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EL HOMBRO DE ORIÓN

El Hombro de Orión • The French Dispatch • Juan Ramón V. Mora

Juan Ramón V. Mora

The French Dispatch, fotograma de la película
The French Dispatch, fotograma de la película
El Hombro de Orión • The French Dispatch • Juan Ramón V. Mora


Wes Anderson es el Woody Allen de nuestra generación. Ambos directores son identificados por la reiteración de un estilo reconocible a distancia y sus películas son generalmente buenas. Lo que los distingue, supongo, es la fertilidad. En una carrera tan prolífica y longeva como la de Allen, es imposible evadir los puntos bajos. La lista de similitudes podría continuar: los dos apelan al mismo público, tienen un sentido del humor idiosincrático, ambos basan sus propuestas artísticas en cierta personalidad —pero nada más–. Esto resulta en que sus carreras son como personas de carne y hueso: o te caen bien o no. Esta identidad inamovible y neurótica entre la obra y su creador provoca que cuando asistimos a una película de Anderson sepamos de entrada a qué nos vamos a enfrentar. The French Dispatch no ofrece ninguna sorpresa mayor. Los que disfrutan de su cine la van a pasar bien, los que no le tengan cariño, no.

El editor de un trasunto de la revista New Yorker sirve como pretexto para el verdadero tema de la película: los clichés sobre Francia más magullados contados en cuatro viñetas. Quizá la única cosa que encontré novedosa en este último esfuerzo del peculiar texano fue la estructura de antología, aunque la configuración estilo caja china tuvo un uso mucho más interesante en The Grand Budapest Hotel (2014).  En esta instancia, a pesar de ser una de las pocas sorpresas, parece no ser más que una variación arbitraria y, de todos modos, funciona en su contra.

Primero seguimos el recorrido en bicicleta de Owen Wilson por la ciudad ficticia de Ennui-sur-Blasé —que funciona como sinécdoque de toda Francia. Wilson, más insípido que nunca, bien podría haber sido sustituido por una marioneta.

El segundo capítulo trata sobre el mundo del arte plástico y nos presenta una improbable historia de inspiración entre un pintor cumpliendo pena en el manicomio criminal (Benicio Del Toro) y una de sus guardias (Léa Seydoux). En esta viñeta, además de permitirnos observar a la novia de James Bond (RIP) haciendo poses extrañas en exquisito blanco y negro, Anderson busca hacer una especie de alegoría sobre el arte moderno que me pareció la mejor parte de toda la película.

El tercer capítulo explora la mitología del París revolucionario (especialmente el de 1968) desperdiciando a Frances McDormand como una escritora desabrida en un affaire con el siempre inexpresivo Timothée Chalamet. Aquí la película se vuelve plana como una tenia.

En la cuarta parte las cosas recuperan un poco la forma, en un tramo que promete analizar la gastronomía pero que finalmente trata de abarcar tantos temas y aplicar tantos saltos diegéticos que nada parece tener sentido. Lo mejor fue el salto animado al estilo de aquella escena con la madrastra de Blancanieves en Annie Hall (Allen, 1977).

Wes Anderson usa un elenco pleyadiano, truco similar al de la fallida The Dead Don't Die (Jarmusch, 2019), aunque en el caso de Anderson se está convirtiendo en un toque de estilo más; o quizá se trate de una estrategia publicitaria para llevar público a ver cine independiente. En todo caso, después de The French Dispatch quedé convencido de que Anderson debería ahorrarse el esfuerzo y enfocar todas sus energías en la animación, el único medio capaz de soportar sus excesos sin causar levantamientos de ceja.

 



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Juan Ramón V. Mora (León, 1989) es venerador felino, escritor, editor, traductor y crítico de cine. Ganó la categoría Cuento Corto de los Premios de Literatura León 2016 y fue coordinador editorial en la edición XXII del Festival Internacional de Cine Guanajuato. Escribe sobre cine en su blog El hombro de Orión (https://hombrodeorion.blogspot.com)


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