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DIGRESIÓN

Tachas 486 • Experimento • Roberto Flores

Roberto Flores

Imagen creada con IA
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Tachas 486 • Experimento • Roberto Flores

Engañar es posiblemente parte de un acto literario, un tipo de creación mediante el lenguaje o mejor dicho, la obra de un lenguaje. La mentira presupone la sumatoria de una serie de coartadas, hechos mínimos confabulados en la existencia de los involucrados, versiones acordadas, un cúmulo de pormenores manejados con minucia. Escapan, por cierto, a la obra tradicional, cuyo soporte es el papel; eso, no obstante, no las hace menos literarias, salvo que se considere otro detalle en su catalogación: la creación como obra de arte. Teniendo en cuenta estos dos aspectos, a saber, lenguaje y arte, sumemos un tercero, enunciado líneas anteriores: el soporte. Originalmente la literatura fue oral. Hoy existe esa variedad, pero el soporte libro ha desplazado de modo dramático el primer sustento, el cimiento maestro. Hablamos de literatura y relacionamos, casi de inmediato el concepto con lo escrito. Qué si damos un paso más allá y sugerimos hacer una novela no en un libro sino que en las murallas de una ciudad. Deberíamos, por lo demás, hacer un itinerario de cómo ha de ser leída; el creador debiera sugerir una estrategia de lectura, que es lo que hace todo autor cuando escribe, perdón, cuando crea un texto.

Pero podría dar plena libertad al lector, llevándolo a lo que estudiosos llaman ser un lector activo, capaz de crear una propia y personal interpretación a partir de lo sugerido en una obra. Pero bien, la táctica propuesta por el autor podría ser más libre que otras – la idea de texto como un tutor laissez - faire – lo cual se explica mediante verbigracia en el párrafo siguiente:

Tal creador, que llamaremos X – o bien podría llamarse Y, Z, Q, usando nombre de conjuntos matemáticos, pero se llama X, vaya a saber uno porqué - propuso escribir una obra que no cabe dentro de las clasificaciones tradicionales. El soporte era informático. La obra se llamaba “El disco duro del señor tanto” y era comercializado por el mismo autor en bares y fuentes de soda de estudiantes. El cuento previo era que el fulano le había vendido a él, por apuro, un PC antiguo, casi obsoleto cuyos archivos habían sido borrados por el dueño. Cuando él lo llevó a su domicilio, sus cercanos se burlaron de él, denostándolo por comprar una chatarra informática y por ese precio. Cuando encendió la máquina se percató que efectivamente las carpetas habían sido borradas, pero debido a la inexperticia del dueño en los temas relativos a la computación, nada más los borró y dejó en la papelera de reciclaje. Como quizás todo mortal, tuvo la duda, el morbo, la curiosidad – aquí cada lector debe interpretar de acuerdo con su horizonte de expectativas- de saber lo que contenía el índex de ese viejo computador. Era lo que ofrecía el creador, a un precio módico de cinco dólares en el soporte de un CD ROM. El asunto es que cómo lee uno dicho documento. Algunos lectores tomarán el camino de la secuencialidad, otros, en cambio, escogerán otro orden de acuerdo con criterios personales. Hay otro punto a considerar: no todo en dicha obra es lenguaje, es decir, sí, pero lenguajes de distinto tipo. Fotografías, música, PDFs, PPTs, Softwares, dibujos graficados en Paint, en fin, todo lo que uno podría guardar en sus archivos y que sólo tiene conciencia de ello cuando debe formatear el disco duro y respaldar todo cuanto posee.

Pero me he alejado del tema. Hablábamos de la mentira. Decía que el engaño de un amante bien podría ser relacionado con una obra literaria en cuanto a construcción de una verdad. A esta verdad “mentira” llamaremos (verdad), así, con paréntesis. La obra literaria es una (verdad) para quienes la leen, pero la diferencia está es que su estatuto nos anuncia que no es real; entonces, el lector se presta para el “juego”: él sabe que eso no es la realidad, sino una “mentira”, es decir, una (verdad). Quizás es la diferencia cuando una mentira, un engaño, ocurre en la “realidad”: la (verdad) no necesita ayuda, no requiere de elementos verosímiles de parte de un autor, aunque sí, cuando se sospecha de la veracidad. Para que la (verdad) sea creída el autor recurrirá a sus argucias, al aparataje que tenga en sus manos, sino, como último punto el silencio. Refirámonos a dos “novelas exógenas”: la llegada del hombre a la luna y el ataque a las torres gemelas. He aquí dos claros ejemplos de cómo un grupo de poder de una gran potencia – que podríamos afirmar no es el gobierno de ese país, sino un corpúsculo minoritario que ostenta la potestad en tinieblas- , en complot con los medios de prensa y el aparato gubernamental, ha creado, en la historia reciente, acabados montajes para engañar al orbe con el propósito de concretar sus crueles propósitos. Es, en todo caso, el fin por el que uno miente. Existe cierta diferencia entre estos montajes y el de carácter literario, digámoslo, no son idénticos. La cuestión es analógica a la magia, por mencionar un caso. Todos sabemos que el mago no hace precisamente “magia”, pues esto implicaría, por definición, poseer ayuda sobrenatural; lo que hace es lograr un efecto que logra cautivarnos, que nos hace creer que detenta poderes trascendentes. Pero no es así. Pues bien, magia y literatura se asemejan en que la (verdad) requiere elementos para sostener la verosimilitud en virtud de que sabemos que no es verdad. La (verdad) presentada en la realidad, en cambio, carece de este aspecto, al menos en lo que todos pensamos. He aquí una hipótesis: la problemática propuesta no es más que una ilusión, la realidad no es toda verdad en la medida que es construida sobre la base de versiones que son la suma de perspectivas, prioridades y omisiones. Creemos en ella porque el soporte y el contexto nos dice eso; pero que suceda un milagro, científicamente comprobable: lisa y llanamente no lo creemos. Ahí la incredulidad. Pero que cambie el sustento, que cambien las coordenadas, que cambie la “realidad”: también mudará nuestra emoción; subiremos la guardia, observaremos con recelo y distancia.

Creo que me he empantanado. La cuestión era decir que existen millones de creaciones en nuestro mundo que son literatura; millones de personajes deambulan y coexisten con nosotros. Personas que se visten como su artista predilecto, que hablan como su referente social, sujetos con personalidades prestadas, que a su vez, son parte de una obra mayor, (escrita) por elites que dominan el mundo. ¿Dónde están los límites de la verdad y la (verdad)?

Con tomar conciencia del problema se está dando el primer paso para la determinación de sus líneas limítrofes.




 

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