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Tachas 462 • Los oscuros otoños • Diana Alejandra Aboytes

Diana Alejandra Aboytes M.

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Tachas 462 • Los oscuros otoños • Diana Alejandra Aboytes
Tachas 462 • Los oscuros otoños • Diana Alejandra Aboytes


El viento había despojado a los árboles de las hojas que los vestían. Las ramas desnudas parecían cadavéricas manos entrelazándose unas con otras cuando el aire atravesaba el bosque. En medio de la claridad que se debilitaba conforme el sol se ponía en el horizonte, la joven Susana circulaba en su automóvil, teniendo como copiloto a Rufus, su perro, inseparable compañero desde la adolescencia.

En aquel paraje habitaba un silencio, sólo interrumpido por el crujir de las hojas al paso del auto sobre aquella carpeta otoñal. El pinchazo de uno de los neumáticos hizo que Susana detuviera la marcha, bajó del auto y escuchó cómo se escapaba el aire.

Abrió la cajuela solo para darse cuenta de que no traía la llanta de refacción. En ese momento recordó que la mandó vulcanizar y no volvió a recogerla.

La noche había caído, rodó el automóvil con la llanta baja hasta llegar a un poblado. Sabía que por la hora ya no habría quien la reparase. Se alojaría en un sitio de alquiler de cuartos y al día siguiente encontraría quien pudiera ayudarla.

Llegó a una casa de huéspedes. El encargado le mostró el cuarto que ocuparía, no sin antes cobrarle un dinero extra por dejarla ocupar la habitación junto con la mascota. Y es que Susana jamás podía dormir sin Rufus. Sus padres le habían obsequiado el cachorro para hacerse compañía. Cada noche ella bajaba su brazo y el perro le lamía la mano.

El tipo le dio las llaves y se retiró. Ella cerró por dentro el dormitorio alumbrado por una tenue luz. Se quitó la chamarra, la colgó sobre el respaldo de una silla de madera que estaba en la esquina de la habitación, tomó de ahí la cobija adicional sobrepuesta en el asiento. Dejó la lamparilla encendida para no quedar en penumbras, se acostó y se cubrió con la frazada. Rufus dio varias vueltas hasta echarse sobre el tapete que estaba en el piso a un costado de la cama. Susana bajó su brazo y el perro, como siempre, le lamió la mano hasta que ella se quedó dormida.

La chica despertó en la madrugada al sentir que su perro no dejaba de lamerla. Se asomó hacia abajo para hacerle un cariño y ver por qué no se había dormido, cuando lo vio muerto, con el cuello retorcido y la lengua por un lado. Saltó al piso y con lágrimas en los ojos lo tomó en brazos. La recorrió un escalofrío al pensar que si no había sido el perro, ¿qué o quién le estuvo lamiendo la mano?

Levantó la colcha y se asomó. Horrorizada, se llevó las manos al rostro y salió corriendo.

Desde entonces la mujer vaga por las calles advirtiendo que “nunca mires debajo de la cama.”

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