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Vangelis: El hijo de Afrodita y los amigos del Cairo • Fernando Cuevas

Fernando Cuevas

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Vangelis: El hijo de Afrodita y los amigos del Cairo • Fernando Cuevas


De cercano aliento melódico, evocativo y de emotividad palpable, en conjunción con una tesitura atmosférica según el contexto temático, la música del bautizado como Evángelos Odysséas Papathanassíou (Agria, Grecia, 1943) se siente tan cercana como si hubiera sido compuesta por todos: de la épica a la nostalgia, de la sencillez instrumental a la complejidad armónica y del acompañamiento a imágenes eternas a la fluidez independiente. Esa prontitud y espontaneidad quizá se deba a que empezó a tocar desde los tres años y nunca aprendió a leer o escribir música, sino que recurría a la inspiración pura y al instinto orientador, bien afinado para navegar por el cosmos.

También formó parte del soundtrack de nuestras vidas, entre lances románticos y aventuras de alcance épico siempre exageradas, junto a Tangerine Dream, Jean-Michel Jarre y Mike Oldfield, representantes de esa electrónica que se envolvía de new-age, ambient, neoclasicismo y hasta avant-garde de vez en vez. Del gusto por el jazz y el rock en sus años mozos, resultó la formación de The Forminx a principios de los sesenta en Atenas, con influjos de la música tradicional de esos lares con pinceladas del rock’n’roll de aquella década. Por estos años, se estrenó como compositor de scores para filmes locales como los de O adelfus mou… o trohonomos (Fylaktos, 1963), 5000 psemmata y (Konstadinou, 1966) y To prosopo tis Medousas (Koundorous, 1967), a manera de calentar motores en la construcción de ambientes sonoros.

Junto con el después muy conocido compatriota Demis Roussos y con el baterista Lucas Sideras, integró Aphrodite's Child, trío formado en Londres y asentado en París, dada la prohibición de volver a tierras griegas. Grabaron el pachbeliano Rain & Tears (1968), el homónimo Aphrodite’s Child (1968), seguido de End of the World (1969), para cerrar con It’s Five O’Clock (1970), manteniendo el enfoque entre sicodélico y progresivo, y el conceptual 666 (1971), ambicioso álbum basado en el texto del Apocalipsis de San Juan con los cuatro jinetes por delante. En paralelo, el compositor griego grabó Sex Power (1970) de Henry Chapier, con quien colaboró también en Saut, Jersualem (1972) y Amore (1974); participó en Fais Que Ton Rêve Soit Plus Long Que la Nui (1972), sobre el movimiento estudiantil parisino de 1968 en clave experimental, y en Frenitis (Hristodoulou, 1971).

Todavía con la influencia de su grupo, continuó su carrera en solitario con Earth (1973), combinando rock guitarrero con trazos progresivos (Come On, Let It Happen) y un cada vez más creciente trabajo con los teclados, entre notas de atmosférica espiritualidad, vocales narrativas incluidas (We Are All Uprooted). Grabado tres años antes, se publicó L'Apocalypse des Animaux (1973), música para el ecológico documental sobre la vida animal con memorables composiciones como Le petite file de la mer y Le singe bleu. Después de un coqueteo para sumarse a Yes que no se concretó, surgió una buena amistad con Jon Anderson, quien participó en el muy elaborado Heaven and Hell (1975), ascendiendo y descendiendo por espesos pasajes de coros efervescentes con sensibles paradas como la pieza utilizada por Carl Sagan para Cosmos: un viaje personal (1980), su gran serie que incluyó otros temas representativos de Vangelis.

En estos años, colaboró con varias películas para televisión y documentales como los relacionados con la figura de Georges Mathieu, así como con Ignacio (1975), para el filme francomexicano ¿No oyes ladrar los perros?, dirigido por Reichcenbach con guion de Carlos Fuentes y para Ace Up My Sleeve (Passer, 1976). Al electrónico Albedo 0.39 (1976) de alcance astral con Pulstar y Alpha como tracks paradigmáticos, muy utilizados en series y programas, le siguieron La Fête Sauvage (1976), apoyando las imágenes del documental, una vez más, acerca de los animales; Spiral (1976), en sinergia con la filosofía Tao integrando elementos folkie para el hombre desconocido, y el avant garde destilado en Beaubourg (1978), mismo año en el que aparecieron Hypothesis (1978) y The Dragon (1978), grabados tiempo atrás con influjos jazzeros, y la música para De mantel der Liefde (Ditvoorst, 1978).

Cerró la década con China (1979), centrado en la cultura del gigante asiático, desde la abridora Chung Kuo, con electrificados apuntes tradicionales entre el fuego del dragón y la búsqueda del orden amoroso y esencia primoridal vía el tao amoroso, acaso habitando en alguna cumbre del Himalaya; Odes (1979) junto con Irene Papas, su afamada compatriota y con esencias natales, y Opéra Sauvage (1979), soundtrack en el que volvió al tema del mundo natural, una de sus principales preocupaciones y fuentes de inspiración, tal como se discurre en Hymne y L’Enfant. Después de musicalizar los filmes Mater amatísima (Salgot, 1980) y el drama bélico Prkosna Delta (Ljubic, 1980), propuso See You Later (1980), en lógica más pop con visos exploratorios.

Se reunió de nuevo con Anderson para establecer una fructífera relación bautizada como Jon & Vangelis, integrando en fluidas secuencias la particular vocal del miembro de Yes y los teclados del compositor griego: nos obsequiaron Short Stories (1980) con I Hear You Now, Love Is/One More y Time Play Within a Play como emblemas; The Friends of Mr. Cairo (1981), con reconocidas e inspiradas canciones como I'll Find My Way Home, State of Independence y la narrativa canción titular, y Private Collection (1983) para asomarse al horizonte y ver el momento en el que la noche se presenta al tenor de una canción italiana.

UNA CARROZA DE FUEGO RUMBO A JÚPITER

Por si alguien faltaba de conocer al músico griego, con Chariots of Fire (Hudson, 1981) terminó por ser ampliamente ubicado en todas partes, acompañando los dilemas morales de los corredores de los juegos olímpicos de 1924, particularmente de Abraham y Eric, recorriendo los eternos 100 metros alrededor de cinco círculos de esa forma encontrarse con la nueva Jerusalem, para después adentrarse en los ambientes distópicos llenos de bruma y lluvia acechante salpicada por lágrimas de Blade Runner (1982), la seminal cinta de Ridley Scott. También puso su partitura para el angustiante drama político Missing (1982) de su compatriota Costa Gavras.

Presentó el score para el filme japonés Antarctica (Kurahara, 1983), cobijando a un par de científicos y sus perros, con todo y los ecos reverberando en el hielo, así como The Bounty (Donaldson, 1984), insertándose en rebeliones a bordo; produjo Soil Festivities (1984), una vez más en torno a la naturaleza, ahora de corte orquestal, incluyendo un cangrejo danzante, en tanto contrastó el minimalismo de Connections (1985) con el enfoque sinfónico de los seis movimientos de Mask (1985), para continuar con Rapsodies (1986), regresando al folk griego con Irene Papas, a quien acompañó en su aventura fílmica Ecuba, Il Film (2004).

Para cerrar los años ochenta, continuó con el cercano synthpop de Direct (1988), intervenido con lances espaciales donde se pueda consultar al oráculo de Apolo, muy a tono con los tiempos que corrían y ya de regreso a Atenas. Revisitó las tinieblas y la luz en sus siguientes contribuciones para el mundo fílmico vía Nosferatu a Venezia (Caminito, 1988), por supuesto con la presencia de Klaus Kinski en el protagónico, y Francesco (Cavani, 1989), aquí buscando la sencillez tal como Mickey Rourke en su interpretación del santo de Asís. Concibió de The City (1990) mientras grababa a Bitter Moon (1991) de Polanski, año en el que también regresó con la dupla Jon & Vangelis para poner punto final a su feliz colaboración con Page of Life (1991).

Volvió a trabajar con Scott para el poderoso score de 1492: Conquest of Paradise (1992) y justo situarnos en el paralelo 28 ante trascendental y polémico encuentro. Vendría Voices (1995) para lanzar preguntas a la montaña cual preludio reflexivo, con la participación de Stina Nordenstam y Paul Young, y se sumergió con Oceanic (1996) para reflexionar sobre las vitalidades marítimas entre ensoñaciones surferas. En A Separate Affair (1996) recuperó grabaciones de principios de los ochenta con el español Neuronium, dentro de los terrenos de la electrónica y con neoclásica orientación, grabó El Greco (1998) con los afamados vocalistas clásicos Montserrat Caballé and tenor Konstantinos Paliatsaras.

Durante el siglo XXI siguió haciendo música para filmes documentales y cortos varios y formó equipo con Oliver Stone para ponerle música al filme Alexander (2004); se publicó la sinfonía con abundancia de coros titulada Mythodea (2001), previamente interpretada y que aprovechó la NASA para acompañar su misión a Marte. Tras una reedición con nuevo material de Blade Runner, grabó el soundtrack para El Greco (2007), sin relación con su homónima grabación previa, aquí dándole fondo a las pinceladas del genial pintor renacentista retratado por Yannis Smaragdis, con quien había trabajado en Kavafis (1996).

Tras una adaptación a su Chariots of Fire para presentarla en formato de musical en el 2012, entregó Crépuscule des ombres (Lakhdar-Hamina, 2014) para el drama bélico argelino, así como algunas composiciones al fin integradas en Rosetta (2016), orientadas a la misión espacial con el nombre de la mítica piedra para escuchar los murmullos celestiales. Entregó la música para el memorial del gran físico y cosmólogo británico, capturada en The Stephen Hawking Tribute (2018), al que le siguió Nocturne (2019), una reinterpretación en piano de algunas de sus piezas y otras nuevas. Juno to Jupiter (2021) acompañó la misión espacial del mismo nombre para la exploración de Júpiter junto con la cantante de ópera, Angela Gheorghiu, y diversos sonidos del origen y destino de la nave.

La triste noticia de su muerte, el 17 de mayo del 2022 a los 79 años en Francia, provocó esas lágrimas en la lluvia que terminan por estamparse en el rostro. Quizá ya esté en alguna de esas misiones espaciales que acompañó con sus evocativos acordes, buscando su nuevo lugar en la vastedad sonora del cosmos, donde los silencios prevalecen pero con posibles espacios para seguir creando ambientes tan terrenales como celestiales, justo para viajar por las inmensidades de lo desconocido.

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