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CON EL DESARMADOR EN LA MANO

Reseña • Terremoto, de Mónica Ojeda • Esteban Castorena

Esteban Castorena Domínguez

El último día de Pompeya, Karl Briulov, 1833
El último día de Pompeya, Karl Briulov, 1833
Reseña • Terremoto, de Mónica Ojeda • Esteban Castorena


Entre agosto y octubre del año 79 el monte Vesubio entró en erupción. El fenómeno fue descrito por Plinio el joven, quien presenció el hecho desde la seguridad de un barco a kilómetros de la costa. Si bien hubo registros de las ciudades que existieron en las inmediaciones del volcán, la ubicación exacta de las ciudades de Pomeya, Herculano y Estabia se perdieron con el pasar del tiempo.

No fue sino hasta la primera mitad del siglo XVIII que se descubrieron las ciudades sepultadas bajo la ceniza. Las excavaciones comenzaron inmediatamente. A pesar de los casi trescientos años transcurridos desde aquel primer hallazgo y los primeros trabajos arqueológicos, aún hoy salen a la luz elementos nuevos y previamente inexplorados que revelan más de la vida cotidiana durante el siglo I. Un ejemplo es el reciente hallazgo de un cuarto de esclavos en noviembre de 2021.

De entre todos los descubrimientos entre calles y construcciones de las ciudades romanas, aquel que ha impresionado más al mundo son los cuerpos de las víctimas del Vesubio. En estricto sentido lo que se conserva hasta el día de hoy no son los cadáveres de los pompeyanos, lo que se conserva es algo similar a una escultura que, en menor o mayor medida, contienen algún tipo de restos en su interior. La ceniza cubrió a los ciudadanos y después se solidificó. En medio de esa piedra, la mayor parte del material orgánico terminó por descomponerse y dejó así un vacío en medio de la roca. En 1863 Giuseppe Fiorelli logró desarrollar una técnica de vaciado que permitió crear esculturas en yeso utilizando ese “molde” natural que quedó plasmado entre la ceniza hecha roca.

Con el desarmador - img interior 01

Entre los cuerpos reconstruidos con la técnica de Fiorelli hubo un par que suscitó el interés de los arqueólogos y el público en general. En 1922 se encontró a una pareja de amantes que se abrazaron para esperar el final. En aquellos años, los primeros del fascismo en Italia, no se dudó ni un instante en atribuir a los cuerpos la identidad de un hombre y una mujer. Para agregarle mayor romanticismo a la historia, en algún momento comenzó a circular una versión en la que la pareja esperó el final haciendo el amor en medio de la tempestad. La historia superó las fronteras del tiempo y las distancias. Incluso un joven José Emilio Pacheco dedicó unas líneas a la pareja.

Pompeya
La tempestad de fuego nos sorprendió en el acto
de la fornicación.
No fuimos muertos por el río de lava.
Nos ahogaron los gases. La ceniza
se convirtió en sudario. Nuestros cuerpos
continuaron unidos en la piedra:
petrificado espasmo interminable.

Con el desarmador - img interior 02


Si bien la idea de los amantes fue la más popular dado su romanticismo, no fue la única versión que circuló sobre el par de cuerpos. Se especuló, por ejemplo, que podría tratarse de madre e hija en un último abrazo. Los científicos italianos decidieron poner fin a las dudas y buscaron muestras de ADN que hubiera sobrevivido a los siglos. El resultado: los cuerpos corresponden a dos jóvenes, ambos hombres, de 18 y 20 años. La historia de esta pareja dio el vuelco definitivo, su petrificado espasmo interminable es, con toda probabilidad, un amorío gay que ha logrado resistir a catástrofes naturales y el paso de los siglos.

La historia de los amantes en medio de la tempestad también permea hasta la narrativa de la narradora ecuatoriana Mónica Ojeda. En su libro “Las voladoras” (Páginas de espuma, 2020) presenta el relato “El terremoto”, una narración breve y sumamente intensa en la que los detalles dotan de sentido al contexto catastrófico en el que sucede el relato.

La escena es la siguiente: una pareja intercambia algunas palabras mientras hace el amor. “Amar es temblar”, dice Luciana mientras afuera de la habitación, afuera de la casa, hace erupción un volcán que hace templar la tierra y vuelve el cielo gris y oval. Durante los primeros párrafos del texto la voz narrativa (utilizada en primera persona) no revela su género. Ojeda revela el sexo de la pareja de forma contundente:

Hubo un tiempo en que el suelo no se movía. Luego llegó el terremoto madre y Luciana abrió las piernas adentro de mi sombra. Hubo muchos otros antes, pero ninguno igual que ese: el apocalíptico, el que nos hizo desaparecer hacia el interior del planeta que ardía como la lengua de mi hermana sobre mi pelvis.

Jugábamos a encontrar las diferencias entre su nombre y mi nombre.
Lu-ci-a-na.
Lu-cre-ci-a.

La escena amorosa se revela como un encuentro lésbico e incestuoso. Ojeda, de forma velada y muy eficiente, se vale del movimiento de la lengua en la pelvis y del juego con los nombres de las amantes para establecer una posible intertextualidad con una de las novelas de amor prohibido más exitosas y controversiales: Lolita, de Vladimir Nabokov. Para entender el paralelismo baste recordar el inicio de la novela:

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.

Luego de revelar la naturaleza de la relación, Ojeda construye el relato sustentándolo en dicotomías. Por un lado son las amantes que están dentro de casa en contraposición a la multitud que corre fuera de las calles. Se contrapone el techo de la casa que se resiste a caer y el cielo que “es lo único que no puede caerse”. Las amantes siguen inercambiando palabras, mencionan lo perfecto que sería morir en ese momento y que el techo las aplastara para que sus sangres y cuerpos quedaran perpetuamente unidos. Los motivos de la lengua y el temblor vuelven a hacerse presentes.

“Amar es temblar”, pronunciaba Luciana para que yo sintiera sus palabras. Ella quería una muerte perfecta, pero nuestra casa era un templo que guardaba celosamente la historia de lo que no se cae. “Es esto lo que nos mata”, le dije una noche. “Esta manera tan absurda que tenemos de resistir.

Las frases apenas citadas atan los hilos con los que Ojeda construye su relato. Por un lado, la casa se convierte en el espacio seguro que conserva la historia de amor de las mujeres. La casa se mantiene firme del mismo modo que lo hace su relación. Ellas y la casa resisten a la tempestad. Por otro lado, esas líneas dotan de sentido a los varios significados que tiene el temblor en el cuento. Está el temblor físico que ocurre por el volcán y el temblor amoroso; hay, sin embargo, otro temblor que no se nombra en el relato pero es al que las mujeres han tenido que resistir desde el inicio de su amor: el temblor social que provoca su relación en los otros. La dicotomía entre las de adentro de casa y los que corren despavoridos se vuelve clara. Por un lado se encuentra lo oculto o prohibido que resite a las normas e imposiciones de aquellos que, desde afuera, huyen de lo desconocido y de lo que no comprenden.

Si quieres leer el cuento, lo encuentras aquí.



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Esteban Castorena (Aguascalientes, 1995) es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Por su trabajo como cuentista ha sido becario del Festival Interfaz (2016), del PECDA (2016) y del FONCA (2018). Su obra ha sido publicada en diversos medios impresos y digitales. Gestiona un sitio web en el que comparte sus traducciones de literatura italiana.

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