martes. 09.08.2022
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Tachas 463 • Maternidades atípicas: Recuperaciones • Fernando Cuevas

Fernando Cuevas

Cordero (Islandia-Suecia-Polonia, 2021)
Cordero (Islandia-Suecia-Polonia, 2021)
Tachas 463 • Maternidades atípicas: Recuperaciones • Fernando Cuevas


Un par de películas que posan su atención en mujeres cuya maternidad escapa a los esquemas preconcebidos, pasando por circunstancias y momentos de alta intensidad emocional. Depositar expectativas en los hijos, darle sentido a la propia vida a partir de jugar el rol de madre o cargar culpas por tomar caminos distintos a los socialmente aceptados: la complejidad implícita en las relaciones materno-filiales. La primera disponible en MUBI y la segunda en NETFLIX.

Recuperar a la hija ausente

Enclavada en el horror folk, que retoma ambientes rurales y relatos provenientes de ciertas tradiciones con su dosis de sobrenaturalidad, Cordero (Islandia-Suecia-Polonia, 2021) apunta, sin embargo, hacia concebir la maternidad como una forma natural de estar en el mundo, o bien como una manera de darle sentido a una existencia que de otra forma carecería de integralidad, en tanto que la paternidad se plantea como una responsabilidad que tarde o temprano habrá que ejercerse. Está presente, desde el título mismo, el diverso significado que este animal ha tenido en distintas culturas y religiones, transitando de la santidad a la maldad, según el caso y en función de las representaciones alrededor del sacrificio.

En una distante granja, una pareja lleva una vida en apariencia apacible, realizando las labores correspondientes, acompañada de su perro y un gato que parece percibir más allá de lo tangible, y manteniendo sus conversaciones al mínimo. En una noche, vemos desde una perspectiva subjetiva a una entidad que se introduce en el lugar donde se encuentran las ovejas, quienes le muestran entre respeto y temor. Al poco tiempo, nace una cría mitad animal, mitad humano, pronto adoptada y nombrada Ada por el matrimonio al que se le había muerto a una hija, según se deduce de la trama. La vida familiar se reconfigura dentro de esos parajes de gélida hospitalidad y la emoción por volver a ser padres invade todo sentido de realidad, acaso para distraer el dolor de la pérdida.

La madre adoptiva de nombre María, por cierto (Noomi Rapace, también en la producción ejecutiva) hará todo lo necesario para cuidar a su nuevo hijo, secundada por su marido (Hilmir Snaer Gudnason), mientras la madre biológica bala en la ventana buscando a su cría. El frágil equilibrio parecería alterarse con la llegada del hermano del padre (Björn Hlynur Haraldsson), un ex roquero problemático con líos de deudas y con quien al parecer su cuñada había tenido algún romance en su época juvenil. Este hombre, sin embargo, representa la mirada externa: no entiende cómo tratan a este niño híbrido como su hijo, si bien el hermano lo ataja de inmediato y niega toda posibilidad de perder lo que tienen, apostando a que la fantasía, finalmente, es su realidad, construida de acuerdo con sus lógicas y percepciones.

El debutante director islandés Valdimar Johansson, aquí también coguionista, construye un relato de contraste permanente con amplio sentido de silenciosa tensión contenida, entre el cotidiano familiar lejos del mundanal ruido, y las circunstancias implícitas que de alguna u otra forma irán emergiendo, acompañadas por una fotografía que juega también con esas distinciones entre los espacios cerrados y los interminables parajes, así como por el melancólico score de Thórarinn Gudnason. El influjo del maestro Béla Tarr, también productor ejecutivo, se advierte en esas tesituras ensimismadas y de pausado fluir, siempre a punto de la ruptura. La intensidad del resolutivo desenlace confirma las nociones de maternidad y paternidad expuestas en la cinta.

Recuperar a la muñeca de la infancia

Una profesora divorciada de mediana edad decide tomar unas vacaciones en Grecia (Italia, en la novela), mientras sus hijas están con su padre en Canadá. En el complejo turístico, se encontrará con algunos personajes que la llevarán a reflexionar sobre su propia historia, sus decisiones como madre y sus vivencias como hija, entrando en un proceso de inesperado análisis acerca de su situación actual y de cómo llegó a ella, particularmente desde la ruptura de pareja, su desarrollo profesional y las consecuencias con respecto a la crianza y el cuidado de sus hijas. En el centro vacacional, convivirá con el encargado (Ed Harris) y en particular con una familia dentro de la que está una joven madre (Dakota Johnson) y su hija, que perdió la simbólica muñeca que atraviesa todo el relato.

El drama de la maternidad se desliza por los recuerdos conflictivos en la relación con las hijas, los sacrificios nunca correspondidos y la culpa por el abandono: un cuestionamiento a lo que usualmente conocemos el instinto maternal, en realidad intervenido por expectativas sociales, patrones culturales y roles asignados desde lógicas patriarcales, de pronto provocando rupturas emocionales pero también reformulaciones en la organización familiar. Y de pronto, cuando menos se espera, la imagen de una madre común en convivencia con su hija y el resto de una escandalosa y ostentosa familia, se convierte en un espejo muy opuesto y al mismo tiempo muy cercano del propio pasado y de un desempeño materno que se cuestiona en todo momento.

La reconocida actriz Maggie Gyllenhall asume el desafío de adaptar la novela de la gran y misteriosa escritora italiana Elena Ferrante, publicada en el 2006 y quien solo permitió que fuera dirigida por una mujer, para realizar su debut detrás de cámaras: el resultado es la lograda La hija oscura (The Lost Daughter, EU-RU-Israel-Grecia, 2021), que retoma la historia de una mujer, como muchas, tratando de combinar su trayectoria profesional con la familiar. De estudiante aventajada (Jessie Buclkey interpretando a la protagonista de joven) con todo y romance con su profesor (Peter Sarsgaard) y la relación con el padre de sus hijas (Jack Farthing), a tomar decisiones radicales en torno al vínculo con sus pequeñas.

La estructura de la narración va y viene en el tiempo y el guion busca abarcar la esencia de la novela, si bien dejando algunos detalles en el tintero pero al final consiguiendo retomar los virajes emocionales de la mujer y las perspectivas de quienes la rodean, aprovechando una cámara que se convierte en los ojos de la protagonista o que se posa en ella para seguir no solo su trayecto vacacional vuelto revelación vital, sino las expresiones que van acompañando cada suceso, desarrolladas de poderosa manera por Olivia Colman, una actriz capaz de transitar de la autocompasión a la malicia y de ahí a la contención emocional, rota en momentos específicos de inesperado remordimiento. Una mujer que vivió una experiencia compleja como hija y como madre, ahora en pleno momento de intentar ver una vez más el amanecer.



 

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