jueves. 19.05.2022
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Un hombre muerto a puntapiés, de Pablo Palacio • Esteban Castorena

Esteban Castorena Domínguez

Un hombre muerto a puntapiés, de Pablo Palacio
Un hombre muerto a puntapiés, de Pablo Palacio
Un hombre muerto a puntapiés, de Pablo Palacio • Esteban Castorena

Dentro de la lingüística, la fonología se encarga de analizar cómo el ser humano, mediante las características fisiológicas de su aparato fonador, es capaz de producir sonidos. La fonología, por otro lado, estudia cómo esos sonidos se articulan de manera que puedan funcionar como un sistema lingüístico, es decir, cómo se estructuran de modo que sean inteligibles como una lengua.

Uno de los fenómenos más curiosos para analizar desde la perspectiva de la fonética y la fonología son las onomatopeyas. Éstas son representaciones gráficas de sonidos que percibimos en el mundo que nos rodea. Ring ring, hace el teléfono. Pow el golpe que el héroe da al villano. Cuando niños, el ladrido o el maullido son los primeros acercamientos que tenemos a una onomatopeya. Guau guau, dice el infante cuando señala la mascota familiar; sí, el guau guau, responde algún adulto. Resulta interesante, además, que con base en el idioma que hable cada persona, la interpretación de los sonidos es diferente. El cerebro, basándose en los sonidos que tiene como conocidos (y por ende producibles) codifica el sonido externo y lo traduce en una onomatopeya. Guau guau hace el perro, woof woof el dog, mientras que el cane hace bau bau.
 

Zang tumb tumb en lectura de su autor

 

Las onomatopeyas, además de ser un fenómeno lingüístico, también se han abierto camino como recurso literario. A inicios del siglo pasado, Filippo Tommaso Marinetti publicó su manifiesto futurista (1909). En este documento plantea los intereses del movimiento, entre los que cabe señalar la exaltación de la velocidad y las máquinas industriales, así como la búsqueda de la novedad y la provocación cultural. Para expresar estos ideales en la poesía, Marinetti se vale de recursos como la desarticulación del lenguaje. En 1914 publica el poema Zang tumb tumb en el que, valiéndose de muchas onomatopeyas, el autor busca reproducir el sonido de una batalla durante la guerra de los Balcanes. Taratatata suena la metralleta, Tam tuuumb, los cañones. Otro ejemplo, menos bélico, está en el poema de otro importante exponente del futurismo. En La fuente enferma Aldo Palazzeschi evoca los sonidos que emite el chorro de una fuente que parece sufrir ataques de tos.

En América latina los movimientos de vanguardia europeos encontraron un eco. En 1916 se publica el manifiesto creacionista de Vicente Huidobro, y en México, al grito de ¡Viva el mole de guajolote!, Manuel Maples Arce da inicio al movimiento estridentista. En el caso de Ecuador, la revista Letras publicaba ya desde 1913 traducciones de textos vanguardistas. Desde 1926 otra revista, Hélice (y en el título nótese la evocación de una parte de maquinaria, cuya función es moverse incesantemente), publicó a jóvenes escritores que comenzaban a alejarse de los movimientos literarios en boga dentro del panorama nacional, y se inclinaban por la experimentación y producción de obra inspirada en las vanguardias de otros países.

En Hélice un joven Pablo Palacio, con apenas 20 años, publica el que se convertiría en uno de sus cuentos maestros, Un hombre muerto a puntapiés. El relato, de estilo policiaco, pero no por ello con su buena dosis de humor e ironía, es considerado uno de los más importantes de la literatura ecuatoriana. De éste surge, además, una de las onomatopeyas utilizadas con mayor efectividad en la narrativa: “¡Chaj!… con un gran espacio sabroso… ¡Chaj!

El relato empieza con un epígrafe tomado del diario “El Comercio” que ya va dando pistas de cuál será el hilo conductor del relato: la necesidad de desentrañar una verdad. Y es que la historia gira en torno a un hombre quien, luego de leer en un periódico la noticia sobre un hombre que ha muerto después de una golpiza, se obsesiona por saber la razón de un asesinato de esa naturaleza. Al protagonista y narrador de la historia le provoca risa pensar en ese modo de morir: acabar molido luego de una serie de puntapiés.

Ante el silencio de los medios en los días posteriores a la noticia original, el narrador decide desentrañar por sí mismo el misterio del hombre asesinado en plena calle. Sus únicas pistas: la nota de periódico y la mención de que el fallecido “era vicioso”, y una visita a la comisaría a la que fue trasladado luego de la golpiza.

Palacio construye una sátira a los detectives del género policiaco. El relato dedica varias líneas a los métodos lógicos con los que se puede llegar a una verdad: la deducción y la inducción, es decir: de lo general a lo particular el primero, y de lo particular a lo general el segundo. Dada la naturaleza del caso, al narrador no le queda más que ir de lo particular a lo general.

Un detalle que abona al tono de parodia del cuento, y que bien señala Íñigo Salvador en su prólogo a la selección de cuentos palacianos cuyo enlace se comparte a continuación, es la necesidad que tiene el protagonista de fumar una pipa mientras intenta reconstruir los hechos. Con este detalle Palacio hace un guiño burlesco a Sherlock Holmes.

Siempre con la pipa en boca y con una honda línea en el entrecejo, producto de tanta reflexión, el narrador empieza a arrojar hipótesis. Todos los detalles que Palacio ha ido dejado a lo largo del texto (por ejemplo, que al hombre lo encuentran vivo y, sin embargo, no señala culpables antes de morir; o que es vicioso), sirven al narrador para construir y refutar hipótesis, hasta que una lo satisface.

La hipótesis final del relato, debe decirse, no es necesariamente la verdad absoluta del caso, sino una ficción dentro de una ficción. El narrador se crea una versión de los hechos en la que el hombre muerto a puntapiés era un homosexual (ésta es la primera mención abierta de la homosexualidad en la literatura ecuatoriana) que se le insinuó a un muchacho por la calle. El narrador imagina toda la escena: el padre que llega a ayudar a su hijo, los primeros golpes para alejar al vicioso, su caída al suelo. Luego vienen los puntapies. El narrador, satisfecho, imagina el sonido. Chaj suena el puntapié contra la nariz. Chaj chaj chaj suenan una y otra vez.

Si quieres leer el cuento, lo encuentras aquí.

P.D. Duda razonable: ¿Cómo sonará un puntapié contra la nariz de un hombre en los oídos de alguien que no habla español? ¿Ciag, shiak, sak, pak, tac?



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Esteban Castorena (Aguascalientes, 1995)
es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Por su trabajo como cuentista ha sido becario del Festival Interfaz (2016), del PECDA (2016) y del FONCA (2018). Su obra ha sido publicada en diversos medios impresos y digitales. Gestiona un sitio web en el que comparte sus traducciones de literatura italiana.

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