miércoles. 28.09.2022
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Tachas 483 • Realismo Sucio • Francisco Rangel

Francisco Rangel

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Tachas 483
Tachas 483 • Realismo Sucio • Francisco Rangel

Quedé con un tipo para que me vendiera mi primer estufa de soltero. El punto de reunión me era lo más cercano a mi casa: a media cuadra frente a hotel donde trabajan muchachas trans. Me había dicho que nos veíamos en 20 minutos. Llego cinco antes. Estoy parado con mi bicicleta en la esquina. Se acerca una joven en extremo atractiva, igual no llegaba a los veinticinco años. En el cielo circula el helicóptero policial. Da vueltas e ilumina la calle cada cierto tiempo. La guardia nacional se estaciona cerca. Los clientes salen corriendo. Yo volteó para todos lados esperando a mi vendedor. La chica sigue cerca de mí. Sacó el teléfono y han pasado los cinco minutos. La morrilla prende un cigarro. La volteó a ver y me ofrece uno. 

—¿Qué andas buscando?— me dice con una voz aflautada, impostada al máximo. 

—Estoy esperando a un vendedor.— le respondo

—Igual yo lo tengo.

—Es una estufa eléctrica. 

—Jajaja. No, es no tengo.

Saca una pachita de ron, le da un trago y me ofrece con un gesto. Acepto y le doy un trago. 

—¿No está cargada?— le cuestionó después del trago. 

—Pues no has pagado. 

—Nomás estoy preguntando

Se acerca un par de la guardia nacional.

—¿Está contigo?— me cuestiona un mocoso con su uniforme y cara de rudo.

—¿Ella? Sí, ¿Por?

—¿Qué están haciendo?

—Esperando a quien me va a vender una estufa.— mientras hablo, saco mi ine. Se la ofrezco. El helicóptero ilumina la escena.

—¿Los podemos revisar?

—Sí. 

El tipo desiste. Nos da las buenas noches y se va.

—Mira, tienes huevos.— me dice la chica.

—No son huevos. Yo no traigo pedos encima.

—¿Cómo sabes que yo no?

—La verdad, me vale madres.

Me vuelve a pasar el matarratas que está bebiendo. Le doy otro trago. Y el helicóptero vuelve a iluminar. Las piernas me tiemblan. Le regreso su botella. 

Llega un tipo en moto. Flaco, ansioso y platicón.

—¿Vienes por la estufa? ¿Está contigo? ¿Qué pasó? ¿Hay pedo?

—Si vengo por la estufa. Sí está conmigo. No sé que pasó y parece que sí hay pedo.

—Va.— Sacá la estufa de su mochila. Me jura y perjura que la cosa funciona bien, que tiene poco de tiempo de uso y que quiere la satisfacción total del cliente. La veo como si supiera de lo que se trata. En verdad, estoy cagado de miedo de tanto policía, de tanta pregunta. Sólo quiero regresar a casa y sentirme un poco seguro. Sacó el dinero que ya había puesto en el bolsillo para no mostrar la cartera. Se lo doy. Y me oferta una cantidad ingente de chunches que no me importan. La chica sigue a mi lado. Parece interesada en la transacción. Los tres volteamos porque se acercan, otra vez, los de la guardia nacional. Mi vendedor y la chica se ponen nerviosos. 

—Mire, fue honesto.— Me dice a manera de saludo. Mientras meto a la mochila mi estufa.

—Ya nos vamos. Disculpe, oficial.

—Sí, por favor. Y llévese a la señorita.— lo dice con una sorna casi imperceptible en la última palabra.

—No hay problema. Ya nos vamos.

El tipo prende su moto y se va.

Yo comienzo a caminar con la chica de lado. Sin hablar nos vamos hasta el parque que está a dos cuadras. La veo tan triste como me siento. 

—¿Aquí estás bien?

— Sí, sin pedos.

—Paro. Nos vemos luego.

—Gracias. 

—No hay bronca.

Me subo a la bicicleta y me detiene, tocándome el hombro.

—Neta. Gracias.— su voz a cambiado. Es más gruesa, más natural. —Si no te apendejas, hay quien te mantenga. 

Le doy un beso en la mejilla. El helicóptero ilumina la escena. Comienzo a pedalear.

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