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Tachas 476 • Vuelos • Bruno A. Arredondo

Bruno A. Arredondo

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Vuelos • Bruno A. Arredondo
Tachas 476 • Vuelos • Bruno A. Arredondo

El día que Carlos reencarnó en un cuervo, un sinfín de preguntas llegaron a su mente. Con el tiempo las respondería acompañándolas de una recurrente creencia: estoy soñando.

Sin aceptar lo que sus ojos veían o lo que su cuerpo sentía, sus primeras vivencias fueron estar dentro del cascarón y eclosionar con el auxilio de su madre que con picotazos rompía la barrera que le daría la bienvenida a lo que, para él, sería un nuevo mundo.

Al sentir el calor del sol sobre sus párpados, intentaba mover su cuerpo húmedo y embadurnado de fluidos con esquirlas de calcio. Sintió un latigazo en su corazón, un impulso eléctrico que, como arañazos, recorrió todo su cuerpo hasta culminar en su pico que abría gritando con toda su fuerza para anunciar su lugar en el cosmos.

Su cuerpo se cargaba con vitalidad. Sus patitas se engarrotaban y se relajaban al tiempo que levantaba su fino cuello sosteniendo una tosca cabeza implume hacia el domo cerúleo cubierto de nubes. El nido era una voluminosa cuna hecha de ramas delgadas, algunos trozos de paja, mechones de pelo de animal o muda de plumas; estaba sostenido entre dos ramas de un alto pino. A los pocos días, Carlos parecía entender lo que pasaba; sin embargo, su mente se negaba a aceptar lo que sentía. Es imposible; recuerdo llegar a mi casa, cené y me fui a dormir, pero ahora estoy aquí. 

Escéptico en espiritualidad o religión, Carlos vivió una infancia feliz rodeado de una familia que le amaba; no obstante, al crecer el mundo no fue bueno con él. Lo ha forzado, en aras de la superación económica, a tomar decisiones que le arrebatarían el sueño y el hambre deteriorando su salud por el bienestar de su familia.

Espero mis hijos estén bien; caí en un coma o en un sueño muy profundo —se dijo mientras intentaba controlar los impulsos motrices de su cuerpo que parecía accionarse en automático—. Sintiendo un escalofrío en su espalda, de pronto Carlos se notó observado y , peor, escuchado. Giró su cabeza y vio a otro corvato al igual que él, de ojos grandes forrados en párpados delgados, de piel negra con algunos crecimientos de plumillas y un enorme pico de interiores rosados.

—Te llevo escuchando desde que nacimos—dijo el otro corvato—, no sé cuánto tiempo llevamos aquí; aún no logro acostumbrarme a este cuerpo, pero creo que reencarnamos.

—¿Qué? —respondió Carlos iracundo—, ¡esto es un sueño!, ¡tú eres un sueño!; nada de esto es real.

—Créeme, también lo dudé, pero es bastante real —exclamó el corvato abriendo y cerrando los párpados sin quitar la vista de la silueta de un avión cruzar bajo el sol—. Creo que pasó tiempo desde que morí. 

Recuerdo un biplano, Verdún, una explosión y gritos; pero ahora que veo en el cielo, más arriba de las nubes, debe ser un avión más avanzado que los que conocí.

—Debe ser una broma— exclamó Carlos intentando caminar en el nido de ramas—. Claro que son aviones, los usaba todo el tiempo para viajar de vacaciones. No vengas con que nunca habías visto uno. 

—Ninguna broma, te lo aseguro—respondió—. Lo recuerdo tan bien y a la vez tan lejos, como un sueño que se pierde en el paso del día. Los rostros se hacen difusos; solo te quedan las emociones, la calidez y luego el frío.

Carlos balanceaba su cuerpo con cuidado al tiempo que intentaba ponerse de pie. Sus patitas no respondían como las que tenía cuando era humano; ahora caminaba con ligeros brincos usando su pico como bastón para tener balance. Sus padres habían volado en búsqueda de comida, deberían estar cerca.

Carlos logró acercarse lo suficiente para usar el peso de su cabeza y su pico como una cuña, que picoteando el nido lograba hacerlo tambalear debajo de la otra cría.

—¿Qué haces?, ¡detente!— preguntó agitado el corvato— ¡Estamos en un árbol!, ¿no ves que podemos caer?

—Esto es un sueño— respondió Carlos sin frenar sus movimientos—, si mueres despiertas, ¿no? Así es como funciona.

—¡No, detente!— la cría sentía cómo el viento entraba desde la base del nido, y aunque haya aferrado sus patitas a las ramas y su pico a la orilla, el agujero que hizo Carlos se agrandó hasta dejar caer al corvato al suelo.

Su cuerpecito se golpeó en una rama y se desplomó en una piedra; luego de que sus patitas le temblaran dejó de moverse. La mente de Carlos intentaba reaccionar a lo que había sucedido; aunque quiso saltar por el mismo agujero, optó por no hacerlo. En cambio, asomándose por el socavón, vio como uno de sus —ahora— padres movía con el pico el cadáver de la cría para despertarlo. Luego de un par de intentos, lo dejó ahí.

            Al cabo de algunos meses, Carlos se había convertido en un cuervo adulto. Le gustaba verse en los reflejos de las ventanas y en los charcos después de las lluvias. Graznaba con fuerza cuando intentaba asustar a otros animales o cuando veía humanos cerca; intentaba imitar sus voces, o hacía algunos sonidos divertidos para ganarse algunas migas de pan. A pesar de actuar como él creía que los cuervos se comportaban, Carlos aún negaba que lo que estuviera viviendo fuera verdad. Nunca abandonó el parque donde nació, solo deseaba despertar. 

Su territorio era un parque público en medio de una ciudad. Podía ver las letras en las calles, pero al igual que las palabras de los humanos, no comprendía más allá de la modulación de la voz. Sentía una gran frustración al no poder entender lo que en otros momentos le era cotidiano.

Luego de la lluvia, mientras picoteaba el suelo buscando lombrices, una ardilla le acechaba sujeta al tronco de un árbol; aferrada con sus manitas, veía al cuervo de obsidiana hurgar en el lodo. Al percatarse de su presencia, Carlos actuaba con cautela; de los muchos animales en el parque, las ardillas eran las más inteligentes y por consecuencia, las más peligrosas.

El roedor bajó en espiral por el tronco hasta pisar el lodo que se alzaba entre sus garritas. Su esponjada cola la mantenía paralela al suelo mientras corría hacia Carlos, quien le recibió con un plumaje erizado y un graznido abrumador. Sin cerrar su pico, se llenaba de aire para gritar impetuoso nuevamente queriendo alejar al roedor. La ardilla, asustada cayó de espaldas levantando sus manitas y habló.

—¡Lo siento!, ¡lo siento!— repitió asustada con los ojos abiertos.

—¡Hablas!— respondió Carlos relajando su plumaje.

—Lo siento, te llevo viendo un par de días y pensé que eras de los que hablan, perdona mi abrupta intromisión. Veo que ya te acostumbraste a ser… ¿cuervo, o zanate?

            Carlos veía a la ardilla de arriba abajo, meditando si esto aún era parte de su sueño o comenzaba a mezclar la realidad. En el cumpleaños de su hija, Carlos le obsequió una ardilla de felpa para compensarla por no estar en su cumpleaños, uno de tantos en los que se habría ausentado.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Carlos.

—¿Yo? Bueno, la verdad, no recuerdo—respondió—; ha pasado mucho tiempo desde que soy ardilla, pero puedes decirme Nuez. Después de todo las ardillas comemos nueces, ¿no? ; al menos en las caricaturas.

            Carlos pensó haber arqueado una ceja, pero su rostro permaneció inmóvil.

Bugs Bunny o esas cosas—intervino Nuez llenando el silencio. No importa, sígueme, conozco a otro animal que habla… o que se comunica, como nosotros; sabes a lo que me refiero.

Nuez indicó el camino hacia la copa de un árbol, donde una tabla de madera se había incrustado en las ramas desde hacía mucho tiempo. La superficie era lisa, hinchada por años de humedad, pero daba un piso un tanto estable cubierto por grandes hojas que le protegían de la lluvia.

Mientras Nuez escalaba con velocidad, Carlos aterrizó en la madera; vio un viejo escarabajo que caminaba con dos patas faltantes. Carlos caminó hacia él dando un par de brinquitos; antes de lanzarle un picotazo, el escarabajo habló.

 —¡Por favor, no me comas! 

 —Lo siento—exclamó Carlos regresando en sí—. ¿Eres amigo de Nuez?

 —Algo así, intentó comerme cuando era larva, pero cuando hablé me sacó de la tierra y me trajo aquí.

 —¿Tienes nombre?— preguntó Carlos.

— Marianne, al menos eso creo. 

          Nuez llegó corriendo; recordó que no le había dicho a Carlos que no se comiera al escarabajo. Al verlos hablando, se tranquilizó.

— Veo que ya se conocen— exclamó Nuez con respiración agitada.

— Sí—respondió Carlos—. Casi me la como, pero habló antes.

— Desventajas de ser un insecto— respondió Marianne—, la cadena alimenticia es cruel cuando no eres humano.

             Por un segundo, Carlos aceptó que lo que veía era verdad. Sentía ganas de hablar con ellos, de contarles su vida, pero al ver al escarabajo arrastrarse por la madera recordó el día en el que compró su primer auto. Estaba emocionado; había trabajado mucho por él, pero al querer insertar la llave sintió algo que le asustó: había un escarabajo en la ranura de la llave. Asqueado por el insecto, lo tomó y lo arrojó al suelo para luego pisarlo y aplastarlo con toda la fuerza de su pierna hasta convertirlo en un manchón liso, carente de toda forma anterior. Al subir de nuevo, su hijo asustado lloraba al ver la crueldad desmedida de su padre.

Pensaba que era otro truco de su inconsciente.

— Claro— Carlos se limitó a responder.

—¿Llevas mucho tiempo siendo cuervo?— preguntó Marianne caminando con cuatro patitas.

—No importa—respondió Carlos cerrándose en sí mismo.

— ¡Qué emoción!—respondió el escarabajo—. Yo también, mayormente como larva; como escarabajo adulto apenas llevo un par de semanas, aunque no me queda mucho.

—¿Por qué lo dices?— preguntó Carlos—, ¿te sientes mal?

—Los escarabajos adultos viven entre quince y cuarenta días—respondió Marianne—.   Llevo dos semanas; he contado las noches y los días desde que Nuez me trajo aquí.

—Es difícil encontrar otros como nosotros—respondió la ardilla con entusiasmo—; algunos son menos sociales.

—Cuervo—dijo Marianne—, tengo un favor que pedirte. Me gustaría montar tu espalda mientras vuelas; quisiera sentir el aire en mi cuerpo, ver el mundo desde lo alto. Morí muy joven y nunca pude ver el mundo más allá de mi ventana y de mis libros.

Sé que es algo fuera de lo común, pero aunque no viví mucho como humana me arrepiento de no haber hecho más. Si esta es mi segunda vida, sería bueno ver el mundo como las aves lo ven. ¿Qué dices? Ni siquiera peso, no te darás cuenta de que me llevas en tu espalda. ¡O llévame con tus garras!, creo que es más seguro.

Carlos permaneció estático. Recordó la sensación del escarabajo aplastado bajo su zapato, el líquido resbaloso y el crujir de su coraza. Sin mucho qué pensar, se negó y emprendió el vuelo lejos de Nuez y Marianne.

—Regresará—dijo la ardilla al escarabajo.

—Sí, pero yo no estaré aquí—respondió—. Supongo que iré a dormir; gracias, Nuez, valía la pena intentarlo.

             Pasaron algunas semanas. Carlos voló y caminó hasta alejarse del parque; durmió bajo las tejas de casas y a la sombra de altos árboles y postes de luz. A veces graznaba sin darse cuenta; lo hacía instintivamente cuando veía otro animal o algún ruido que le perturbara. Acostumbrado a la frenética vida que tenía, a cuidar sus espaldas y sus palabras, su tiempo como humano le hizo despreciar los pequeños momentos de felicidad; priorizaba la productividad y el dinero. Nunca había visto amaneceres tan radiantes ni noches tan perfectas; pero ni volar entre campos de nubes o beber del rocío en la mañana le hizo pensar que esa era su realidad.

Por las noches intentaba recordar su vida pasada. En su memoria, su rostro humano se había desvanecido al igual que grandes porciones de su vida; recordaba momentos, destellos como el flash de una cámara, sensaciones. Intentó recordar el nombre de su esposa, el de sus hijas, pero sus rostros se desvanecían cada día que pasaba. Los recuerdos se atenuaban con detalles insignificantes como un cabello, un lunar o una peca hasta perder la forma del rostro; se fundían en la vastedad de una mente próximamente vacía.

Mientras volaba, Carlo sintió una ligera voz que le hablaba. Las delicadas palabras iban y venían; las ráfagas del viento se las llevaban y las regresaban. Abajo, un gorrioncito volaba siguiéndole la sombra mientras gritaba. Carlo supuso que era un animal como Nuez o Marianne, así que curioso decidió descender a su altura.

—Así que puedes hablar— le dijo al gorrioncito.

—Sí, soy amiga de Nuez. Me dijo que hablara contigo.

—Esa ardilla es muy sociable.

—Dice que hay muchos animales que hablan, pero que si no practican se olvidan de cómo hablar y se convierten en… en animales, no como nosotros.

—¿Y pierden la memoria?— preguntó Carlo. 

—Sí, también eso. Ven, bajemos; es cansado hablar y volar.

Las aves descendieron a la casa de Nuez; estaba vacía, salvo por algunas cáscaras de frutas. Ni la ardilla ni el escarabajo se encontraban ahí.

—¿Puedes leer?—le preguntó la gorrioncita a Carlo.

—No. Veo las palabras, pero no sé descifrar las letras ni lo que significan. ¿Tú puedes?

—¡Sí!, y te busqué por esa razón—dijo la gorrioncita dando saltitos—. Hace unos días leí  una revista que estaba en la basura; decía que en un zoológico tendrían a una tortuga centenaria.

—¿En qué país estamos? —preguntó Carlo— Ahora que lo pienso, no he averiguado y no entiendo lo que dicen los humanos.

—Estamos en Francia, pero no sé muy bien en qué parte—respondió consternada la avecita—. ¡Es la tortuga centenaria del zoológico!; también decía que hace trucos, resuelve rompecabezas y cosas así. Tal vez ella sepa más de nosotros, bueno, de…

—Entiendo—interrumpió Carlo—. ¿Sabes dónde está? Si volamos podemos llegar rápidamente.

—Una vez vine a Francia cuando era niña—respondió la gorrioncita—, pero fue hace muchos años. Tal vez recuerde mientras vuele; busquemos algún monumento y usémoslo como punto de referencia.

—Me parece bien—respondió Carlo con indiferencia—; por cierto, ¿cuál es tu nombre? 

—No me acuerdo—añadió confundida y movió su cabeza de lado a lado mientras daba de saltitos—. Sé que me gustaba acampar, tal vez por eso tenga tan buen sentido de la orientación; seguramente fui arquitecta o exploradora. No recuerdo mucho; recuerdo tener una gran familia, ¡éramos muchos! Yo tenía un bastón, creo que morí cuando era anciana; estaba en mi casa, tomé una siesta y cuando abrí los ojos estaba saliendo de un cascarón. Pienso en ello y siento mucho, mucho frío; tal vez morí de noche o en la nieve. No lo sé. ¿Y qué hay de ti?

—Nada que valga la pena contar, vámonos; tú guía el camino—. Carlo, con indiferencia emprendió el vuelo apresurando a la avecita que con fuerza aleteaba para alcanzar la velocidad del cuervo.

             Cruzaron el país por días volando entre ciudades, bosques y grandes campos de verdes cultivos. La gorrioncita daba indicaciones de calles, señalamientos y Carlo le seguía el ritmo. Cada vez que la veía hablar, no dejaba de pensar que ese animal no era más que otra manifestación de su inconsciente, de algún estímulo que su cerebro en coma arrojaba a su sueño. Recordó que cuando era niño, mientras jugaba al interior de su casa, veía como una pareja de gorriones armaba su nido en las ramas de un olivo a unos metros de su casa.

Cada día que pasaba veía cómo el nido tomaba más forma hasta que uno de los gorriones permanecía más tiempo ahí. Esa es la hembra, debe estar empollando sus huevos, le decía su mamá quien alimentaba la curiosidad del niño. Pasaron días mientras veía como el gorrión llevaba insectos, mariposas y polillas al nido; la gorrioncita se alimentaba de ahí sin salir.

Curioso, decidió abrir la ventana para ver con mayor claridad a la pareja de aves. Notó cómo la gorrioncita no le quitaba los ojos de encima. La saludaba con la mano mientras le sonreía, pero el ave se limitaba a verlo desde las ramas.

Un día, caminando tras la ventana cerrada, veía cómo el gorrión alimentaba a su pareja; ésta se percató del niño y el gorrión curioso voló con ímpetu hacia él. Chocó contra la ventana con un golpe seco y el ave cayó desplomada al suelo. Tomándolo entre sus manos, vio que el gorrión había roto su cuello; ahora daba su último respiro.

Te reconoció, le dijo su mamá mientras le secaba las lágrimas de sus mejillas. Esa fue su primera experiencia con la muerte. Seguramente te conoció en otra vida y quiso hablar contigo, no vio la ventana y chocó. El niño pensó por eso durante días, durante meses. A los animales que veía los trataba con respeto y amor, pero conforme crecía el respeto y amor a los animales iba desapareciendo hasta olvidar ese sentimiento, esas palabras de su madre que sin rostro ni voz le hacían sentir en casa.

—¡Ahí está!— dijo la gorrioncita señalando el zoológico en el suelo— ¡Lo encontramos!

—Ahora hay que buscar a la tortuga—respondió Carlo—, esperemos aún siga ahí.

—Nos tomó bastante llegar aquí, no te desanimes ahora—respondió la avecita al tiempo que descendía en círculos y el cuervo iba detrás de ella.

             El zoológico era un gran campo compuesto de cajas metálicas en color verde, caminos de roca amarilla y postes largos con farolas que iluminarían al ocultarse el sol. Había cientos de personas caminando; muchas estaban agrupadas frente a una pared de cristal que dividía a los humanos de una gran tortuga de tierra que caminaba con lentitud.

Las aves la vieron y no tuvieron duda en saber que ese era el animal que buscaban.

Había una reja en el techo por donde entraba el aire, misma que usaron para introducirse en la jaula. La tortuga les veía con una cara escamosa y reseca, cubierta de arena con restos de fruta. Cada paso que daba era meticulosamente calculado, hasta darle la espalda a los humanos que la veían. Observó al par de aves que dudosas hablaron.

—¿Eres la tortuga centenaria? —preguntó Carlo.

 —Sí, lo soy— respondió la tortuga—. Los humanos me llaman Rossie, supongo que pueden llamarme así.

—Rossie— dijo la gorrioncita—, has vivido muchos años. ¿Sabes por qué podemos hablar? 

A pesar de moverse con lentitud, sus palabras eran bien articuladas; no tan lentas, pero sin ser rápidas. —Yo vivía en Túnez— respondió la tortuga—. Ahí nací, crecí y conocí a muchos animales como ustedes, como yo. 

Caminar en la blanca arena del desierto me hacía feliz. De vez en vez me mojaba en los charcos de los ríos o del agua que los humanos desperdiciaban. Me gustaba oler el mar y dormir bajo las palmeras. Tenía una vida mejor a cuando era humano.

—¿Quién eras?— preguntó la gorrioncita.

—Creo que era una granjera—respondió Rossie—, pero no aquí. Donde yo nací, el cielo era diferente y el sol, aquí solo hay uno. Viví pocos años; sin embargo, recuerdo que no fui tan feliz como lo era cuando vivía en Túnez, en la arena blanca bajo las palmeras.

—Dijiste que había más como nosotros—interrumpió Carlo.

—Sí, muchos, muchos más; cientos o miles. En Túnez, o por esa zona, se juntan todos los animales que pueden hablar; desde peces hasta insectos, gaviotas e incluso cuervos como tú.

Ahí, todos intentan responderse las preguntas que ustedes tienen, que seguro se hacen desde que despiertan hasta que se duermen. Si buscan las respuestas, ahí es donde deben ir.

—¿También te hiciste esas preguntas?— dijo la gorrioncita.

—Sí—respondió Rossie—, pero soy feliz aquí siendo esto que llaman tortuga; como frutas deliciosas, duermo cuando quiero y nadie me molesta. Claro que me gustaba más vivir en la arena blanca bajo el sol, pero aquí también es agradable; especialmente para alguien de mis características.

—¿Sabes en qué parte de Túnez?— preguntó Carlo con insistencia.

—En la playa, busca la palmera rota— respondió Rossie— y camina un mes a su espalda hasta que llegues al lugar, no lo puedes perder; aunque para ustedes tal vez solo sean un par de horas. Me gustaría volar como ustedes, así podría conocer más lugares.

Impaciente, el cuervo emprendió el vuelo lejos de esa jaula. La gorrioncita voló apresurada buscándolo; gritándole lo alcanzó. 

—¿A dónde vas?— le preguntó agitada.

—¡A Túnez!—respondió el cuervo—¡Si llego ahí tal vez despierte!

—¿Crees que estamos soñado? —reclamó entre aleteos—¡Reencarnamos!

—¡Mentira! Debo llegar a Túnez, esa es la meta de mi sueño; solo así regresaré.

—Ni siquiera sabes cómo llegar, te perderás.

—Túnez está al sur de Francia; si no quieres venir, no vengas, pero dime dónde está el sur. Por favor, solo dímelo.

El cuervo suplicaba. Sentía que debía ir ahí, que su sueño se terminaría al encontrar esa palmera rota; esa imagen mental le evocaba recuerdos que sabía tenía en su interior, pero no lograba externarlos. Podía imaginarla a la perfección, la había visto antes. La gorrioncita dio una curva y con su pico apuntó al horizonte. 

—Ahí es, sigue derecho y no te pierdas. Yo me quedaré aquí, es mi segunda oportunidad en la vida; no me arriesgaré. Vuela con cuidado, Cuervo.

—Haz lo que quieras, yo iré con mi familia—dijo el Cuervo al tiempo que con un aleteo más fuerte empujó aire hacia la gorrioncita, haciéndola perder la estabilidad. Voló hacia el horizonte mientras la gorrioncita lo veía perderse entre las nubes.

            El cuervo voló sobre el parque donde conoció a Nuez y a Marianne, donde mató al otro corvato haciéndolo caer del nido. Nunca volvió a ver a sus padres cuervo y no le dio curiosidad buscarlos; para el Cuervo, aquellos animales que conoció eran eso, solo animales. 

            El viaje fue arduo; voló por días en dirección al sur hasta que una ráfaga de viento lo tiró al suelo y perdió el rumbo. Ya había salido de Francia y al adentrarse en el mar logró encontrar una gran isla montañosa; descansó algún tiempo después de su caída, pero cuando emprendió el vuelo notó que se encontraba de nuevo en Francia. Furioso, regresó a la isla enfocándose en no perder la dirección; tomaba vuelos cortos y cuando dormía dejaba una piedra cerca que le indicara la dirección al día siguiente. 

            Una tormenta azotó en el mar. La noche pasó del azul a un negro profundo; estaba iluminada por las centellas de los relámpagos que agitaban el mar con fuerza celestial. El Cuervo se asustó y tomó refugio en una boya marina aferrado con la poca voluntad de sus garritas; la fuerza indómita del viento le había torcido un ala y debía tomar más descansos de los previstos.

Al despertar retomó el curso; ya podía ver la costa blanca de Túnez, estaba cada vez más cerca. Voló con suavidad cuidando la herida en su ala, hasta que sucedió el infortunio de aterrizar de bruces y fracturarse el pecho, las garras y la otra ala; sus ojos se deslumbraban con los reflejos blancos del sol en el mar que se mezclaban con la arena perdiéndose en la vastedad de la playa.

Cansado, famélico y herido, el Cuervo dio brinquitos por la arena buscando sombra hasta encontrarse con la palmera rota. Al verla llegó una memoria, un recuerdo, una foto en casa de sus padres que tiró a la basura cuando murieron; ahí era un bebé en los brazos de su madre y de su padre sin rostro; fue un año después de que nació en Túnez.

El Cuervo veía el sol entrar por las fibras secas de las hojas de la palmera; con pesados parpadeos pensaba que en este tiempo como ave se negó a aceptar la realidad que el universo le había permitido: una segunda vida en el cosmos solo para él, libre de ataduras donde pudiera conocer de nuevo el mundo que una vez fue tan cruel con él.

Las palabras carecían de sentido hasta convertirse en ruido. Los rostros de su familia se convertían en cascarones vacíos, ajenos; su propio nombre se olvidaba en cada aleteo. Cerró sus ojos llorando al no sentir su cuerpo; se arrulló con el sonido del mar y el viento abandonando su voluntad hasta encontrarse al fin en paz. 




***. 
Bruno A. Arredondo (1990), mercadólogo y fotógrafo, comienza su acercamiento a la lectura con autores clásicos de horror como Lovecraft, Poe, y la novela negra con Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Interesándose en la escritura, actualmente desarrolla dos proyectos literarios: la antología “Cuentos del Cosmos”, y la novela “2056”.

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