miércoles. 28.09.2022
El Tiempo
Es Lo Cotidiano

CUENTO

Tachas 484 • Gaucho cabrío • Oscar Barrientos Bradasic

Oscar Barrientos Bradasic

Imagen creada con inteligencia artificial, Projects Laion AI
Imagen creada con inteligencia artificial, Projects Laion AI
Tachas 484 • Gaucho cabrío • Oscar Barrientos Bradasic

era la tierra ajena y la carne de nadie.
                                                                                                           Blanca Varela

-“Si sigue la huella que rodea esa parte de Tierra del Fuego a la que llaman Bahía Inútil, observará al mar, crepitante como caldero de bruja, mientras los puntos cardinales se convierten en cenizas. También los cerros mudos y castigados por los elementos escoltarán su paso indicándole playas inhospitalarias y peñascales dentados que con su mueca salina tarjan el rostro del acantilado. 

Es probable que se encuentre con el guanaco altivo y flemático, con el ovejero espoleando su marea de lana blanca o el cúter de navegar cadencioso poniendo proa hacia las rutas tan solo bautizadas por los náufragos y las gaviotas.

Justo ahí, tierra adentro, en ese punto donde comienza a insinuarse un paisaje más boscoso, en algún recoveco, vive el gaucho cabrío. 

Si tiene suerte, podrá divisarlo. En raras ocasiones, el caminante de aquellos lugares desolados podrá contemplar a un ser que ostenta el torso humano: campera de cuero forrada en chiporro, boina, pañuelo al cuello y faja. Su rostro es inexpresivo y de pera puntuda coronada por una barbilla colorina. No obstante, pese a su patente humanidad y su andar bípedo, posee considerables orejas vellosas y extremidades de animal que terminan en dos pezuñas hendidas. 

Ahí, va el gaucho cabrío por las faldas de montañas inaccesibles, silbando una melodía y en su airosa caminata viaja también el dolor de todas las criaturas”. 

El hombre que me describía a ese ser fabuloso me narraba su historia como si evocara una imagen de bordes flotantes que amenazaba con desparecer para siempre. Lo encontré haciendo dedo entre Cerro Sombrero y Porvenir. Yo no tenía prisa, así que le invité eso que llaman un café carretero.

Me dijo que iba a Porvenir. A una peregrinación. En ese momento pensé que se trataba de algo religioso.

Aquel tipo tan solo traía una mochila. El capó de mi vehículo sirvió de mesa para apoyar el termo y los dos tazones de plástico. Cada cierto rato un camión atravesaba la carretera rumbo al cruce, arrojando una polvareda de ripio y piedras.

El día estaba precioso y un fulgor parecía persistir en la cara arrobada y marcada por las patillas negras de aquella persona.

- “Su origen es una balsa que zozobra en el río oscuro de la degradación y la bestialidad. Todo parece indicar que los hechos ocurrieron en los amplios predios de la estancia Maid Margaret, propiedad de unos ancianos británicos que tan solo permanecían unos meses vigilando  las labores, aunque la mayor parte de ese tiempo bebieran brandy y jugaran bridge en la casa patronal. Cuando las condiciones climáticas se volvían propicias, después de la esquila, los campañistas llevaban los rebaños a las veranadas y allí permanecían lejos del casco durante tiempos importantes, en ranchos precarios donde vivían acompañados tan solo por la cama, una estufa, sus aperos y su soledad. A veces estos misántropos se juntaban a beber en garrafas, un vino áspero y lijoso que con suerte serviría para limpiar brochas. Los puesteros de la estancia eran el Carancho Cifuentes, Sofanor Huentelicán y el Bola de Cuero. Tipos patibularios que mateaban rumiando una yerba amarga como la bilis y en cuyo semblante habitaba un universo infecundo y teñido por la condena del invierno perpetuo. Eran épocas donde los ovejeros custodiaban majadas de ovinos en la amplitud de la estepa, que participaban en la doma de caballos, castigando con el rebenque al animal y que, tras la jornada, jugaban truco con grasientas cartas en medio de tardes deslavadas. No está demás decir que estos tres  hombres oscuros, durante el regodeo y la ebriedad, tenían por costumbre fornicarse a las ovejas para saciar un apetito sexual más ligado a la perversión que a la abstinencia. Una de ellas encarnó aquel prodigio que tentaba el límite de la especie. Aquella oveja ultrajada por viejos borrachos y lascivos, en sesiones de juerga y sordidez donde los demonios parecían bailar alrededor del fuego, no tiene nombre y nunca lo tendría desde su nacimiento hasta que fue carneada.

El hecho es que en el periodo de pariciones asomó del interior del animal un ser entre humano y ovino que apenas se sostuvo en sus patas encarnó la heráldica de la intemperie.

No sabría explicarle cómo ni cuándo se convirtió con los años en un trabajador más de la estancia”.

Me dio la súbita impresión que el hombre había concluido su relato. Pero me equivoqué. Solamente tomaba vuelo para retomar la disposición de los acontecimientos.

Le serví un poco más de café. 

“Desde aquellos tiempos se tiene recuerdos del gaucho cabrío, como un verdadero fauno de las estepas fueguinas. Altivo y erguido como un gallo de pelea, encarnaba la fusión más urgente del empuje y la fauna austral. En él la ecuación de lo humano y lo animal constituían una reyerta constante entre el vigor afanoso del trabajo y la libertad que le otorgó la dilatada pampa. En sus pupilas vidriosas habitaba un sentimiento difícil de describir, quizás algo parecido a ese fisgoneo cándido y pueril de los rebaños que se manifiesta en el trote del corderito o en el balido que interroga, sin encontrar respuesta, al viento austral que se cuela por las rendijas de la estancia y que en invierno parece una lluvia de agujas.  Sin embargo, en él ganaba esa contienda lo humano y eso se traslucía en su sonrisa sin resplandores, en el gesto casi mecánico de llevar una mano en la rienda y la otra en el cuchillo.

Su voz era aflautada y poco graciosa, pero como resultaba extremadamente taciturno e impasible no fluía a menudo su conversación. Más bien resaltaba el aplomo con que se tomaba las tareas del campo, su carácter hacendoso hasta la entrega. Esto último le valió el aprecio de los patrones ingleses.

En aquellas faenas estivales de la esquila, el gaucho cabrío sobresalía en las comparsas. Desde el día anterior colaboraba encerrando los animales para evitar que el rocío no humedezca los vellones. Con el rostro expectante y muy garboso en el piso de tablas del galpón, esperaba que el playero depositara la ficha de cobre y sus manos casi se enmarañaban con los grandes tijerones que desvestían a la oveja de los preciosos tapados que les regaló el invierno y que luego la prensa convertiría en fardos, para beneplácito del vellonero. Su presteza y diligencia era silenciosa y concluyente. Se sabe que no solo fue impecable esquilador sino también alzador, debarrigador y agarrador.

Pero debemos afirmar que su broche de oro fue, desde luego, su efectividad como matarife.

No se recuerda en los anales de la isla a alguien más emoliente para pasar a cuchillo a corderos y cerdos. En el instante del atronamiento, los ojos llorosos y conscientes del fin en aquellos animales, ofrendaban al gaucho cabrío una última mirada de piedad antes que la hoja afilada abriera en sus gargantas un torrente de sangre que ahogaba el balido en un estertor destemplado. Remataba los últimos sonidos de la agonía cercenando aquella venita dura que unifica las vértebras de la cerviz.

Luego, vestido de overol blanco, desollaba y cortaba las corrientes fibrosas de la carne, para después colgar las piezas del animal como el más avezado cirujano. A su talante le venía bien el adjetivo de imperturbable.

El gaucho cabrío era ya parte del paisaje en la estancia Maid Margaret. En invierno su figura se deslizaba presurosa a pesar del metro y medio de nieve que cubría casi toda la propiedad. 

Montado en un caballo zaino arreaba su piño, junto al inseparable perro lanudo, por los caminos perdidos de Tierra del Fuego, husmeando hasta la última piedra del territorio. Sus ojos se fundían con el oleaje marítimo. 

Muchas veces, a este fauno con vocación de centauro, se le vio cabalgar cerca de los acantilados durante noches similares a bocas de lobo. En otras oportunidades, tendido bajo un árbol con un cigarrillo encendido, se le sorprendió contemplando el firmamento estrellado, como si ese tablero de luces fuese el mapa de una confusa verdad.

Hubiese querido, quizás, tragarse las estrellas de una sentada.

De igual manera, pese a su carácter parco y propenso a la reserva, se supo que algunas veces, en fiestas más etílicas que jubilosas, animó a los puesteros tocando rancheras con acordeón verdulera.

Transcurría todo moderadamente normal.

Pero la envidia y el encono, esos dos insectos de patas peludas, se asomaban por los caminos donde transitaba el gaucho cabrío. A Sofanor Huentelicán nunca le gustó su presencia, pero en vista de su carácter torvo, de su rostro carrilludo y los ojos negros de buitre bilioso fabricados desde siempre para el cinismo, jamás expresó su malestar. En cambio a Bola de Cuero, con sus brazos fornidos, su quijada pródiga y su enorme panza, le costaba explicarse la descomunal pujanza y decidida resistencia del gaucho cabrío durante la temporada de esquila. No sólo lesionaba su ego sino su primacía económica.

Con respecto al carancho Cifuentes, se trataba de un episodio baladí que el alcohol y la soledad sobredimensionó. En una copiosa celebración en la estancia, intentaron sacar a bailar a Malva, la hija de la cocinera, una muchacha de no más de veinte años, de brazos morenos y hermosa cintura, quien  lo rechazó desdeñosa. Bastó que se distrajera unos instantes y quedó mudo  cuando contempló al gaucho cabrío bailando chamamé con ella. Sus patas de cordero se movían con desembarazo y donosura al ritmo de los compases y todo el cuadro les pareció insultivo. Aquel ser que tenía incrustado el desamparo, albergaba malquerencias en clara ebullición”.

Encendió un lucky sin filtro de aroma picante y pastoso. La punta del cigarrillo se fue consumiendo cada vez más rápido, a medida que su aspecto se tornaba más mustio, el cielo más nuboso y el sol más esquivo. Continuó su historia:

-“Decían los selknam, antiguos habitantes de Tierra de Fuego, que animales y plantas eran la reencarnación de antepasados que moraron la tierra en sus inicios, y que cada uno de ellos estaba asociado al cielo de donde provenía su progenie. Para ellos, las ascendencias a quienes llamaban hoowin se transformaron en estrellas, accidentes geográficos y animales.

Mi impresión es que esas deidades, que tienen tanto de las criaturas que alguna vez domesticamos o sometimos a nuestras necesidades, asoman su materia en los callejones sin salida del entendimiento, donde la humanidad degradada exhibe su bajeza, su indigencia afectiva más descompuesta. Algo de aquello debe haberle ocurrido al gaucho cabrío.

Aquel 30 de octubre se sorprendieron los cuatro  en un rancho maloliente.  Tres de ellos jugaban pata de gallo  y una botella de aguardiente presidía la mesa, en esa  tertulia mortecina y decadente.

El único ajeno a las cartas era Sofanor Huentelicán, que fumaba y bebía abstraído junto a la estufa a leña. Sus ojos evasivos parecían seguir el movimiento de las llamas.

Toda la suerte en los naipes acompañaba, aquella noche cruda, al gaucho cabrío y, a medida que los otros se embriagaban, la tirria se les subía al paladar como un líquido corrosivo. Sabido es que los llamados versos de dicho juego son en realidad un ingenioso artefacto poético, que sirve para denostar al oponente. Entre envidos, trucos y retrucos viaja un puñal de rimas odiosas, que aumenta a medida que la borrachera aguza la ferocidad.

Fue justamente Bola de cuero , el primero en abrir los fuegos, ya muy borracho y con la lengua traposa:

                                   Flor de engendro sería

                                   Y sin levantar la ceja

                                   Quien es de padre cristiano

                                   Y por madre, una oveja

As de espadas y un globo inflado de reminiscencia se estrelló contra la frente del gaucho cabrío. Explotó ante sus sentidos embobados. Cerró los ojos y vislumbró un bosque de canelo, lenga y ñirre; una verde y tupida anchura que se explayaba en toda su formidable belleza. De pronto, entre los troncos vio a una mujer, cuyo cuerpo le recordó a Malva, con un vestido de flores, deslizándose como si huyera. En su visión desdoblada él se observaba siguiéndola, ansioso, soplado por un brío que le recorría el cuerpo. 

Cuando por fin, tras perseguirla por el interminable laberinto boscoso, pudo tomarla del brazo, descubrió que su cara era la de una oveja que balaba. ¿Qué vivía en su expresión y su balido? Una inocencia que rogaba no ser desgarrada por la obscenidad, una ventana donde se veía un cosmos.

Una lágrima cayó como un aerolito por el cielo de su mejilla.

Los otros jugadores, al verlo con los ojos cerrados, pensaron que tenía malas cartas. El juego siguió su derrotero de mentiras y triquiñuelas, mientras el azar beneficiaba una vez más al gaucho cabrío, en la sucesiva vuelta.

Sin trepidar continuó el carancho Cifuentes:

                                   Aunque todo truco le ría

                                   Y nuestra fortuna tarde

                                   Nació de una puta borrega

                                   Y uno de nosotros, el padre.

Bola de Cuero estalló en una carcajada atronadora. Su risa era grotesca e interminable. El gaucho cabrío estaba tan cerca de aquella escandalosa tarasca que vio nítida su garganta, un oscuro subterráneo donde miles de cabezas de cordero imploraban por salir.

El gaucho cabrío se puso de pie aterrado como un niño que descubre su primer miedo. El resto comenzó a reír a carcajadas imitando la hilaridad de Bola de Cuero. Cientos de animales atrapados en la jaula de sus tráqueas. Sin aviso, el ser ovejuno que lo habitaba, hizo su aparición. Fue un gesto de una precipitación inédita. Desenvainó el cuchillo carnicero y los ultimó uno a uno, en cortes infalibles, derribando la mesa en medio de un reguero de sangre, aguardiente y baraja española. Sofanor Huentelicán, que estaba cerca del fogón, alcanzó a poner algo de resistencia, pero el filo acerado también terminó clavado en su corazón. En realidad, se llevó doce puñaladas.

Poseso por los espectros del hoowin, incendió el precario rancho, hasta convertirlo en un puñado de cenizas en medio de la noche. Luego abrió los cercos de la estancia y liberó a las ovejas que se extraviaron en la espesura de la pampa. Desde entonces, sabemos, que perdido entre esas zonas donde el ojo del turista no llega, vive el fauno de Tierra del Fuego, al que conmemoraremos mañana en la plaza de Porvenir, este nuevo 30 de octubre”.

- ¿Qué conmemoran? - pregunté.

En ese momento el tipo extrajo de su mochila una máscara de oveja y se la calzó, para luego rematar:

-“Piense usted en el gaucho cabrío como el hijo anónimo forjado en la bestialidad y abandono paterno y con madres usadas como animales o materia de sacrificio. Acarrea en su efigie ese país de silencio y oscuridad que brota en nuestras palabras cuando revisamos la genealogía de la tristeza. Piense usted en los seres solitarios, en personajes vilipendiados y condenados a sufrir el castigo de los otros. Los que padecieron la golpiza del matón, la bofetada del marido, el desprecio de la clase o la tardanza de las leyes, tenemos como santo patrón a un ser que no solo es mitológico, es también animal de una fábula sin moraleja y demiurgo vengador, protector de los débiles. Por eso, en esta fecha, quienes se conduelen con el tormento de la bestia y castigan la parte ruin de la humanidad, hacemos un carnaval de nuestra marcha y, de las máscaras, una enrostrada al victimario, para que al mirarse en ese rostro reconozca su vergüenza”. 

 

 

***

Óscar Barrientos Bradasic. Escritor. Nacido en Punta Arenas, donde vive y trabaja, ha publicado poesía, cuento y novela. Destacan entre sus libros El barco de los esqueletosPaganas Patagonias y Saratoga. Profesor de Castellano (Universidad Austral de Chile), máster en Filología con mención en Literatura Hispánica y doctorado en Educación (U. de Salamanca, España). Cuenta con varios premios y reconocimientos, incluyendo el Premio Francisco Coloane (2014), el Premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar 2015 (La Habana, Cuba) y el Premio a la Trayectoria Poética Pablo Neruda 2018 (Fundación Pablo Neruda, Chile).

[Ir a la portada de Tachas 484]

Comentarios