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CON EL DESARMADOR EN LA MANO

El gordito, de Etgar Keret • Esteban Castorena Domínguez

Esteban Castorena Domínguez

Shrek, el cómic
Shrek, el cómic
El gordito, de Etgar Keret • Esteban Castorena Domínguez


Quien estudia literatura, más temprano que tarde se enfrentará al análisis de las historias folklóricas. Estas tienen determinadas características que se repiten una y otra vez. Vladimir Propp, uno de los principales exponentes del formalismo ruso, dedicó un libro entero a esa morfología bajo las que se han construido (y construyen), ya no sólo las historias de cuentos de hadas, sino cualquier narración.

Si bien es cierto que los elementos narratológicos de una historia tradicional son limitados, ello no quiere decir que se agoten. Cada autor debe buscar la forma de renovar y/o subvertir estas características conocidas. En 2001, por ejemplo, llegó a las salas de cine una película cuyos guionistas sabían a la perfección cómo funciona una historia folklórica. Shrek, en su narrativa, es impecable y debe su éxito en gran medida a cómo los escritores lograron renovar elementos ya conocidos, al menos subconscientemente, por su público. La historia del ogro estuvo llena de frescura, le quitó la seriedad a la tradición y logró que el público disfrutara con la historia de amor entre el monstruo salido de un pantano y una princesa rescatada en una torre, que además es presa de una maldición.

De todos los elementos que Shrek logra renovar, hoy baste concentrarse en uno: la maldición de la princesa. “De día soy una, pero de noche soy otra”, dice Fiona para aludir a la magia que la aqueja desde que era una niña. “Esa será tu apariencia hasta el primer beso del verdadero amor; y tomarás la forma del verdadero amor”, reza la segunda parte del hechizo. Fiona se convierte en una ogra durante la noche, pero el encantamiento es equiparable al veneno en las venas de Blanca Nieves o el sopor eterno de La bella durmiente. No puede obviarse, claro está, el elemento de transformación física como el de La bella y la bestia. El hecho de que, al final, la princesa se convierta en un ogro (y no el ogro en persona) da la vuelta de tuerca a una conclusión tradicional. Los personajes, en lugar de terminar con la maldición, terminan por sacarle provecho.

 

En el cuento de hadas, una maldición como la que afecta a estas princesas es completamente natural. La magia es aceptada en ese mundo de “fantasía”. ¿Qué pasa cuando este elemento mágico escapa del mundo de la fantasía y se inserta en un mundo que, aunque literario, emula la realidad en la que el lector vive? Algunos teóricos de la literatura encuentran aquí la gran escisión entre la fantasía (o lo maravilloso, depende a quién se le pregunte) y lo fantástico. En un relato fantástico hay un elemento sobrenatural que irrumpe en la “realidad”. Ocurre entonces el lector que el personaje sienten un extrañamiento ante el elemento mágico. Baste pensar en una historia de fantasmas en la que el personaje se pregunta qué ocurre en su casa. En lo fantástico la naturalidad ante la magia se pierde. Uno de los primeros teóricos de este tipo de literatura, Tzvetan Todorov, señalaba que lo fantástico radicaba en el extrañamiento que ésta provocaba en el personaje y en el lector.

La perspectiva de Todorov tiene limitaciones que no vale la pena analizar aquí. Él mismo reconoce en su extenso ensayo que la obra de Kafka escapa a sus postulados teóricos. Cuando Gregorio Samsa se levanta, el pensamiento de haberse convertido en un insecto no es el primero que le pasa por la cabeza. Pareciera, incluso, que ver sus patas y su vientre abombado son normales para él. En esa vuelta a la naturalidad de lo mágico como un elemento más de la realidad “real”, como en la que habita el lector, dio paso entonces a otra gran cesura entre los géneros. Algunos críticos, como Jaime Alazraki, pusieron sobre la mesa el término neofantástico.

Todo este cuento sobre el cuento y las diferentes formas en las que se manifiesta la magia en las narraciones sirve como brevísima base para analizar un relato de Etgar Keret. El cuento es muy corto, por lo que el autor es muy económico en detalles de la historia, pero es muy rico en recursos narrativos.

Keret abre con una interrogante para atrapar la atención del lector. En adelante sabemos que la historia va de una pareja. Es él quien habla durante el relato. La voz del hombre resume, en apenas unas líneas, cómo conoce a una chica, cómo salen y cómo la relación va viento en popa. Tienen sexo, los sentimientos entre ellos empiezan a crecer. Todo es excelente pero, apunta el narrador, los encuentros con la chica tienen que ser antes del anochecer. Llega un momento en que ella se siente lista para revelar su secreto.  “–¿Si te dijera que por las noches me convierto en un hombre peludo y enano, sin cuello y con un anillo de oro en el meñique, entonces también seguirías queriéndome?”.

El autor israelí toma entre las manos el maleficio como el de Fiona y otras princesas, lo saca del mundo de fantasía para llevarlo a la “realidad” y dotarlo de una frescura contemporánea. Keret, lo mismo que los guionistas de Shrek, subvierte la idea del maleficio, pero para lógralo se vale de herramientas muy distintas a las que plantea la película. Detalles pequeños, pero significativos: la mujer tiene sexo con su pareja incluso antes de saber si será su pareja a largo plazo; una princesa espera al “verdadero amor”. La forma en la que la chica se sincera con su pareja mediante una pregunta que pareciera más una broma que cualquier otra cosa, se siente natural, sin ninguna intención de emular un encantamiento como el que recita Fiona “De día soy una, pero de noche soy otra…”

Quien lee este artículo ya se lo podrá imaginar, el “maleficio” es real. Luego de hacer el amor la chica se queda dormida. Él la observa; cuando el sol baja y la luz de luna le toca la espalda, aparece entonces el gordito que la chica había afirmado ser. El hombre se pone de pie, sale de la habitación. El narrador, casi como en un trance, lo sigue.

La reacción del narrador es todo lo contrario a lo que se esperaría de un hombre que ve a su novia convertirse en un gordo. Ahí está lo neofantástico, en aceptar la magia como algo que cabe en nuestro mundo sin mayores preguntas. La subversión del autor hacia el motivo del maleficio se sigue construyendo en el relato mediante la relación que entablan el gordito y el narrador. Sin entrar en grandes detalles, pues mejor será leer directamente el relato, el narrador acepta la dualidad de la mujer y el gordo. Descrubre que es posible, y mejor, sacar provecho de la dualidad que conlleva la maldición de la chica. Es posible convivir con Jekyll y Hyde, con Bella y Bestia, con la princesa y el ogro.


 

Si quieres leer el cuento, lo encuentras aquí.




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Esteban Castorena (Aguascalientes, 1995)
es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Por su trabajo como cuentista ha sido becario del Festival Interfaz (2016), del PECDA (2016) y del FONCA (2018).


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