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Spoilerama • Soylent Green: Feliz 2022 • Óscar Luviano

Óscar Luviano

Soylent Green, cartel de la película
Soylent Green, cartel de la película
Spoilerama • Soylent Green: Feliz 2022 • Óscar Luviano

Charlton Heston, como todos los grandes actores, como Brando y Dean (en esa línea), parece condenado a permanecer en nuestro recuerdo como la parodia de sí mismo con las que se le permitió llegar al siglo XXI.

Heston, pues, es para muchos un anciano que escapa tambaleante al acoso de Michael Moore en Bowling for Columbine, 2002 (en la casa de actor, el documentalista revela que una entrevista laudatoria era, en realidad, la búsqueda de unas palabras de consuelo para los padres de una niña, cuya foto ha mostrado al Moisés de Los diez mandamientos, 1956). Esa pequeña fue asesinada durante uno de los muchos tiroteos en escuelas norteamericanas sobre los que la Asociación del Rifle ha guardado silencio. Esta organización, de la que Heston era el presidente en aquel entonces, está a favor de la posesión individual de armas de fuego.

Ese mismo amor por las armas y esa misma devoción cristiana (combinación en la que el actor que hizo de mexicano en el más grande noir de Orson Welles, no vio contradicción alguna) le llevaron a demandar cambios en el guion de la que fue su actuación más amada, en el que se entendía como el filme más subvalorado de su carrera: Omega Man (1971).

Aquel era un delirio funky basado el clásico instantáneo de la ciencia ficción vampírica Soy leyenda (1954), de Richard Matheson, acerca de un apocalipsis en el que un hombre común y blanco, Robert Neville, sobrevive como último espécimen del homo sapiens en un mundo en que el contagio draculesco ha consumido a todos los demás. Sus temas eran el trauma del sobreviviente, el genocidio y la forma en que ambos dramas se convierten en uno solo: Neville vaga en un mundo devastado y, estaca en mano, aniquila uno a uno a los nuevos pobladores. Ha sido objeto de cuatro adaptaciones. Omega Man fue la segunda, tras un intento con Vincent Price. Todas fueron un desastre. Heston era fan de la novela y se ofreció como protagonista de aquella nueva adaptación si se realizaban algunos cambios.

La última esperanza, según nuestros traductores, torna los vampiros en una mezcla de zombis con monjes, y a demanda de Heston, en lugar de ajo y estacas destellan las metralletas. Cada vez que pudo, Heston adoptaba la pose del crucificado. La mejor escena es esa en la que el protagonista entra a un cine de Los Angeles y contempla Woodstock (1970), comentando el documental con un esqueleto fortuito.

Heston venía de The Planet of the Apes, de la que Omega Man es un calco y se estaba convirtiendo, sin quererlo, en uno de los primeros íconos de la ciencia ficción con poder, y Hollywood: Soylent Green (Cuando el destino nos alcance) que se construyó a su alrededor. Y fue, acaso, su último filme estimable.

Basado en la novela Todos sobre Zanzíbar (1968) del británico John Brunner, Soylent Green fue filmada en 1972, y llegado su estreno se convirtió en un éxito y filme de culto instantáneo.

Vista medio siglo después, sorprende lo poco que ha envejecido en sus preceptos. Su tema es la sobrepoblación, pero no de vampiros, sino de gente. Su horror es la sobrepoblación en un planeta agonizante. Las tomas de exteriores están saturadas por una neblina perenne de smog ácido, Las persecuciones a Heston, que apenas suelta unos tiros, se dan en pasillos e iglesias llenas de gente que duerme en el piso o en las escaleras. El título de la novela de la que parte alude a que, en el año de su escritura, toda la población humana cabía de pie en esa isla del Oceano Índico, de apenas 25 por 50 kilómetros.

Como Los Simpon ya se han encargado de espoilear el final de esta obra maestra, yo no lo haré de nuevo, pero recordaré a quien lee esto el año en que sucede Soylent Green: 2022.

Yo la vi por primera vez a los diez y pocos años, en Cine Permanencia Voluntaria de Canal 5 (que hizo más por el cine que cualquier iniciativa oficial).

Lo que me pareció más horrible entonces eran los grandes camiones de basura que, con palas mecánicas, levantaban a los amotinados hambrientos en un tianguis al terminarse las raciones de galletitas hechas de supuestas algas. Esos mismos camiones de basura que, al lunes siguiente, pasarían por mi calle.

Una vez enterado de la verdadera composición de las galletas, que son el último alimento de la humanidad, con ese conocimiento cuya dimensión lovecraftinana le enloquece, Heston queda malherido en una iglesia, y sus enemigos se apuran para acallarlo aunque su voz resuena en la nave. La última toma es la de su mano ensangrentada que se levanta sobre el fondo de los altares y se estira sin encontrar el índice de la mano de Dios, como en el fresco de Miguel Ángel (a quien el actor interpretó en 1965).

Hace unos días el hype de Don't Look Up (2021), con un DiCaprio que grita su verdad por todos los canales posibles, ha revivido el rentable temor por los cometas, los ricos y las redes sociales.

Tal vez, este nuevo año, no nos toque tanto mirar arriba como alrededor.

Óscar Luviano

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