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RESEÑA

Spencer, la pesadilla de ser princesa • Karla Gasca

Karla Gasca

Karla Gasca
Fotograma de 'Spencer' (2021) de Pablo Larraín
Spencer, la pesadilla de ser princesa • Karla Gasca


Desde pequeñas nos venden la idea de que ser princesa es lo mejor que nos puede pasar. Algunos padres se refieren a sus hijas como “princesas” en un gesto de cariño. Los castillos en los que habitan se agotan en las jugueterías durante la navidad, pero pocas veces pensamos en lo que realmente significa pertenecer a la realeza, o, mejor dicho, ser una mujer atrapada en los roles impuestos por la monarquía. Spencer (2022) del director chileno Pablo Larraín guía al espectador en un paseo por los pasillos del palacio Sandringham y la psique destruida de la princesa Diana de Gales, interpretada por Kristen Stewart en uno de sus mejores papeles.

Lo poco o mucho que sabemos sobre la vida de la princesa Diana, mejor conocida como Lady Di, nos ha llegado a través de noticias sensacionalistas, revistas de moda, fotografías de paparazzis y algunos programas de televisión. Desde el fatídico accidente en el que perdió la vida en 1997, pareciera que se habla más de su muerte (rodeada por un sinfín de teorías conspirativas) que de su vida. Y cuando se habla de su vida se le recuerda por su belleza, su elegancia y sus labores altruistas. En una apuesta arriesgada, Larraín se aleja de los lugares comunes y se aventura en retratar a una princesa cansada de interpretar el rol que le fue impuesto.

Spencer (el apellido de soltera de Lady Di), da al espectador la sensación de estar viendo algo prohibido en las entrañas de un palacio de ensueño en el que la familia real pasa la navidad. Rodeados de lujos y detalles preciosos, los rituales de la realeza terminan por ahogar a la princesa de Gales, quien desconfía de todos, excepto de sus hijos y de la modista que la viste, quien parece ser la única que no juzga su comportamiento esquivo. 

Poco a poco, a través de una serie de tomas bien cuidadas y detalles preciosistas, sellos de Larraín, se descubre a una mujer que ha perdió toda autonomía e identidad, que tiene que lidiar con un hombre extraño (tanto físicamente como en sus formas), que se le ha impuesto como su “niñera” y que lanza amenazas veladas que empeoran la condición de ansiedad, paranoia y depresión de la protagonista.

Peleada con el espacio que habita (absurdamente amplio y terriblemente frío, en donde se le niega la luz del día por temor a los paparazis), la princesa termina por batallar también con su cuerpo y su belleza, esa que contenta a todo el que la ve. Se pelea con su cuerpo, con su entorno y con el rol que lleva años interpretando, y se rebela vomitando la comida que uno de los mejores chefs de Inglaterra, junto con todo un ejército de cocineros, prepara especialmente para ella. 

Con la casa en la que creció muy cerca del palacio que está obligada a habitar durante las fiestas decembrinas, Diana comienza a extrañar lo que fue, lo que era antes de convertirse en la mujer perfecta y admirable que está obligada a ser. Así recurre al pasado en busca de un refugio, de una salvación que sabe, no existe.

Con guion de Steven Knight (Promesas del este y Peaky Blinders), Larraín toma el misterio que envuelve a la princesa Diana y lo convierte en un drama con matices de terror que nos recuerda que los miembros de la realeza no son más que actores obligados a interpretar un papel a lo largo de su existencia, y que la princesa Diana fue una rara avis atrapada en una jaula de oro que todo el mundo observaba sin recato, y de la que se esperaba siempre colores brillantes y un canto hermoso.

Spencer se encuentra en cartelera.

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