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CUENTO

Cuento • El bebé [fragmentos] • Marie Darrieussecq

Marie Darrieussecq [trad. Joaquín Jordá]

Marie Darrieussecq
Tachas 457
Cuento • El bebé [fragmentos] • Marie Darrieussecq


No es que antes no me gustaran los bebés; es que no existían. No había ningún lazo, ninguna relación entre ellos y yo.
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Cuando se despierta, el bebé me impide escribir.
En la Femme gelée, Annie Ernaux escribe: «Durante dos años, en la flor de la edad, toda la libertad de mi vida se ha resumido en el suspense de una siesta de niño cada tarde.»
El bebé me impide fumar y beber porque mama de mi pecho.
Fumo y bebo a hurtadillas, como algunos alcohólicos.
Para prolongar unos minutos la escritura de esta página, le he colocado boca abajo: recupera un sueño profundo. En la actualidad, los médicos desaconsejan esa posición: favorece la «muerte súbita del lactante».
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Durante estos dos primeros meses sólo he estado en el mundo a medias, entendiendo sólo a medias lo que me decían, viendo sólo a medias a la gente, mal leyendo los libros. La mitad de mi cerebro estaba con él: ¿estaba desabrigado, respiraba bien, le había oído gemir? Por mucho que advirtiera a mis interlocutores, no parecían tomarme en serio: una pose de adolescente, una coquetería de escritor.
Era una forma de locura. Vivía en contacto permanente con otro mundo, como una extraterrestre que escucha incesantemente, en su caja craneana, los ecos de su planeta originario. Estaba dotada de ubicuidad, de supra-sensibilidad.
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Acuesto al bebé boca abajo sobre mis rodillas, le hago callar dándole a chupar el dedo. Con la mano derecha, que permanece libre, puedo escribir.
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Cuando abre la boca sobre mí, no tiene ni pizca de duda: soy suya. Según la teoría, yo soy él: él no diferencia su cuerpo del mío. Espero la guardería para enseñarle, precisamente, que eso no es así, para establecer la frontera entre nosotros.
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Una vez le has atendido, y se ha dormido de nuevo, te queda todo el resto: la casa, las compras, la comida, poner la mesa, vaciar el lavavajillas, tender la colada, hacer la cama: no es él quien nos extenúa, es la intendencia perpetua.
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Trabajo la masa, sol en las baldosas. Él está arrellanado en su cochecito, chupa el hocico de su jirafa de caucho. Yo tarareo valses, musiquillas de circo y pasodobles; a trozos, como un popurrí, con voz gangosa o arrulladora. Hago tonterías, bailo para él, ríe a carcajadas, me sigue con la mirada por toda la cocina. Soy la reina, la mejor de las madres, la más guapa, la más graciosa, su madre-estrella, su gran amor. Le arranco de su cochecito y bailamos un vals, es un bailarín excelente.




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Marie Darrieussecq es una escritora francesa. En 1996 obtuvo un gran éxito en Francia con su primera novela Truismes, lo que le convirtió en una figura de la literatura francesa. Truismes fue finalista del Premio Goncourt de ese año. La traducción de este texto la realizó Joaquín Jordá.
 

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