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El cine de Marvel post Avengers • Fernando Cuevas

Fernando Cuevas

Eternals (2021)
Eternals (2021)
El cine de Marvel post Avengers • Fernando Cuevas


Frente al final de los vengadores tal como los conocimos en tres películas juntos y varias por separado, la poderosa productora ha buscado replantearse sus caminos, intentando mantener su sello pero apostando por algunas innovaciones, con más o menos fortuna. En el 2019, apareció Vengadores: Endgame (Anthony & Joe Russo, 2019) junto a la poco memorable Capitana Marvel (Boden & Fleck, 2019), que en la cronología del universo transcurre en los ochentas y noventas cuando se desata una guerra entre alienígenas con la Tierra como escenario, y a Spider-Man: lejos de casa (Watts, 2019), con algunos chispazos en particular por la presencia de Jake Gyllenhaall y el acostumbrado toque de comedia adolescente que se presta para las películas del arácnido ahora bachiller.  

Tras una pausa en el pandémico 2020, regresaron con buen colmillo para presentar algunas series televisivas, incluyendo una animada, de las que vale la pena hacer un comentario más amplio, y un trío de películas estrenadas en el 2021 (aunque ya está en puerta la de la reunión de todos los hombres araña y villanos que los acompañan), orientadoras acerca del rumbo que puede tomar esta casa comiquera ahora parte de los abarcadores territorios disneyanos, debatiéndose entre ofrecer un poco más de lo mismo, siguiendo las consabidas fórmulas y algoritmos que aseguran el negocio pero que le restan alma, o apostar por algún tipo de evolución, con los riesgos que ello conlleva en términos, sobre todo, de taquilla: en general, se sigue apostando por la corrección política sin subvertir los discursos dominantes.

Arbitrariamente calificadas sus películas en bloque como si todas fueran iguales y de idéntico nivel (con perdón del maestro Scorsese), vale la pena asomarse a los detalles para no caer en generalizaciones: claro que no nos vamos a encontrar con obras maestras de la cinematografía mundial, pero sí con momentos de buen disfrute cinéfilo y, claro, decepciones, tropiezos y formulismos, sin perder de vista el necesario análisis del significado que tienen este tipo de producciones para el cine como industria y desde una mirada ideológica, política y sociológica dado el enorme alcance de sus narrativas entre los grandes públicos. Enseguida, un breve vistazo a las tres cintas exhibidas este año.

La espía que (no) me amó

Desde Viuda negra (EU, 2021), la primera de ellas, ya se intentaba darle un giro acaso más arty a esta nueva etapa, ofreciendo la silla a la gran directora argentina Lucrecia Martel (La Ciénega, 2001; Zama, 2017), de enfoque, estilo y propuesta en las antípodas del cine de superhéroes. La responsabilidad recayó finalmente en la australiana Cate Shortland, también ubicada en los contornos del cine independiente, no tan alejados del mainstream, como se deja ver en Amor o sexo (2004), Lore (2012) y Berlin Syndorme (2017), en las que las protagonistas se enfrentan a dilemas y vitales situaciones decisivas, tal como sucede con Natasha Romanoff, aparecida a mediados de los sesenta por primera vez como una de las agentes de un programa de espionaje soviético, después convertida a la causa de los Vengadores.

El guion de Eric Pearson (Thor: Ragnarok, 2017) con base en el relato de Schaeffer y Benson, se centra en la emancipación femenina como eje temático y recurre a la premisa de sondear los orígenes del personaje en cuestión a través de flashbacks que suenan a la serie The Americans (2013-2018), quizá lo mejor de la película, para vincularlos con eventos actuales, entre su pasado reciente como parte de los Vengadores, su participación anterior en una organización rusa de espionaje, la presencia actual de un grupo terrorista y el reencuentro con su padres adoptivos y su “hermana” (una resuelta Florence Pugh), entre reclamos, pleitos, confesiones, apapachos y secretos develados: o sea, como cualquier familia que se preste.

Si bien Scarlett Johansson asume con pleno convencimiento a su heroína (aunque después se presentó un pleito con Marvel que se resolvió fuera de los tribunales), se percibe cierto desperdicio de algunos de los personajes secundarios, a pesar del sólido cast que incluye a Rachel Weisz, Ray Winstone, Olga Kurylenko y David Harbour. Las secuencias de acción se encuentran montadas con pericia, no obstante que las peleas aparecen a las primeras de cambio sin mediar saludo alguno y con demasiada frecuencia, restando espacio para los involucrados y su desarrollo, en el entendido que es una película marveliana que trata de cumplir con su cuota de humor, solo por momentos dando en el clavo. La sensación al final es que se apostó por lo seguro más que por buscar  algún tipo de renovación.

Unos anillos para gobernarse a sí mismo

La segunda película es la mejor de las tres, sobre todo por contar con un villano sólido y con motivos palpables (Tony Leung, implacable), integrar un conflicto padre-hijo de larga historia y combinar con astucia la aventura, la acción y el humor con justo equilibrio (cortesía de Awkafina como la amiga incondicional y Ben Kingsley, en plan relajadísimo), de paso abriendo el abanico hacia una cultura omnipresente en los mercados mundiales y tocando algunos de sus elementos ancestrales con sumo cuidado y, como la famosa saga tolkieniana, apuntando sobre cómo el poder, aquí en forma de aros más que de anillos, trastorna hasta la propia autodestrucción, solo contenida por el amor.

Escrita por Dave Callaham y dirigida por el hawaiano Destin Daniel Creton, responsable de las estimables Short Term 12 (2013), El castillo de cristal (2017) y Buscando justicia (2019), Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos (EU-Australia, 2021) desarrolla la premisa argumental del superhéroe especialista en artes marciales, creado por Steve Englehart y Jim Starlin en 1973, que vive de incógnito en Estados Unidos hasta que en determinado momento se tiene que hacer cargo de arreglar su pasado (Simu Liu), en este caso con su padre, su hermana (Meng’er Zhang) y la muerte de su madre, varios años atrás, recibiendo el apoyo de la tía (Michelle Yeoh), todavía habitando en la comunidad mágica con seres fantásticos (muy bien recreados) y a la que es difícil ingresar.

Para darle más sentido a la historia, se insertan puntuales flashbacks acerca del origen del poder del padre, de la relación con la que se convirtió en el amor de su vida (Fala Chen), la vida familiar con los dos hijos y la posterior tragedia. Frente a la fluida edición, se despliega el score de Joel P. West, que combina las consabidas intenciones épicas y su tono de misterio con algunas notas que remiten discretamente a la tradición sonora china, en tanto se aprovechan los momentos de fantasía para insertar en la realidad la respectiva cuota de comedia, además de las esperables secuencias de peleas bien coreografiadas, con clara influencia de El tigre y el dragón (Lee, 2000), entre otras cintas que han llevado este tipo de combates a niveles dancísticos.

La eternidad y un día

Finalmente, la propuesta más arriesgada desde la elección misma de la directora: la recién oscareada Chloé Zhao, cuyas películas tienen un enfoque contemplativo y cuasi documental, se encargó de Eternals (EU, 2021), filme que retoma a los personajes creados por Jack Kirby a mediados de los setenta, retomando las hipótesis de la intervención de seres extraterrestres en el desarrollo de la humanidad; fueron revisitados en el 2006 por Neil Gaiman y John Romita jr. conservando su misión básica de cuidar a los seres humanos, sin saber bien a bien para qué, de los ataques de unos monstruos llamados deviants, uno de los cuales toma conciencia (Bill Skarsgård), mientras se gesta el nacimiento de un celestial y el dios Arishem se comunica con la líder en turno del equipo.

El arranque resulta un poco pantanoso y grandilocuente, abriendo con Time de Pink Floyd, aunque paulatinamente, el desarrollo del filme toma un mejor ritmo, orientado a explorar la atemporal noción de la libertad para decidir más allá de los designios divinos o de la misión impuesta, además de la construcción de la propia identidad a través de la indagación del propio origen: atreverse a cuestionar el dogma u obedecerlo ciegamente, sin importar que ello implique eliminar a las y los compañeros de viaje a lo largo de muchos siglos, con los consecuentes dilemas morales. Es clara y explícita la intención de proponer un esquema coral multiétnico e incorporarse a las oleadas de igualdad vía la inclusión de un superhéroe gay.

Algunos personajes consiguen construirse lejos del maniqueísmo que impera en parte del universo Marvel, aunque ciertos vínculos se antojan forzados y la toma de decisiones no en todos los casos se explica coherentemente, así como la idea de que los humanos se multipliquen lo más posible: si así fuera, habría que evitar las guerras –aunque se dice que gracias a esta se logran avances tecnológicos- y echarles una manita para que desarrollaran más rápido métodos para aumentar la fertilidad y progresos en materia de salud para ampliar la esperanza de vida. De cualquier manera, la intervención de los seres superiores en asuntos de la humanidad se plantea como una vertiente temática que sigue siendo todo un debate teológico, aunque se pudo haber explotado un poco más.

En general las actuaciones no contribuyen mucho a la causa: Salma Hayek (Ajak) y Angelina Jolie (Thena) parecen estar en su asunto, recitando sus líneas sin creérselas demasiado, en tanto Gemma Chan (Sersi, cargando la responsabilidad); Lia McHugh (Sprite, atrapada en su cuerpo y emociones) y Lauren Ridloff (Makari, del tingo al tango), cumplen con sus interpretaciones en papeles que prometían un poco más, considerando a Kumail Nanjiani (Kingo), en quien recae la vertiente cómica en complicidad con su documentalista humano (Harish Patel); curiosamente, mejor desarrollo encuentran los otros roles masculinos, encarnados por Brian Tyree Henry (Phastos, genio tecnológico en plan familiar); Richard Madden (Ikaris, en la ortodoxia cercana al sol); Barry Keoghan (Druig, al filo de la desobediencia intervencionista) y Ma Dong-seok (Gilgamesh, siempre proteccionista).

Si bien las secuencias de acción no terminan por redondearse y se despliegan sin recibir un mejor apoyo de los efectos especiales, sobre todo en la creación de los deviants, el ojo de la directora alcanza a asomarse por momentos, en particular en las escenas en exteriores que remiten claramente a Nomadland, y en algunas de las conversaciones y sensibilidades, cerca de la naturalidad de The Rider (2017) y Songs My Brothers Taught Me (2015), acompañadas por el score orquestal salpicado de florituras folk, cortesía de Ramin Djawadi. Están, claro, las conexiones con otros relatos, expuestos a través de personajes secundarios asumidos por Kit Harington y Harry Styles y reforzados por las características escenas postcréditos. Así la presencia fílmica de Marvel en este 2021, más lo que se acumule desde la multiplicidad arácnida y de científicos locos.

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