miércoles. 28.09.2022
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Tachas 482 • Demencia • Connie Tapia Monroy

Connie Tapia Monroy

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Tachas 482
Tachas 482 • Demencia • Connie Tapia Monroy


Miras tus manos sucias, ahí está el resultado de todo lo que pasó en el sótano. Su cuerpo está en ese lugar, ¿no? ¿O la dejaste en la zanja que cavaste en el desierto? Te levantas y vas al baño a enjuagar tu cara. En el espejo eres el hombre bueno que todos conocen. Los vecinos no escuchan los murmullos, no ven esas sombras que reptan por las paredes. Nadie sabe todo lo que has hecho, porque no eres tú, es otro, son otros los que te obligan. Te has convencido sobre otros seres moviendo los hilos sobre ti, te crees el instrumento de un plano aberrante y superior. Ellos te dicen qué escribir, no eres tú. Entonces tomas nota en pequeños papeles mientras trabajas, pareciera que las conexiones se dan justo en esa frecuencia del horario laboral. Lo apuntas y lo guardas en tu pantalón. Después de tu jornada laboral llegas a casa a escribir todo eso. No sólo está en las notas, lo has transcrito y lo has engordado. Alimentas ese texto como si fuera una criatura, ojalá tenga harto excremento y hartas penetraciones por cavidades extrañas, como esas heridas purulentas que te excitan y te dan placer al momento de teclear la historia. Te aprietas la erección por encima del pantalón, bien disimulado, aunque estés solo, es que eso es impuro, y tú eres un ser ejemplar. "Solo está en el texto", te dices, y lo maquillas con rituales de sectas de esas que abren portales, así escondes lo grotesco de algún modo. Tus escenas deben contener mucha mierda, esa mierda que el personaje toma con sus manos y se la unta por todo su cuerpo y pus, claro que sí, tiene que tener pus. Pus en las heridas, pus en los genitales, pus en la piel agangrenada del sacerdote que dirige el ritual. Cómo te gusta escribir todo eso. Cómo te muerdes los labios pensando tener tu pie encima de la cabeza de ella, la aplastas, la estrujas, la comprimes en el suelo. Sus dientes sangran, lo ves cuando sueltas un poco su cabeza. Vuelves a tu texto, no es real, sólo lo has escrito, ¿verdad?

Ella grita desde el otro cuarto, al parecer se le cayó la mordaza que retenía sus gritos. Te levantas molesto, ha interrumpido tu momento de luz creativa. La tomas por el pelo, la miras con humillación: "perra maldita" le gritas y le escupes la cara. Le metes un calcetín en la boca, la levantas por los hombros y la pones boca abajo. Tomas una botella de cerveza, la misma que acabas de beber. Se la introduces una y otra vez, repetidas veces, con mucha fuerza hasta que sangra. Ahí recién te calmas, te gusta y lo disfrutas, antes tenías rabia porque la muy puta había gritado y los demás podían escuchar. Le amarras los senos, y se los tiras. Tensas las cuerdas hasta que se incrustan en la piel. Ahora le muerdes las orejas, sacas un pedazo de lóbulo y lo escupes. Lo único que te fastidia es tener que recoger los plásticos que cubren toda la habitación. “Si tan solo ayudará a limpiar”, te desquitas con ella, y le das un par de patadas en el abdomen antes de salir de ahí.

Respiras, te enjuagas la cara. Ella está bien, te lo dices y lo recalcas muchas veces “ella está bien”, cómo podría no estarlo, si le has dado comida, un techo y hasta le has dedicado alguno de tus textos. Cierras la puerta y la encierras en la oscuridad.

Ahora te pierdes en las arenas del desierto, eso eres, un gramo de polvo. Nada. Tus Pensamientos desconectados del cuerpo. Tu mirada esquizofrénica mientras acomodabas el cordel entre sus brazos, sus piernas, su cuello, dentro de la boca. Esa primera vez aguantó, porqué ahora no lo haría. ¿Lo recuerdas?, discutieron en la habitación, la culpabas por no tenerte en el centro del universo, “egoísta de mierda”, pensabas, cómo se le ocurría hacer cosas donde tú no fueras el protagonista. Ahí la dejaste de querer, no te tenía en un altar. No soportabas verla sonreír con otros y no contigo. Ese día solo fue una bofetada, un moretón que le duro solo un par de días. Al mes, ya no fue solo un golpe en la cara. Te metiste a su cama y la ahorcaste hasta casi dejarla sin respiración. Pero no eras tú, no. No eras tú dentro del espejo. Ni fuera de él.

De lo simple pasamos a los cuchillos, y las rasgaduras sobre la piel. A esas alturas, ella ya no salía ni recibía llamadas, la tenías secuestrada en una de las habitaciones. Cada tanto te atrevías a mirarte a ti mismo, tu cuerpo atrofiado por el tiempo. No eres tú. Ni aquel. Era una vida que tratabas de simular. 

Ahora estamos nuevamente en el desierto. El juego acabó. El cuerpo inerte de ella te lo dice. Eres otro avatar. Otros hilos te mueven ahora ¿Para dónde vas? Estas en posición de loto, desnudo, embalsamado con el semen de meses que acumulaste en un frasco. Estas esperando que todo se vaya. Escarbas en los recuerdos, en ese lugar enfermo dentro de tu cabeza. La película se rebobina y repites el ritual. ¿Lo has escrito? Sigue ahí carcomiendo tu carne ¿Se cae? Parece que no te das cuenta cómo vas muriendo. Hay murmullos que brotan del submundo, de aquellos que han caído degollados e intentan asomar sus manos entre la tierra. Escucha los rasguños sobre las piedras. Que iluso, de nuevo lo imaginaste ¿Están o no? Esas voces siguen en tu cabeza. ¿Era solo ella? La niña violada gime, el niño azotado grita. No puedes bajar el volumen. Tus manos tienen la sangre y ellos te reclaman. Golpean en el mar de arena. Están enterrados esos cadáveres. Las almas que has usado para tus textos se comunican, te hablan. Ella, ¿está ahí?, ¿o solo lo imaginaste? Vuelves a casa, como un tipo normal, conduciendo el auto como si nada se quedara atrás. Abres la puerta de tu habitación y te quedas tranquilo porque ya no hay nylon ni una ella esperando por ti. 

         

***

Connie Tapia Monroy (1980, Chile). Escritora y directora de Astartea Editorial. Se desempeña como mediadora de lectura y dirige el taller de creación literaria «La Licuadora», taller «Cartocreativo» y el club de lectura de ciencia ficción «Prometeo, los hijos del fuego». Ha publicado los libros: Agonía profana (2004), Viviendo entre Sarracenos (2008-2018), Osario (2018) y Canciones Diabólicas (2021). Sus trabajos han sido publicados en variadas revistas y antologías en Chile, Argentina, Perú, México y España.

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