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CON EL DESARMADOR EN LA MANO

La mujer más pequeña del mundo, de Clarice Lispector • Esteban Castorena

Esteban Castorena Domínguez

‘La mujer más pequeña del mundo’, de Clarice Lispector
‘La mujer más pequeña del mundo’, de Clarice Lispector
La mujer más pequeña del mundo, de Clarice Lispector • Esteban Castorena


En 2016, el autor jalisciense Antonio Ortuño dictó una conferencia en la ciudad de Zacatecas sobre la novela de aventuras como las de Emilio Salgari, Julio Verne y otros autores. A muchos de los presentes resultó chocante cuando Ortuño señaló que, detrás de toda la aventura y de los personajes temerarios que se enfrentaban a las dificultades, en realidad se escondía una gran parábola del colonialismo. El contenido de este subgénero literario cobra un sentido completamente distinto si se le analiza bajo esta perspectiva. Un caso muy evidente de esta parábola es La guerra de los mundos de Welles. ¿Qué son los extraterrestres sino los invasores que quieren colonizar una tierra extraña?

Bajo esta misma línea se ha interpretado la historia de King Kong. El gorila gigante de la Isla Calavera al que, por la fuerza, llevan hasta Nueva York para convertirse en el espectáculo de los ciudadanos, es una forma de retratar la esclavitud. Kong es un retrato de los miles de esclavos arrastrados por la fuerza a tierras en las que se convertían en la posesión material de alguien más; eran llevados a la fuerza con el objetivo de que sirvieran y entretuvieran a seres “superiores”.

Es interesante que Clarice Lispector retome la fórmula del aventurero, la tierra desconocida y los seres tan distintos en el relato La mujer más pequeña del mundo. El explorador francés Marcel Pretre, mientras se encuentra en el África Occidental, “descubre” una tribu de pigmeos de una pequeñez sorprendente. Alguien le informa que existe otra tribu con gente aún más pequeña. Decidido a encontrarlos, sigue su viaje hacia el Congo Central hasta encontrar a la gente más pequeña del mundo. En la tribu –“como una caja dentro una caja dentro una caja”– encontró a la mujer más pequeña entre los pequeños.

La mujer mide 45 centímetros, es “oscura como un mono”, vive en la copa de un árbol junto a su concubino y, además, está embarazada. Así como Robinson Crusoe bautizó a Viernes como Viernes, el explorador de Lispector, “sintiendo una inmediata necesidad de orden, y de dar nombre a lo que existe, le dio el apodo de Pequeña Flor”.

Hasta este momento en el relato se retrata la actitud colonialista. Marcel, obviamente blanco, debe resaltar el color de la mujer más pequeña del mundo cuando habla a la prensa europea. Además, no importa si la mujer ya tiene un nombre, el explorador debe poner su propio orden sobre aquello que no conoce. El narrador continúa durante los siguientes párrafos hablando de un modo antropológico sobre la tribu de Pequeña Flor. De los pigmeos, por ejemplo, se sabe que son cazados y comidos por otros grupos humanos. El relato empieza a cobrar mayor sentido cuando la voz narrativa deja de concentrarse sólo en la tribu africana y cambia su focalización hacia los europeos.

Una fotografía tamaño natural de la mujer más pequeña del mundo se publica en un suplemento a color de los diarios del domingo. “Envuelta en un paño, con la barriga en estado adelantado. La nariz chata, la cara negra, los ojos hondos, los pies planos. Parecía un perrito”. La voz narrativa tiene la malicia de incluir la frase de la similitud con un perro precisamente por aquello que está por venir. La focalización del relato vuelve a variar y la narración migra de un lector a otro del suplemento. A Lispector le interesa mostrar cuáles son las reacciones del público frente a una mujer tan distinta a ellos.

En algunos genera pena, en otros ternura. Una niña siente miedo mientras que a otro niño se le ocurre que la mujer podría ser un muy buen juguete. Una familia necesita una cinta métrica para poder asimilar la pequeñez de Pequeña flor; una vez constatada su altura, sienten la necesidad de poseerla y protegerla. Inmediatamente el diálogo da un giro, la mujer de la casa se imagina a Pequeña flor sirviendo la mesa de la casa. A toda la familia les viene una pregunta a la mente: ¿cuán pequeño será su bebé? Estas pequeñas estampas sobre el modo de reaccionar de los lectores ofrecen a Lsipector un espacio para ilustrar la reacción de un Yo en su encuentro con el Otro.

Es imposible saber si la autora brasileña conocía la filosofía de Emanuel Levinas, lo que es indudable es que La mujer más pequeña del mundo bien puede utilizarse para ilustrar el pensamiento del autor lituano. Levinas considera que el Otro es todo aquel que no soy Yo. Esta misma contraposición puede aplicarse no sólo a individualidades, también el Yo puede entenderse como una comunidad con rasgos y cultura en común. En el relato, por ejemplo, el Yo es la comunidad francesa (europea), mientras que el Otro está representado en los pigmeos y Pequeña Flor.

El Otro es algo imposible de asimilar por completo. Cuando ocurre el encuentro con esa gran diferencia abrumadora, el Yo intenta ceñir al Otro bajo paradigmas que le son conocidos y asimilables. Lispector ilustra esto a lo largo el relato: Marcel Pretre rebautiza a la mujer para hacerla más cercana a su Yo. Los lectores del suplemento hacen lo propio e intentan asimilar esa presencia extraña que escapa a su entendimiento. Cada lector del suplemento tiene una estrategia distinta: el miedo, la pena, la ternura, o bien, como en el caso de la mujer de familia, llevándola hacia sus paradigmas en los que una persona negra debe servir la mesa.

De aquí se desprende una problemática. Entre más se empeña el Yo en entender al Otro, más le arrebata su diferencia. La relación se vuelve paradójica: se quiere aceptar lo diferente haciéndolo más igual a nosotros. Lispector ilustra esta problemática mediante otros motivos recurrentes en el relato: el amor y la posesión.

Aun si el amor busca la aceptación de la diferencia, al mismo tiempo, en mayor o menor medida, busca normalizar al Otro. Una vez más la paradoja se repite porque el amor termina por querer arrebatarle al Otro la esencia que lo separa del Yo. La última escena del relato ilustra esta problemática.

 La voz narrativa vuelve a focalizarse sobre el explorador y la mujer. Mientras él le examina la barriga de embarazada, ella comienza a reír. Marcel siente malestar porque, por un momento, ve a la mujer como ser humano y no como una cosa extraña. “La propia cosa rara estaba sintiendo la inefable sensación de no haber sido comida todavía […] Esa risa, el explorador, incómodo, no consiguió clasificarla. Y ella continuó disfrutando de su propia risa suave, ella, que no estaba siendo devorada.” La voz comienza a hablar del amor que la mujer siente por el explorador, por el anillo y las botas que lleva, las diferencias que encuentra en él.

Marcel, no sabiendo cómo reaccionar en ese momento en que ambos se acercan, disimula su malestar acomodándose el sombrero. Recobra la compostura y toma distancia de la mujer, vuelve a su Yo y su confrontación con el Otro que le es ajeno. A ojos del explorador, Pequeña flor vuelve a ser algo enteramente extraño, un objeto de estudio. Marcel arroja una pregunta y la mujer más pequeña del mundo da una respuesta muy simbólica para desentrañar el relato: su respuesta versa sobre lo bueno que es poseer la rama de un árbol.

Si quieres leer el cuento, lo encuentras aquí.




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Esteban Castorena (Aguascalientes, 1995) es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Por su trabajo como cuentista ha sido becario del Festival Interfaz (2016), del PECDA (2016) y del FONCA (2018). Su obra ha sido publicada en diversos medios impresos y digitales. Gestiona un sitio web en el que comparte sus traducciones de literatura italiana.

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