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Tachas 472 • Severance: Una radical escisión laboral • Fernando Cuevas

Fernando Cuevas

Severance (EU, 2022)
Severance (EU, 2022)
Tachas 472 • Severance: Una radical escisión laboral • Fernando Cuevas


En sus facetas negativas, el trabajo se ha visto como factor de enajenación, control y explotación, con la consecuente despersonalización y dominio de unas clases económicas sobre otras. También se le ha considerado como un eje rector y articulador de toda la vida de las personas, quienes adaptan sus planes, horarios y actividades en función de los esquemas laborales en los que se desenvuelven. Más allá de estas estructuras laborales, se presentan múltiples formas en las que se desarrollan actividades productivas, fuera de la formalidad de los puestos, cada vez más escasos según los conocemos, es decir, con prestaciones, seguridad, contrato y condiciones físicas adecuadas.

Con el confinamiento mundial del 2020-2021, los espacios y los tiempos del trabajo se fusionaron con la vida privada, claramente volviéndose líquidos de acuerdo con la premisa baumaniana: sin fronteras precisas, de episodios efímeros y volátiles, con vínculos cargados de incertidumbre y de constante fluidez. En contraste con estas realidades laborales y más cercana a las definidas con anterioridad, Severance (EU, 2022), serie creada por Dan Erickson y dirigida con destreza por Ben Stiller y la irlandesa Aoife McArdle, despliega una fascinante alegoría llevada al extremo sobre la separación entre la vida laboral y la personal, representada por un siniestro y misterioso corporativo que aplica un proceso quirúrgico a algunos de sus empleados para que no recuerden nada de su existencia al momento de ingresar a sus instalaciones y, al mismo tiempo, que olviden todo lo que hicieron ahí cuando salen de la organización.

No se sabe qué produce y qué sucede en la empresa Lumon, con tintes sectarios que incluyen un padre fundador, asentada en una pequeña ciudad anónima que básicamente vemos o muy temprano o ya de noche, dado que en horario de trabajo nos sumergimos en sus instalaciones ubicadas en el subsuelo: salas amplias con un mínimo de objetos, fuertemente iluminadas y conectadas por interminables y prístinos pasillos blancos homogéneos, como si se tratara de un laberinto al que se puede entrar, pero difícilmente salir. Hay otros espacios, como una sala de aislamiento utilizada a manera de reprimenda y otra de bienestar (palabra de moda en México) para tener alguna sesión de terapia; de pronto, aparece un par de departamentos en los que se desarrollan actividades igual de misteriosas, incluso para quienes las realizan.

Un profesor de historia (Adam Scott, atribulado) pierde a su esposa en un accidente y ante la imposibilidad de volver a dar clases, decide someterse a la separación para entrar a trabajar a la empresa en el departamento de refinamiento de macrodatos, donde observa un monitor en el que se mueven una serie de números, dentro de los cuales hay que seleccionar algunos y trasladarlos al basurero virtual: pasa el día ahí, como si fuera otra persona, y a la salida, vuelve a ser él entre noches solitarias, alcohol adormecedor, algún encuentro con su hermana en trance de convertirse en madre (Jen Tullock) y el marido (Michael Chernus), que recién publicó un libro, además de salir con la partera de su hermana (Nikki M. James).

Ascendido a supervisor, le hace la entrevista de ingreso a una mujer que muestra constantes resistencias y se mantiene en plan rebelde (Britt Lower, inestable), mientras dirige a otros dos empleados en el departamento: uno que se muestra con actitud acomodaticia y ventajosa (Zach Cherry) y otro de mayor edad, cauteloso con las formas y metódico en su trabajo (John Turturro, sensible). Además, aparece un supervisor de artificiosa sonrisa (Tramell Tillman, de falsa cordialidad), un jefe de seguridad mal encarado (Michael Cumpsty, imperturbable), la responsable de las sesiones tranquilizadoras (Dichen Lachman, pausada), el jefe del área de óptica y diseño (Christopher Walken, sereno) y la jefa (Patricia Arquette, en plan siniestro), también vecina de su subordinado en la vida fuera del trabajo, extendiendo su control.

La música de Theodore Shapiro con esas cuerdas incandescentes y el piano en descenso, que suena desde los animados e indicativos créditos y que se integra a la limpia y helada fotografía de Jessica Lee Gagné, acompañan escenarios y objetos dentro de la empresa de corte retrofuturista (los monitores, la cámara fotográfica, la tornamesa, las canciones, la máquina desbloqueadora), así como una puesta en imágenes que resalta la soledad de los sujetos, aunque estén juntos, y su indefensión ante un mundo lleno de preguntas sin respuestas muy bien planteadas y dosificadas por un guion que sabe conservar el halo de misterio en cada uno de los nueve capítulos, develando ciertos secretos a cuentagotas y dejando otros (las cabras bebés), sobre todo cuando se presentan fisuras en la seguridad de la empresa: la aparición del ex empleado (Yul Vazquez), la pérdida de la tarjeta, el libro del cuñado, el intento de suicidio, las gotas de pintura ¿imaginarias? o el descubrimiento de que se es padre, entre otros.

Dentro de las rutinas diarias sin sentido o mínima comprensión de por qué se llevan a cabo, al estilo Chaplin, surgen entre los internos ciertas afinidades inexistentes en el afuera donde son llamados exus, incluso llegando a algún romance otoñal –una gozada ver a Turturro y Walken en plena contención afectiva apreciando alguna reveladora pintura- o complicidades escapatorias, y se celebran ciertos festejos entre ridículos y disparatados, consolidando el ambiente artificiosamente acechante en el que desarrollan sus actividades: ahí están el cortejo con máscaras posterior a la cena de waffles; la fiesta de los huevos con luces de colores, las tomas de las fotografías oficiales y el baile con  Joe McPhee sonando en plan desafiante o con Paul Anka, ya en tono baladero.

Se propone la escisión de la personalidad, que no duplicación, al grado de crear a otro yo que no soy yo pero en algún sentido sí lo soy: no sólo para el terreno del empleo, sino para otras labores, como se advierte en la mujer embarazada (Nora Dale). Así, se plantea llevar al extremo la absurda idea de dejar los problemas de la casa al llegar al trabajo y los de la chamba al regresar al hogar, como si uno se pudiera despojar por voluntad propia de las situaciones conflictivas que se van cargando. O de plano, en esta sociedad de la búsqueda de la satisfacción permanente y la reducción al mínimo del sacrificio, dejar que las tareas que requieren esfuerzo las haga un yo privado de conciencia para que no ande uno cargando con frustraciones o líos laborales. Para eso están los demás… o mi yo desmemoriado.


 

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