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Cuento • Cocineros suicidas (Fragmento) • Óscar Luviano

Óscar Luviano

Oscar Luviano
Tachas 446
Cuento • Cocineros suicidas (Fragmento) • Óscar Luviano

En algún momento de mi vida que no recuerdo, pues era un bebé de brazos que demandaba atención a gritos y no paraba hasta que me untaban la panza de manteca, se dio la primera gran batalla de nuestras cocinas.

Una navidad alguien le apagó la olla del pozole a mi tía Caro, la viuda que, sin duda, se había casado con mi tío Felipe para que mantuviera a sus dos hijos mariguanos (de seis y cuatro años) antes de conducirlo a la misma senda de autodestrucción que a su finado esposo.

Mi tía no se dio cuenta hasta muy tarde, de modo que era imposible encender la estufa de nuevo (la estufa de petróleo era un ente caprichoso) y que el grano estuviera listo a la hora de la cena.

Como mis tías Alba y Teresa echaron la culpa del incidente a los espíritus chocarreros que llevaban aquella casa de techo de lámina de asbesto en el valle de Chalco, para después destapar la olla y dejar que el aroma de su pozole en su punto se desplegase como el fantasma mismo de la afrenta, pulposo y rico, Caro supo que habían sido ellas.

Sin tarugos, tomó la olla que le coció las manos dolorosamente, y con una voz digna de villana de telenovela, dijo: Pues si yo no como pozole, ustedes tampoco.

Y les arrojó la olla a los pies.

Lo que siguió fue una pelea sobre el caldo y los trozos de cabeza de puerco que ni mi padre, boxeador preolímpico, pudo parar.

La cocina es el espacio donde el amor y todas sus formas terribles y suicidas se encarnaron: fue ahí donde mi padre le arrojó a mi madre una botella de aceite que reventó contra el piso. Como el motivo de la discusión era si me llevaban o no a un espectáculo de delfines del Día de Reyes, protagonizado por el mismísimo Flipper, me sentí obligado a ponerme entre mi madre de rodillas y la enormidad de mi padre como un escudo lloriqueante.

Estaba descalzo y recuerdo el tacto del charco de aceite subiendo entre mis dedos, como un fantasma suntuoso dispuesto a hundirme, a sepultarme bajo aquella montaña de músculos frente a mí, la de mi padre ebrio y con los ojos arrasados en lágrimas, en la posición de defensa, los brazos protegiendo las costillas y los puños listos para el jab.

La cocina nos obligaba a estos actos y a otros, no tan explosivos, pero que se extendieron en el tiempo con toda la brutalidad de la ternura, como los tamales de tía Enriqueta.

No tenía un centavo, pero sí un esposo fugitivo que demanda envíos de dinero para sobornos y los pormenores de una vida a salto de mata. A mi tía la Navidad le dolía, pues nuestra mesa siempre ha estado para quien estaba y para quien no, pero no contribuir ni con los tejocotes para el ponche le podía.

De manera que mis tías, siempre en los extremos del amor y de sus mandatos, le compraron todo “para que te hagas unos tamalitos, Riquis”. Fue tal su emoción que no pidió receta ni asesoría. El amor nos llena de una clarividencia que no es otra cosa que la forma más deslumbrante de la ceguera.

Los tamales soltaron extraños aromas que nada tenían que ver con los verdes, los de mole o los de dulce, toda aquella noche de Navidad. Al final los sacaron del bote de cemento en el que se cocinaban sobre una fogata. Estaban duros y negros como piedras, pero nadie se quejó.

Medio los comimos como se hace con los muéganos venidos del espacio, alabando a la cocinera que vertía lágrimas de un triunfo sincero y que la llevaron a cocinar, cada año, esperpentos más terribles con igual éxito de crítica, que se renueva con cada generación que debe sufrir sus romeros como mecates, su falso bacalao, su ensalada de manzana oxidada. Se los cuento porque sé que nunca leerá esto y sé que ustedes, en nombre de sus propias tías Riquis, sabrán guardar el secreto.

El amor es un espacio que habitamos, con la cocina al fondo, a la que no nos asomamos, como, en cambio, oteábamos por el agujero afilado del portón cada vez que íbamos a la casa de mis abuelos en Neza.

Mi abuelo Carmen lo había abierto de un disparo con su 30-30 aquel Año Nuevo en que creyó que las sombras que iban y venían por la rendija eran sus viejos cómplices, muertos hacía tanto, que venían a cobrarle. O eso nos dijó entre el olor a pólvora y con un pañuelo contra la boca. Horas antes, en su brindis, nos dijo, mientras lo interrumpíamos con aplausos, que no le queríamos.

El amor es un espacio que habitamos, y su cocina con sus secretos, llena la casa de aromas, de ajo y amargura. Como ese gesto que mi abuela Petra hacía cada vez que salía el tema de Doña Joaquina.

Mi abuelo Andrés estaba secreramente enamorado de la cocinera de la más infecta fonda de Santa María la Ribera. Su amor era tan secreto que todos sabíamos que cada tarde comía dos veces: una con mi abuela y mis primos Omar, José y Antonio, y otra con Doña Joaquina.

En la fonda cubierta por redes sobre redes de cochambre, en una filigrana que hacía del techo y de las paredes una oscuridad apelmazada. Ahí se quedaba en la barra, contando a esa mujer de rostro impenetrable como piedra olmeca, con los rasgos telurizados por la media luz de los fogones, sus aventuras como chófer de tráiler en el cañón del Sumidero. Los camiones y los cuerpos de sus compañeros que siguen ahí, en el abismo de las aguas, tras haberse quedado dormidos al volante.

Doña Joaquina respondía con un quejido que lo mismo era que estaba roncando.

Una navidad, movido por ese amor secreto que es como un fantasma que te jala para hundirte, le dijo a mi abuela Petra que el horno no estaba para bollos. Literalmente: el gas estaba muy caro y los vecinos habían volado tras intentar una panadería clandestina. Mi abuelo Andrés sugirió reducir riesgos y gastos cociendo el pozole en alguna cocina económica.

Todos sabíamos que se lo iba a llevar a doña Joaquina para contemplar ese rostro que parecía venir de un tiempo en que los rostros eran apenas un ensayo, mientras le contaba sus experiencias como chófer en una casa de las Lomas, y el pozole burbujeaba entre ambos como el pantano primigenio del que vinimos todos.

Todos lo sabíamos, y eso hizo, pero mi abuela Petra no podía enterarse. Nada más sales con una pendejada, le advirtió, y ya sabes.

De manera que tras una tarde de fervoroso monólogo, subrepticio y apurado, mi abuelo Andrés regresaba a la vecindad con la olla de barro, pero un mal paso le hizo resbalar y allá fue a dar con todo y cena, y acabo como mis tías Caro y Alba y Teresa, chapaleando en el caldo, sobre la carne de cerdo.

Un buen samaritano le arrimo una cubeta, y juntos, usando los trozos de la olla como palitas, recuperaron lo que pudieron. Mi abuela Petra lo trató de pendejo, como era de esperar, pero recalentó el pozole en otra olla. Había que apurarse, pues venía su hermano, el que no había dejado de ser rico pero gustaba del pozole.

Mi tío Rubén no tuvo queja del pozole, ni siquiera cuando masticó entre los granos un pedazo de barro. ¿Y esto? Mi abuela Petra atajó cualquier posible explicación: El tepalcate es lo que da sabor, hermanito.

Desde entonces, en esa rama de la familia, se cuece el pozole con un pedazo de olla para que amarre el sabor, pues nadie ha tenido a bien decirles la verdad, pues sabemos callar el amor secreto, aunque eso no lo apaga ni lo mata.

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