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Tachas 458 • Un ojo azul, el mar • Diana Alejandra Aboytes

Diana Alejandra Aboytes

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Tachas 458
Tachas 458 • Un ojo azul, el mar • Diana Alejandra Aboytes


Aquella tarde sexta de agosto por fin había vuelto a vivir la sensación que provoca hundir los pies en la arena, mientras el mar jugaba en su ir y venir como en una copiosa danza. Soledad cerró los párpados e imaginó que las olas se llevaban todos los momentos indigeribles. Olvidó todo… el frío que en las noches sin estrellas había sentido, los días de lluvia en la mirada o la oscuridad que en ocasiones le robaba hasta la sombra.

“El mar es un ojo azul que nos mira y nos regala sus lágrimas en granos de sal” –se dijo cuando sus corsarios ojos navegaron por toda la playa, recordando que habían transcurrido varias décadas desde que una pequeña jugaba a construir castillos de arena, en tanto su madre la cuidaba desde el camastro cercano. Ahora que ya no era más una niña, sino solo una mujer que seguía haciendo castillos en el aire, los trascribía en papel y los volvía cuentos, querría que aún la observara y testificara algunos de sus éxitos.

Entonces sintió un hueco en el pecho por donde le cupo la mano. Sacó un corazón palpitante: su ritmo parecía decir, mamá, mamá… Soledad lloró para cauterizar esa ausencia. Lo hizo pedazos, guardó los restos en los bolsillos de su ropa y se arrojó al mar.

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