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Los discos de 1971 [I]: Progresiones • Fernando Cuevas

Fernando Cuevas

The Who - Who’s Next?
The Who - Who’s Next?
Los discos de 1971 [I]: Progresiones • Fernando Cuevas


Llega diciembre y empezamos con la revisión del año y sus conmemoraciones. Arrancamos con un escucha general de algunos de los grandes discos que cumplen cincuenta años y cuya maestría e influencia siguen creciendo. En esta primera parte, un poco de rock con sus ramificaciones progresivas, hardrockeras y glameras. 25 ejemplos para empezar.

Ya como el quinteto definitivo, Genesis entregó Nursery Crime, opus 3 con un pie en la progresión mitológica y el otro en una fusionada teatralidad. Caja de música expansiva con juegos de palabras cantadas por algún arlequín disfrazado de perejil gigante en plena conjunción armónica. Y otro ser de grandes dimensiones, conocido como Gentle Giant, produjo Acquiring the Taste, su segundo álbum en el que profundizan en la búsqueda de la complejidad armónica, vocal e instrumental, volviéndose fieles imprescindibles de la capilla progresiva, si bien no tan afamados, sí alcanzando el nivel de sus reconocidos colegas. En tanto, Uriah Heep entregó Look at Your Self, su tercer disco en el que ya consiguieron amalgamar el heavy y el progre como para que nos veamos de frente a pesar de las lágrimas furtivas.

Por ahí anduvo Van der Graaf Generator, entregando el innovador Pawn Hearts, integrado por tres piezas de largo aliento con vocales de intensa teatralidad, interludios calmos y desquiciada instrumentación, entre un característico mellotrón, pianos encarrerados, saxofones libérrimos y hasta la guitarra invitada del patriarca Robert Fripp, quien volvió a comandar a King Crimson para ponerse en plan explorador y componer Islands con melotrón y guitarra en mano, cobijado por el virtuosismo a la altura de la base rítmica y el saxofón que se extiende con la racionalidad habitual a lo largo de los seis cortes. Y desde Italia, Le Orme levantó la mano para iniciar con el movimiento progrock en su país con Collage, primer disco de la banda ubicado en estos territorios.

Meddle es un álbum, como se ha mencionado, transicional: de los influjos de Barrett a la nueva perspectiva comandada por Waters. Pink Floyd se abría a públicos más amplios que coreaban desde la tribuna de algún estadio sin temor alguno, entrometiéndose de paso en el mainstream con profundos ecos que siguen sonando desde aquellos días desde una mirada atmosférica. Un familiar riff abre una crítica a la hipocresía religiosa y de paso nos anuncia la presencia de un vagabundo, un médico abortista y una niña prostituta en un mundo con peligroso crecimiento poblacional: Jethro Tull profundizó su capacidad letrística y se orientó más al folk en convivencia con el rock intenso en Aqualung, por el que navega la infaltable flauta, siempre irruptora.

No cualquier grupo saca dos discos claves en su trayectoria el mismo año. Yes, sí. Primero el bien nombrado The Yes Album, integrado por puras canciones propias, cual resultado de cómo se encuentra por fin su propio sello con esas estructuras progresivas sostenidas por una diversa base rítmica, tejidas por los teclados y por una lucidora guitarra sobre las que emergen los reconocibles falsettos; para aplaudirle a toda es buena gente que no deja de moverse para mantenerse en cambio perpetuo. Y después Fragile, ya con Wakeman a bordo, con esa vulnerabilidad a cuestas expresada desde la portada de Dean con el planeta atravesado, en el que se advierten esos campos que inspiraron la portentosa Roundabout.

También Emerson, Lake & Palmer dobletearon: el antibélico Tarkus, con todo y su inmensa pieza titular cual tanque armadillo, confirmaba que el supertrío no era flor de un día y que el enfoque progresivo estaba sólidamente instalado, entre los teclados y la batería en duelo vital, tal como se advierte en Pictures At An Exhibition, de aliento mussorgskiano y con la guitarra acústica de avanzada; por su parte, In the Land of Grey and Pink, obra clave de Caravan y de la llamada escena de Canterbury, retoma elementos del pop para moldearlos con sicodelia, folk y jazz que se entierran al menos nueve pies para encontrar raíces progresivas y emerger en tierras pintadas de colores imprevistos, siempre bien combinados.

Con Tago Mago, su tercer álbum, el grupo teutón Can consolidó un intrincado estilo sustentado en una tenebrosa sicodelia, potenciada por las intrigantes vocalizaciones de Damo Suzuki, hechicero nipón, y un naciente krautrock con cuotas de oscuro noise, acaso para proclamar aleluyas en medio del desconcierto absoluto, paseando por casas de papel con aroma a hongos en busca de un buen café o té. Comus, banda británica entregó First Utterance, debut en el que explora la locura, el horror y sus circunstancias, en una vertiente de freakfolk anticipado que parece derivativo, con ciertas estructuras progresivas de pronto en franca disonancia para arribar a pasajes nebulosos de quietud pastoral.

Sticky Fingers es uno de los picos altos de The Rolling Stones, ya con el veinteañero Mick Taylor por completo integrado, poniendo su guitarra para darle solidez a las composiciones desde su virtuosismo y olfato blusero. Un disco tan completo y consistente, que además de las canciones clásicas archiconocidas (Brown Sugar, Wild Horses, Dead Flowers), el resto de las piezas se complementan para revisitar el sonido rocanrolero empapado de blues, aquí ya en absoluto estado de madurez, lejos del estancamiento: sin The Beatles en el horizonte, no había banda más grande que ellos.

Aunque para cuestionar tal aseveración, un par de grandes grupos entregaron sendos álbumes vueltos obras maestras. The Who produjo, en tono interrogativo, uno de sus discos capitales: Who’s Next? está habitado por clásicos (Baba O’Riley, The Song Is Over, Behind Blue Eyes, Won’t Get Fooled Again), muy bien acompañados por el resto, entre melodías elocuentes e instrumentaciones incisivas: ante la pregunta titular, ellos mismos son quienes seguían. Led Zeppelin alcanzó el pico de las montañas nubladas y siguió rumbo al cielo, subiendo por una escalera con escalones de folk bluseado y el poder característico de su rock and roll, vía Led Zeppelin IV, grabado en la campiña por donde se paseaba un labrador de confiada y briosa negrura. Cuatro baquetas para romper el dique, ganar la batalla eterna y llegar a California, de paso trastocando una parte de la historia del rock.

Black Sabbath entregó Master of Reality, tercer álbum en el que conservaron pesadez e integraron matices desde la abridora Sweet Leaf, sobre la marihuana, a breviarios en forma de orquídeas solitarias: solo necesitaron poco más de media hora para someternos con esa espesura en las cuerdas y la inconfundible vocal al borde de la realidad por dominar. Justamente su influencia se escuchó pronto, junto con la Zeppelin, en el cuarteto nipón Flower Travellin' Band, pasando lista con Sartori, obra de 5 iluminadoras partes que absorben nuestra mente para despertarnos a punta de guitarrazo limpio con ciertos acordes del este de Europa y un espeso sabor a cerezo sin flor.

Encabezado por Marc Bolan y y Micky Finn con experimentada banda de soporte y pulida producción de Tony Visconti, T. Rex produjo Electric Warrior, disco clave del movimiento glam con Bang a Gong (Get it On) como estandarte, ideal para volverse bailarín cósmico y visitar el planeta reina. Despertamos y sigue aquí, como ese gas que nunca termina de ventilarse. En su opus cuatro y con apenas 23 años, David Bowie firmó Hunky Dory para catapultarse como rockstar definitivo, apostando al cambio perenne y cambiando su residencia a Marte, justo donde los frikis encuentran todas las cosas bellas y una reina a  la altura de sus exigencias: melodías evocativas por las que transitan letras inquietantes.

Teenage Head fue el último disco de Flamin’ Groovies con la alineación original y las tensiones al interior parecieron resultar provechosas, paradójicamente, dados los contrapuntos energéticos derrochados a partir del reconocido rockabilly salido de la cochera, con todo y algunos ecos hippies: para despertar el espíritu adolescente y no dejarse llevar por la corriente. Por su parte, Alice Cooper, nombre de la banda y del líder a la vez, se destapó con un par de álbumes que constituyen de lo mejor de su trayectoria discográfica: Love It to Death y Killer solidificaron su presencia de tintes macabros con un hard rock que se alimentaba de teatralidad cual casa de sustos y esporádicos lances instrumentales cercanos al progrock, muy a tono con los años que corrían.

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