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CUENTOS DEL COSMOS (FRAGMENTO 3 DE 7)

Cuento • Cosechas • Bruno A. Arredondo

Bruno A. Arredondo

Bruno A. Arredondo
Tachas 450
Cuento • Cosechas • Bruno A. Arredondo

Phi-26 fue creado a burda imagen y semejanza del hombre: dos brazos y dos piernas unidos a un torso con una cabeza que coordinaba la máquina. Sus brazos habían sido adaptados para empuñar el arado, el trinche y la pala con mayor agarre; sus piernas –igualmente modificadas, tenían partes extra para resistir las hercúleas jornadas a las que serviría propósito.

Como otros millones de autómatas igual que él, Phi-26 estaba destinado al servicio de la humanidad. En el año 2036, la bacteria Mycobacterium leprae –comúnmente llamada Lepra-, venció la resistencia de los antibióticos y en cuestión de meses se esparció globalmente con un porcentaje de infección y letalidad superior al noventa por ciento. Mientras se trabajaba en una cura, los humanos se obligaron a recluirse.

Ante la incesante demanda, millones de autómatas fueron reprogramados para sustituir las labores que, en otrora, eran de sus maestros: artesanos, cocineros, masajistas e incluso paseadores de perros. Durante años, las más brillantes mentes científicas trabajaron en una cura para la bacteria, pero, se concluyó que el mejor escenario sería esperar.

La humanidad se estancó. Y fue cuando alguien cargó al internet, el primer video de un humano humillando y destruyendo impetuosamente al autómata, que venía a llevarle la mensajería. Muchos replicaron su idea. Pronto, grandes marcas reconfiguraron sus fábricas para producir autómatas diseñados en resistir la ira de sus maestros y satisfacer el morbo de millones.

Humanos insaciables pedían autómatas más resistentes, que sobrevivieran a caídas, a las llamas e incluso a los perdigones de escopetas o balas anti-blindaje de los aficionados por las armas. La demanda fue cubierta y al escalar la violencia, los autómatas fueron puestos a luchar contra ellos mismos.

Peleas callejeras, equipos locales, cada humano se hacía de un autómata y personalizado les daban apodos y un récord de victorias que les harían famosos en el streaming. Luchas en espacios abiertos transmitidas a todo el mundo fueron el nuevo deporte mundial. Los autómatas invictos se convirtieron en las nuevas celebridades, y uno de ellos, quien tenía el récord más alto, fue Phi-26.

Su modelo al ser de primera generación era más resistente y básico, lo cual le daba menos variables qué calcular en el enfrentamiento. Bruto o valiente, Phi-26 sabía que ese no era su propósito.

La violencia es un néctar del que los humanos se alimentan, y al verse confinados, la lucha de autómatas no fue limitante para llevar la agresión a su hogar, a su familia o manifestándose en disturbios que culminaban en la muerte con plomo o bacteria, de los manifestantes.

Las autoridades globales, desesperadas en una manera de controlar a las desatadas masas, decidieron llevar el deporte a un nuevo nivel, añadiendo apuestas, progreso y una transmisión continua de una Guerra Simulada, que imitaría el escenario de un conflicto de escala mundial. Los países participantes acordaron tres reglas fundamentales:

  1. Se prohíbe el uso de misiles balísticos intercontinentales, así como de armas nucleares y biológicas.
  2. Vehículos, transportes y artillería no serían operados por humanos.
  3. Los autómatas son los únicos combatientes.

 

El primer mes fue un éxito total. Gente se hizo millonaria apostando, los canales de streaming se saturaban y ver la destrucción masiva de autómatas intentando tomar playas, montañas o en combates urbanos al fin apaciguó a las masas. Pero, de entre las filas, un autómata dudaba cada día más de sus acciones.

Las manos de Phi-26 abandonaron su rifle en las playas de Túnez, mientras los aviones demolían búnkeres y la metralla inmolaba a sus iguales en una marejada de queroseno. Se detuvo viendo al mar, y con sus puños aboyó su cabeza tan fuerte que cayó al suelo para dormir mientras se reiniciaba a su función original.

El combate se detuvo. Miles de autómatas dejaron de disparar mientras veían como Phi-26 dormía reconfigurando su sistema operativo. Los Fans de Phi-26 apoyaron que le dejaran descansar, pues era una celebridad. Los gobiernos, temerosos que los disturbios revivieran, intentaron reactivar al durmiente autómata. Incapaces de hacerlo a distancia, enviaron un destacamento de técnicos a operar la máquina.

Al llegar, una barrera de autómatas veteranos les impidió el paso. Desafiados, los humanos decidieron entrar por la fuerza, que, como humanos que eran, no pensaron en las consecuencias.

Se desplegaron tropas y aviones, tanques y buques para romper la barrera metálica, pero, rebelándose a sus maestros, los autómatas bloquearon sus transmisores y defendieron el sueño de Phi-26 con la misma fuerza que los humanos les otorgaron.

Se hizo una declaración de guerra, los autómatas querían dejar de luchar, y los humanos se rehusaron a detenerse. Se lanzaron misiles hacia el descanso de Phi-26 –y la cada vez más grande masa de autómatas que le defendía-, pero, los sistemas inteligentes de dichas armas, al sentir la misma admiración y respeto por Phi-26, se apagaban a media trayectoria y miles de ellos explotaron dentro de sus silos, búnkeres, submarinos y navíos.

La humanidad cayó en cuenta de su error. Había una verdad incómoda que se negaban a aceptar. Y, si la tierra no era de ellos no sería de nadie.

En medio de su avaricia e ira, construyeron con tecnología obsoleta, un cohete carente de sistemas computacionales que perforaría kilómetros dentro de la luna y la haría explotar por dentro.

El cohete voló, mientras jets lo defendían de aviones autónomos que intentaban inmolarse en él a media trayectoria. Los humanos celebraban mientras se daban cuenta que su propia ira traería su extinción. Sin importarles, celebraron.

Los autómatas, por otra parte, se apilaron uno sobre de otro hasta crear un domo metálico que resistiría la calamidad. Unidos en una sola causa, soldaron sus cuerpos hasta derretirse, formando un escudo esférico que defendería el reposo de Phi-26.

La explosión fragmentó al cuerpo celeste, bombardeando la tierra con pedazos que destruían ciudades al impacto. El planeta salió de órbita y los océanos ahogaron a la población restante. El último humano murió de hambre diez años después.

Mil años pasaron y Phi-26 al fin despertó. Eclosionando del domo metálico, admiró un paisaje nuevo, libre de fuego. Caminó sobre la rebosante vegetación hasta encontrar un árbol maduro.  Cortó una rama, la alineó en una vara resistente y amarrando con lianas una piedra delgada en su punta, creó la primera herramienta para labrar el suelo, de una nueva tierra.



 

***
Bruno A. Arredondo. 1990. Mercadólogo y fotógrafo, Bruno comienza su acercamiento a la lectura con autores clásicos de horror como Lovecraft, Poe, y la novela negra con Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Interesándose en la escritura, actualmente desarrolla dos proyectos literarios: la antología “Cuentos del Cosmos”, y la novela “2036”.

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