rostro, la cabeza empieza a hablar. Los primeros parlamentos denotan ya que el cuento no pretende aterrorizar, sino valerse del humor. Las grandes quejas de la cabeza es que sin extremidades no puede espantar a las moscas que cada tanto se posan sobre lo que queda de él. Luego de una frase sobre el amor a la ciencia, el narrador identifica la cabeza parlante como la del profesor Dummkopf, un renombrado científico.

Hay que detenerse en una pequeñísima broma lingüística que Mitchell usa en el nombre de su personaje. La traducción de este apellido que aglutina dos palabras alemanas sería cabeza (kopf), y estúpida (dumm). Esta estupidez velada que al autor atribuye al personaje, inmediatamente se acentúa con la enumeración de los experimentos absurdos que le dieran la fama. Sus contribuciones, entre otras, fueron fotografiar el olor o embotellar la música.

La gran interrogante del cuento, lo que mantiene al lector en la historia, es saber cómo el científico se redujo a una cabeza parlante. En medio del humor, Mitchell logra dar un giro filosófico a la historia cuando la testa comienza a explicar su último experimento. Dummkopf intentaba cumplir otra de los grandes sueños científicos del humano: la teletransportación de un sitio a otro. Cómo plantea el científico su postura (muy acorde con la época del autor), cómo desarrolla sus experimentos, y qué es lo que sale mal, es mejor dejarlo de lado y que los lectores lo descubran. Cabe sólo mencionar entre en juego, una vez más, la estupidez que el personaje lleva en su nombre.

El resultado nefasto del experimento, de una manera burlona y velada, parece retratar el hecho de que la ambición científica puede bien parecerse a la serpiente que se muerde la cola. De ser un hombre respetado, Dummkopf termina como una cabeza parlante que fue vendida a un museo como una supuesta decapitación histórica por guillotina durante la revolución francesa.

Por otro lado, a través de la ciencia y el experimento del profesor cabeza estúpida, Mitchell explora y da su postura sobre la identidad y su permanencia o mutabilidad. El autor hace su propia versión de la paradoja del barco de Teseo, la cual plantea que, si a un objeto le son reemplazadas cada una de sus partes, entonces seguiría siendo el mismo objeto o debería considerarse como algo distinto. Este reemplazo de las partes y la interrogante identitaria se extiende a los humanos.

Evidentemente no hay una respuesta concreta para esta interrogante. Hay diversas respuestas posibles, que dependen de las postura desde la que se aborde el fenómeno. Dummkopf tiene muy clara su respuesta y la argumenta a lo largo del relato. Si se está de acuerdo o se disiente con ella, es labor de cada lector formase un criterio propio.

Si quieres leer el cuento, lo encuentras aquí.



 

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Esteban Castorena (Aguascalientes, 1995)
es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Por su trabajo como cuentista ha sido becario del Festival Interfaz (2016), del PECDA (2016) y del FONCA (2018). Su obra ha sido publicada en diversos medios impresos y digitales. Gestiona un sitio web en el que comparte sus traducciones de literatura italiana.




 

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