sábado. 01.10.2022
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Gran libertad, o cómo permanecer sin ataduras en cautiverio • Fernando Cuevas

Fernando Cuevas

Gran libertad (Austria-Alemania, 2021)
Gran libertad (Austria-Alemania, 2021)
Gran libertad, o cómo permanecer sin ataduras en cautiverio • Fernando Cuevas

Se puede encontrar y experimentar en el lugar más inesperado y con las personas menos pensadas: finalmente, no depende de espacios o idealizaciones, sino de vínculos afectivos que se van tejiendo con los demás, con uno mismo y con el sentido que se construye a partir de las acciones emprendidas. Los encierros físicos dificultan la vivencia plena de la libertad pero no la condicionan en definitiva, porque justo ahí, en esos ámbitos constreñidos, mente, espíritu y corazón pueden encontrar motivos, razones y personas, para expandirse y encontrar resquicios de plenitud que difícilmente se presentan en otro tipo de situaciones aparentemente más propicias para poder tomar las propias decisiones sobre el día a día.

Con base en sucesos reales, el realizador austriaco Sebastian Meise (Stillleben, 2011; documental Outing, 2012) coescribe con Thomas Reider, colaborador habitual, y dirige con la necesaria intimidad y cercanía Gran libertad (Austria-Alemania, 2021), historia contada en tres épocas que van de 1945 a 1969, con el telón del fondo de la posguerra en la nación teutona, dividida finalmente en 1949, y de una ley que criminalizaba la homosexualidad, conocida como Pharagraph 175, proclamada en 1872 y vigente hasta 1969, detalladamente cuestionada en el documental homónimo de Epstein y Friedman, presentado en el 2000.

Seguimos a Hans, resuelto sobreviviente de los campos de concentración que purga condenas recurrentes simplemente por ser homosexual a lo largo de veinticinco años: al terminar la guerra es enviado a prisión para terminar su condena en 1945, regresa en los años cincuenta y después en los sesenta por el mismo delito: desde el encuentro inicial, establece una particular relación con Viktor, su compañero de celda que está preso por asesinato, dedicado a hacer tatuajes y cayendo en la adicción de las drogas. En primera instancia surge un rechazo hacia el joven gay, aunque poco a poco empieza a surgir una especial complicidad entre ambos, reencontrándose cada vez que el protagonista vuelve a la prisión, caracterizada por disputas y apoyos mutuos en partes iguales.

Franz Rogowski, quien ha sido dirigido por Haneke, Petzold, Malick y Mainetti, entrega una contenida y poderosa interpretación de este hombre desafiante de la ley, sin ningún trazo de culpa y convencido de sus decisiones en torno al amor que expresa sin cortapisas y sin temor a las consecuencias legales; encuentra un buen complemento en la actuación de George Friedrich, lidiando con su falta de esperanza y buscando la evasión de su difícil realidad: ambos, finalmente, parecen encontrar un respiro donde menos lo imaginaban, y ante la posibilidad de la liberación, parecen buscar algún tipo de autosabotaje en el entendido de que allá afuera, paradójicamente, podrían estar atrapados en sus propias soledades.

Los tres momentos del relato se imbrican de manera ingeniosa y con un amplio sentido narrativo de ida y vuelta, aprovechando el ingreso del preso al cuarto oscuro de castigo, en el que apenas se tiene un cerillo para iluminar efímeramente el hostil contexto: al abrirse la puerta, se cambia de época donde se visualizan las diferentes máquinas de coser y se continúa alguna relación con un compañero preso previamente conocido, ya sea de manera casual como con el joven al cual termina ayudando (Anton Von Lucke) o con quien se había establecido un vínculo más profundo (Thomas Prenn), exhibido en grabaciones caseras que se insertan en el conjunto de la cinta.

Desde una mirada enteramente masculina –no aparece ninguna mujer- que gravita desde la homofobia hasta el punto de vista homosexual en un ambiente carcelario más o menos controlado pero con la rudeza de la vida al interior, la cinta cuestiona desde el inicio mismo, a través la presentación de escenas en un baño que se vuelven material inculpatorio, el papel de un abusivo estado que espía las vidas privadas de los ciudadanos, estableciendo relaciones consensuadas sin afectar a nadie.

Por momentos, la cámara se posa sobre los rostros de los hombres como para escudriñar sus sentimientos y pensamientos en el encierro, para de ahí inmiscuirse en las conversaciones y en la intimidad o ampliar el panorama, sobre todo en las áreas de la cárcel, donde se desarrolla la mayor parte del relato. La iluminación juega un papel central, tanto para resaltar ciertos momentos que transcurren en ambientes oscuros, como para dar la idea de una ligera esperanza por mantener el cerillo encendido, vital para que se comparta ese cigarro que algún día podría ser devuelto con gratitud nunca dicha pero al fin expresada. 

La música, cortesía de los grandes exploradores sonoros Nils Petter Molvær y Peter Brötzmann, aparece eventualmente, sólo en momentos determinantes y con tono de aceptación reconciliadora, salvo en la escena con el gran saxofonista experimental tocando desaforadamente en vivo para acompañar la vida del bar con todo y sus recovecos. Una historia en la que la libertad se pospone una y otra vez, cuando se esperaría que pudiera llegar al fin de la guerra con la presencia de los aliados, descosiendo escudos nazis, o con la evolución de la legislación obsoleta: pero entretanto, hombres desafiantes e inconformes que viven o mueren para seguir sus deseos más profundos, justo para mantenerse sin ataduras sin importar dónde se encuentre su gran significado.

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