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CON EL DESARMADOR EN LA MANO

Con el desarmador en la mano • El té de Proust, de Norman Manea • Esteban Castorena

Esteban Castorena Domínguez

Judíos deportados a Transnitria
Judíos deportados a Transnitria
Con el desarmador en la mano • El té de Proust, de Norman Manea • Esteban Castorena


Marcel Proust expresó como nadie antes los recuerdos espontáneos que llegan a la mente gracias a la influencia de los sentidos. Proust describe este fenómeno de la memoria en Por el camino de Swann, la primera parte de En busca del tiempo perdido. El pasaje en que se expresa este fenómeno es, sin duda alguna, uno de los más famosos de la literatura universal y corresponde a una escena en la que el protagonista come una magdalena remojada en té que le evoca los recuerdos de su infancia.

 

Pronto, maquinalmente, agobiado por el día triste y la perspectiva de otro igual, me llevé a los labios una cucharada de té en la que había dejado reblandecer un trozo de magdalena. Pero, en el instante mismo que el trago de té y migajas de bollo llegaban a mi paladar, me estremecí, dándome cuenta de que pasaba algo extraordinario. […] Y, de repente, el recuerdo aparece. Ese gusto es el del trocito de magdalena que el domingo por la mañana en Combray (porque ese día yo no salía antes de la hora de misa), cuando iba a decirle buenos días a su habitación, mi tía Leonie me daba, después de haberlo mojado en su infusión de té o de tila.

A los recuerdos evocados de este modo ahora se les conoce como “magdalena de Proust”, “fenómeno de Proust” o “recuerdo proustiano”. Además de dar un nombre a esta forma caprichosa del recuerdo, el pasaje del autor francés ayudó aestablecer un nuevo recurso literario en el que, a partir de la memoria evocada por el olfato y el gusto, un autor desarrolla un contraste entre el estado actual, por lo general desalentador, y un momento pasado que fue mejor.

En las letras latinoamericanas puede citarse Tu más profunda piel de Julio Cortázar. Ya desde la primera línea se establece el homenaje a Proust. “Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía —sábelo allí donde estés— es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel.” El olor del tabaco trae al narrador el recuerdo de la geometria del cuerpo de la amada, a las miradas que, desnuda sobre las sábanas, ella le dirigía con ojos y senos. Debe notarse también que esa oración incidental, “sabélo allí donde estés”, establece no sólo la distancia física entre los personajes, sino que contribuye a separar el pasado en pareja y el presente solitario.

Este mismo recurso utiliza el autor rumano Norman Manea en el relato que da título a sus cuentos reunidos y publicados en español por la editorial Tusquets. En un exelente ensayo sobre Manea, Claudio Magris resume las vicisitudes biográficas del autor rumano y destaca que él, así como otros artistas mittel europeos, son los que han vivido con mayor intensidad el exilio. Al igual que Herta Müller, Manea es un exiliado. Vive en Estados Unidos desde 1986 gracias a las presiones del régimen de Ceaușescu. Sin embargo, ésta no fue la primera persecusión en la vida del rumano. “Cuando contaba con cinco años de edad, Manea, junto con su familia, fue deportado —en su condición de judío— por los alemanes al lager de la Transnistria, en Ucrania.”

Son precisamente sus experiencias de infancia y los horrores del siglo XX que el autor vivió en carne propia lo que sirve como motor para su obra. “El té de Proust” narra la estancia de una familia deportada en un campo de concentración. La prosa es sumamente descriptiva, no escatima en detalles sobre el apretujadero de las deportadas, la apariencia demacrada que las hace ver viejas. La narración se construye en tercera persona, lo que permite al autor concentrarse, en distintos momentos, en las diversas perspectivas e historias individuales de los personajes.

El panorama general, sin embargo, es el de la sala llena de gente; algunas enfermeras, al parecer de la cruz roja, distribuyen pastas y té aguado. En la sala en la que se encuentran hay prevalentemente mujeres. A través del recuerdo de una madre el autor acota la historia hacia el caso particular de una familia deportada. La madre, al momento de la deportación, no dejó atrás a su hijo y lo subió con ella al tren. Manea hace un énfasis en la separación por sexo y edad que se hacía al abordar los vagones rumbo a los campos. Las mujeres sobrevivientes asumen que es gracias a esa separación que los hombres de sus familias están muertos y ellas, aun si demacradas, siguen con vida.

El té de las enfermeras surte su efecto proustiano. El vaho de la bebida lleva consigo un placer sin precedentes. El narrador hace una acotación que acentúa la ausencia de los hombres de las familias deportadas. “Tal vez sea verdad eso que dicen de que las almas de quienes hemos perdido se recluyen en cosas inanimadas. Están ausentes hasta que sienten nuestra proximidad y nos llaman para que las reconozcamos y las libremos de la muerte. En efecto, tal vez una mera orden de la memoria no sea capaz de conseguir que regrese el tiempo pasado, pero éste sí puede resucitar gracias a la sensación extraña y espontánea que ofrecen el olor, el gusto o el sabor de algún elemento accesorio e inerte del pasado cuando volvemos a encontrarlo.”

El niño bebe el té y, tal como el personaje en la novela de Marcel Proust, por un momento deja de estar en el campo de concentración y rodeado de mujeres. Su mente vuelve a la casa familiar. Su abuelo, de nuevo vivo, no le aparta la mirada a los terroncitos de azúcar que ponían en su bebida. El niño disfruta la visión de los tiempos mejores; el problema de un recuerdo como el que le cruza por la cabeza es que, así como vino, es difícil que vuelva. Un recuerdo de ese tipo no pude evocarse en otro tiempo, ni poseerse, ni restituirse.

Si quieres leer el cuento lo encuentras aquí.

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