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CON EL DESARMADOR EN LA MANO

Llegarán lluvias más suaves, de Ray Bradbury • Esteban Castorena

Esteban Castorena Domínguez

Vendrán lluvias más suaves, Ray Bradbury
Vendrán lluvias más suaves, Ray Bradbury
Llegarán lluvias más suaves, de Ray Bradbury • Esteban Castorena


Fue el 16 de julio de 1945 cuando se detonó por primera vez una bomba atómica. Ocurrió en el Campo de Misiles Arenas Blancas en Nuevo México como parte de las pruebas del Proyecto Manhattan. Se ha vuelto célebre una entrevista que Robert Oppenheimer dio años después. Frente a la cámara, el científico rememora las reacciones de él y sus acompañantes mientras contemplaban el poder destructivo del arma. Oppenheimer recuerda haber pensado en una frase del Bahagavad Gita: “Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos”. Menos de un mes después, las bombas desarrolladas por el Proyecto Manhattan, liderado por Oppenheimer, caerían sobre Hiroshima y Nagasaki.


Otro físico famoso que trabajó en este Proyecto fue Enrico Fermi. Durante su periodo de colaboración para el desarrollo de la bomba, nació también una paradoja que hoy lleva su nombre. Se cuenta que Fermi y otros de sus colegas, quizás durante un descanso en el laboratorio, terminaron hablando de la vida extraterrestre; más específicamente sobre la imposibilidad de establecer contacto con otros seres en el universo. El cuestionamiento se vuelve paradoja cuando se considera la abrumadora cantidad de planetas en los que existen las condiciones para la vida. Si hay tantos posibles lugares en los que otras civilizaciones serían posibles, ¿por qué no logramos contactarlos?.

Para responder a la paradoja se han hecho distintas teorías. Hay quienes afirman que, el hecho de que haya vida no significa que esta sea inteligente y lo suficientemente desarrollada como para poder contactarnos. Otros argumentan que, por el contrario, quizás somos nosotros quienes aún no logramos decodificar mensajes encriptados por otras civilizaciones más avanzadas a la nuestra.

Entre las respuestas posibles también está la completa negación de la existencia extraterrestre. Aún con todas las posibilidades de que en el universo haya otra vida, algunos afirman rotundamente que la creación de los humanos se dio bajo condiciones tan específicas e imposibles de replicarse o repetirse.

En contraposición hay quienes, como el propio Fermi, consideran que la vida en otros lugares fue posible, pero no por ello la supervivencia a largo plazo. Fermi consideraba la posibilidad de que toda vida, inteligente o no, llegara a una especie de filtro en el que se define su supervivencia o su condena. Hasta este punto hay concordancia con su postura y aquella que sostiene las peculiaridades únicas que permitieron la vida en la tierra. Es posible, en su proceso evolutivo, los organismos terrestres hayan superado un filtro que nos llevó a sobrevivir.

Sin embargo, Fermi también especulaba que, si otras civilizaciones desarrolladas existieron, es muy probable que se hubieran autodestruido. El italiano proponía que el desarrollo tecnológico de las civilizaciones, tarde o temprano, terminaría por destruir a su propios creadores. Para Fermi la imposibilidad de contacto radica en que otras civilizaciones acabaron con ellas mismas.

Evidentemente la respuesta de Fermi nace desde el contexto del mundo en guerra y de su trabajo en el desarrollo de un arma de destrucción masiva. Su conclusión arroja más preguntas. Si la hipótesis de este filtro de supervivencia fuera cierta, entonces cabría peguntarse: ¿la especie humana efectivamente ya superó ese filtro o aún está por afrontarlo? Una vez más, es imposible tener una respuesta certera y la paradoja permanece abierta.

Publicado originalmente en la revista Colliers en 1950, y después antologado como parte de Crónicas marcianas, “Llegarán lluvias más suaves” de Ray Bradbury ofrece un relato con un marcado tono antibélico y en el que, con una finísima y sutil ironía, se establece una crítica y una evidencia sobre la paradójica relación del ser humano con la tecnología.

La narración comienza con el sobresalto de una alarma. “Como si temiese que nadie se levantase, la casa está despierta”. Una voz en tercera persona cuentas el itinerario de la vivienda. A las 7 es hora de levantarse, 7:09 es hora del desayuno. El horno abre su puerta y tiene el pan tostado a la perfección. Una voz desde el techo de la cocina comienza a leer los recordatorios día. Es 4 de agosto 2026: es cumpleaños de un amigo, hay que pagar las cuentas y el seguro.  Dan las 8 de la mañana, es hora de ir a la escuela.

Si bien hoy en día la descripción de una casa completamente automatizada no parece propio de la ciencia ficción, sino una tendencia que va en aumento, no hay que olvidar la fecha de publicación del relato. Es destacable, y al mismo tiempo aterrador, la precisión con la que Bradbury anticipó las aplicaciones de la tecnología al servicio de los humanos.

A las 10:15 es hora de regar el jardín, los aspersores empiezan a funcionar y bañan todo con un agua que resplandece bajo la luz del sol. Las gotas de agua caen sobre una pared que solía ser blanca, ahora está carbonizada, negra. Lo único que queda blanco en ella son las siluetas de una familia que pasaba la tarde en el jardín.

Con una descripción detallada sobre las figuras que hay en la pared. Bradbury hace honor a una de las máximas en la construcción de relato: “it’s better to show, not to tell” (es mejor mostrar, no decir). A partir de este punto el lector puede inferir por qué no hay nadie que coma el desayuno o se levante por la mañana. No hace falta que el narrador diga más, no hace falta ahondar en qué llevó a que esas figuras quedaran marcadas en la pared. Lo importante es que ahí están y la casa sigue funcionando sin que haya nadie a quién servir.

Ahora bien, si para la creación de un relato es necesario que haya una oposición entre fuerzas, ¿dónde está el conflicto en la rutina de una casa automatizada?. La tensión construida por Bradbury se logra a partir de lo paradójico de la situación en general. Por un lado está la contraposición que hay en el uso de la tecnología. Se opone el servilismo de la casa con lo que, inferimos, provocó las siluetas en el patio. Además, la paradoja se extiende a la supervivencia. Se sobreentiende que fue el ser humano quien creó las máquinas y que fue mediante ellas que el ser humano acabó consigo mismo. Resulta irónico que la casa, a pesar de todo, se mantenga en pie. La creación sobrevive al creador. La casa, en su servilismo al vacío, subsiste en una especie de bucle que no puede romperse. De alguna forma la rutina es la piedra de Sísifo que carga la tecnología en el relato, está condenada a servir infinitamente a los mismos seres que llevó a la extinción.

 

Si quieres leer el cuento, lo encuentras aquí.

 




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Esteban Castorena (Aguascalientes, 1995)
es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Por su trabajo como cuentista ha sido becario del Festival Interfaz (2016), del PECDA (2016) y del FONCA (2018). Su obra ha sido publicada en diversos medios impresos y digitales. Gestiona un sitio web en el que comparte sus traducciones de literatura italiana.

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