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Cuento • La misa del gallo • Gema Muñoz

Gema Muñoz

Gema Muñoz
Tachas 440
Cuento • La misa del gallo • Gema Muñoz


El cura levanta los brazos y su hábito rojo se abre como si quisiera absorber a todos los presentes. Dan las doce, todo el mundo se levanta de los bancos de madera y los cánticos al niño nacido reverberan por la majestuosa bóveda de piedra. Lea se balancea hacia delante y hacia atrás, mueve los labios sin escuchar los cantos y repasa las caras alegres de los feligreses que tiene más cerca.

Aparte de su prima y los niños, el resto de la familia de Lea se ha unido a la comitiva liderada por su madre para ir a la iglesia. Mientras esperaban que se hicieran las once, han cantado villancicos para mantener despierta a la abuela y se han hartado de turrones. Por el camino, a Lea le da tantas vueltas la cabeza que ha tenido que apoyarse al brazo de su tío. Se ha pasado toda la cena rellenándose la copa de vino, incapaz de soportar sobria la risilla orgullosa de Eli ante los elogios de su madre hacia Kaleb por haber conseguido vete a saber qué éxito laboral. A los sobrinos también les caía la baba cuando se ha puesto a entonar algo parecido a una canción en su lengua materna. Árabe, supone Lea. Tampoco se ha molestado en preguntárselo.

Cuando el cura baja los brazos, su hermano le pellizca el brazo y le susurra al oído:

—¿Lo ves, paranoica? Te dije que no tenías por qué preocuparte. Los terroristas tienen mejores cosas que hacer en Nochebuena.

—Los islamistas no celebran la Nochebuena.

Pero su murmullo queda eclipsado por el estruendo de una traca de petardos que acaba de estallar detrás del altar. Los cohetes salen disparados hacia el techo, el ruido de los silbidos y detonaciones se mezcla con los gritos de la multitud atemorizada, los cristales de las vidrieras caen como una lluvia diabólica sobre las cabezas de los creyentes. Lea nota cómo la angustia le sube por el esófago. El caos se apodera de la iglesia, convertida en una discoteca de los horrores.  La gente se empuja para salir, algunos corren y golpean a su paso a los ancianos desamparados. Su madre la apremia clavándole el codo en la espalda, pero Lea está atrapada entre las filas de bancos y el torrente de abrigos que abarrotan el pasillo. Respira hondo y repite en un susurro el mantra que le enseñó la terapeuta para momentos de estrés: «Todo está en tu cabeza», e intenta ignorar los chillidos asustados de los niños y el olor a pólvora que empieza a saturar el aire.

Los petardos siguen detonando. Alguien tira de su manga y se encuentra de pronto entre la multitud del pasillo. El mareo aún le enturbia los sentidos, oye la voz alarmada de Jonas pero no consigue verlo, tiene la sensación de estar aspirando ceniza y se pone a toser. Entonces estalla la traca final y un montón de cohetes de luz blanca iluminan la nave barroca en medio de un estrépito infernal. El resplandor le permite distinguir el rostro de Eli a su derecha, y Lea intenta abrirse paso hacia ella con las manos tapándose los oídos.

Cuando terminan las explosiones, el eco tarda unos segundos en disiparse y deja paso a un silencio turbio. Un niño llora, la gente sigue avanzando, ahora con menos prisa, hacia las grandes puertas de roble. Una corriente fría entra por las vidrieras rotas y apaga las últimas velas. De pronto se oyen carcajadas. Lea se gira hacia el altar y ve a dos siluetas cruzando la oscuridad. Son dos chicos jóvenes. Blancos. «¡Inocentes de Navidad!», grita el más alto, y las risas diabólicas vuelven a cortar el aire antes de desaparecer hacia los aposentos del cura.

La multitud se desata en insultos y exclamaciones indignadas. Lea percibe la presencia de alguien muy cerca de su cara. Es Kaleb. Se aparta de un salto, pero él le sonríe con una expresión angelical y murmura:

—Parece que no hace falta ser musulmán para provocar el caos, ¿verdad?


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