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Tachas 471 • El sueño del otro siempre es de fuego • Óscar Luviano

Óscar Luviano

Óscar Luviano
Tachas 471
Tachas 471 • El sueño del otro siempre es de fuego • Óscar Luviano

1.

La primera vez que trató de asaltarme surgió de la nada. Es decir, yo estaba lidiando con paraguas, el viento y la lluvia en una calle oscura, y Lady Stardust sonaba en los audífonos. Escuché, lejanamente, el chapoteo de sus pies descalzos sobre la calle, pero fue hasta que estuvo de pie frente a mí, agitando los brazos, exasperado y rapado como el extra de una pesadilla.

Vociferaba, así que me quité los audífonos. ¿Perdón? La lluvia se confundía con su saliva astillada. A pesar de sus esfuerzos, no entendí lo que intentaba decirme, aunque era obvio. Acompañaba su jerigonza con gestos de una pistola ausente que señalaba el paraguas, mi celular, mis zapatos. Ya sabes cómo va esto, más o menos entendí.

Perdona, es que no te entiendo. Di un paso hacia él, ofreciéndole el paraguas, que en mi aturdimiento y en ese momento me pareció el botín más urgente. El agua de los charcos le rezumaba en los pies descalzos y se colaba por las costuras abiertas de su chaleco acolchado. Rechazó el paraguas o mi cercanía con un aleteo de brazos, y sin solución de continuidad, pero pendejéandome, sus ojos saltaron de mí hacia la calle. Una familia murmuraba disputándose el espacio bajo un paraguas. Me voy a esconder ahí, dijo con asombrosa claridad, como si el delirio que le chupaba el rostro hasta los huesos tuviese grietas, señalando al portón en sombras de una escuela. Espérame aquí.

Claro que lo esperé. No por miedo, sino porque ya daba por perdidos celular y paraguas, y era una descortesía irse sin haber entendido lo que tenía para decirme, la verdad o el dogma que me serían entregados a cambio de las pocas monedas en mi bolsillo. Cualquier que viva en el Estado de México sabe que los atracos transcurren con la grosera contundencia de un revólver hechizo o de un cebollero de accidentado filo, y que su crueldad no deja enseñanza alguna. Tal vez esa noche era diferente.

Pero las sombras del portal, como un velo, permanecieron sin movimiento.

Me alejé de vuelta a mi vida. Con el paraguas cerrado, porque no estaba descalzo.

Lo conté en mis redes, recibí reacciones de risa y de asombro, y hasta alguna felicitación por la manera tan cool en que la libré.

2.

Cualquiera que viva en el Estado de México sabe que las posibilidades de ser asaltado por la misma persona son enormes. Y la segunda vez suele ser mucho peor, porque el criminal se siente expuesto. No ante las consecuencias legales, sino frente a los ojos de esas víctimas renovadas, su terror que se confunde con la constatación de una caída, de su exclusión definitiva de un orden al que nunca pertenecieron.

3.

Desde luego, volvió a asaltarme. O a intentarlo.

Logró alcanzarme de nuevo. Meses después del primer intento, hace apenas unas noches. Ignoro si todo ese tiempo permaneció en la charca de sombras del portal aquel o si sólo le desperté de un sueño. Esta vez, cuando me di cuenta de que estaba ahí (de nuevo por los audífonos, por la lluvia,  porque iba paseando a la perrita de mi madre) lo encontré abrazando cobijas y edredones, como un niño que te pide permiso para dormir con sus primos.

Y, de nuevo, porque hablaba desde un lugar tan lejano, demandando con palabras tan exhaustas, no pude entender lo que decía. Esta vez, sin embargo, preparé las monedas y el celular, esencialmente para no tentarlo con la perra. Mila es innegociable. De manera que me interpuse entre ella y mi asaltante.

Reculó ofendido con su bola de cobijas. Esta vez tenía el rostro renegrido, como si hubiera despertado de un incendio. Lo mismo que la vez anterior, cuando le dije “Es que no te entiendo” y le ofrecí mis cosas, me mandó a la chingada, y con gestos de asco me apuró a caminar. Hablaba de un David, al que al parecer conocíamos los dos, y que lo sabía todo.

Me alejé con la perra por delante, no tanto de él, sino de sus ojos. Lo peor de los que se han ido son sus ojos, que entre la mugre y el pelo grasiento y el tizne de la demencia hablan a otra velocidad, que a ratos tienen la quietud de un ancla, y luego la de algo que se aferrada a este lado sin conseguirlo.

Me siguió a unos pasos, revoleando las cobijas, aleteando a cada paso, para asegurarse, tal vez, de que me iría bien lejos en esta ocasión, sin posibilidad de que volviéramos a repetir el encuentro una y otra vez, sin chance de que pueda volver a perturbar con mis modales de víctima bien portada su sueño de fuego.



 

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