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Spoilerama • Dune: Un desierto domesticado • Óscar Luviano

Óscar Luviano

Dune, fotograma de la película
Dune, fotograma de la película
Spoilerama • Dune: Un desierto domesticado • Óscar Luviano


Al final de Jodorowsky´s Dune (2014), el director de El Topo (otra de desiertos místicos) cuenta el final que había ideado para su malograda adaptación de la novela de Frank Herbert: asesinado por los Harkonnen, tras cinco horas de metraje, el mesías Paul Atreídes se convierte en una especie de virus que contagia, con su nueva espiritualidad, al universo entero, empujándo a una nueva conciencia. Esa es más o menos (creo) la sensación que le produce Dune al espectador (o lector) que se enfrenta por primera vez a este relato: la de encontrarse ante algo monumental, pero que está hecho de materias que ya le son conocidas, que ya le fueron contagiadas.

A este déjà vu no escapa la “versión para las nuevas generaciones” (Chalamet y Zendaya mediante) de este clásico de la ciencia ficción sesentera. Ahí está el exilio en el planeta desértico (Star Wars), el adolescente mesiánico que no desea esa carga (Harry Potter), los clanes feudales enfrentados por la posesión de territorios asolados por bestias titánicas (Son of Ice and Fire) y la expansión de la conciencia a través de sustancias alucinógenas (The Matrix).

Con esto podría parecer que esta saga que ya acumula 18 libros, el último de ellos (Dune: The Duke of Caladan) publicada el año pasado, es, como buena parte del género fantástico, una mescolanza de elementos narrativos, simbólicos e iconográficos (y hasta religiosos). Dune antecede a todas las sagas modernas (excepto, claro, a la de Tolkien) y a sus adaptaciones a la pantalla. Son todos estos productos los que han saqueado Duna.

Anoto todo lo anterior porque si hay algo que no debemos buscar en la versión de Denis Villeneuve es la novedad, y ese es acaso su primer problema, pero también la razón de su éxito: a diferencia de lo que hubiera sido la película de Jodorowsky, de lo que la de David Lynch fue y hasta de lo que la abortada serie de Paramount intentó, esta versión se mueve en terrenos tranquilizantes y apaciguadores. Y eso que buena parte de su metraje se detiene en la aparatosa y sangrienta masacre sobre un ejército desprevenido.

Dune (2021), aplazado estreno por razones pandémicas, es un filme que no corre ningún riesgo y lleva a su espectador de la mano por terrenos y motivos que ya conoce, tanto así que la primera media hora de su metraje se va en larga explicaciones sobre el estado político de este universo, la ecología del planeta, sus gusanos inmensos, el funcionamiento de los trajes necesarios para habitarlo y las bondades de la especie, ese alucinógeno que sirve para “los viajes intergalácticos” y que hace de Dune la Colombia de su tiempo.

Sin embargo, el director se cuida de no hacer algo que se parezca a la apología de las drogas. De hecho, el alma de esta Dune se resume en las visiones que la especie provoca en el joven protagonista (un Chamalet más lindo y aturdido que nunca). En la mayor parte de ellas, aparece Zendaya, bella y etérea como en anuncios de perfume, diciendo frases alentadoras. Algo que va muy bien en términos de estética, pero que es un tanto cuestionable en términos de la trama: ¿Lo mejor que el Destino le puede enviar al salvador del universo son imágenes de su futura novia?

Además del documental institucional de bienvenido a Dune y de esa larga batalla, esta versión deriva en una larga secuencia de escape y el duelo más soso de este siglo. Las largas parrafadas filosóficas de la novela original (puro culto a María Sabina), se han reducido a un mantra: “El miedo es el asesino de la mente”, que parece más del terreno de Carlos “Master” Muñoz que del que se supone que no toca con esta película.

Más que el tratado ecofilosófico que se anunció, esta Duna es un filme de acción, torpe (los combates y las batallas cuando no están mal coreografiados son terriblemente convencionales), pero de acción. Por ello sorprenden los detractores que hablan de un filme lento y denso. También extrañan los adherentes que ven en esta aparente lentitud una consecuencia de su densidad conceptual.

Esta vacuidad de merengue esponjado es más notable, por desgracia, en el trato que se da al supuesto gran protagonista de la saga: el desierto. A diferencia de la ominosa wasteland de Mad Max, que abunda en horrores y tormentas de arena devastadoras, el planeta Arrakis se presenta como un territorio domado, tan realista como inofensivo, excepto cuando aparece uno de esos gusanos grandototes. La naturaleza no es un enemigo a considerar en este Juego de tronos en el espacio.

Con todo lo anterior no estoy diciendo que Dune sea un filme sin interés.           No la pasé mal al verlo, pero lo que más me ha interesado de él es que la mayoría del público ve otra película, y no la que tiene enfrente.

No se trata sólo de estas justificaciones que dan tuiteros bien intencionados de que este o aquel tema se va a resolver en una entrega futura (la segunda parte ya ha sido aprobada ante los buenos resultados en taquilla). Me refiero, en realidad, a que es un filme (al igual que Tenet, al igual que Roma, al igual que Nuevo Orden) saludada como obra maestra nada más salir su tráiler en YouTube. Aquellos que han ido en masa a los cines por primera vez en dos años sólo fueron a comprobar lo que ya sabían, y no tenían intención de decepcionarse decepcionando a sus followers.

Al igual que los ejemplos que he citado, Dune es, justamente por su aire a cosas sabidas y su vacuidad, una obra maestra que no necesita ser vista y que se defiende porque al adherirnos a ella (o defenestrarla) nos imbuimos de brillo social, de sofisticación.

No me estoy quejando: creo que es maravilloso que estemos dispuestos a medirnos por nuestros filmes de culto. Y, al fin y al cabo, esa idea del cine como un contagio evolutivo es algo que Dune siempre ha retado a hacer a directores y público.

 

 

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