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Ayu Okakita, fantasmal y onírica en el FIAC 25 • Fernando Cuevas

Ayu Okakita en el FIAC 25
Ayu Okakita en el FIAC 25
Ayu Okakita, fantasmal y onírica en el FIAC 25 • Fernando Cuevas

El Festival Internacional de Arte Contemporáneo en León llega a su cuarto de siglo, ahora bajo el concepto de Disidencia, como buscando los ricos ámbitos artísticos que germinan en el desacuerdo, en la lógica contestataria y en el espíritu crítico, donde las obras expresan esas diferencias con los preceptos establecidos. Como parte de su programación nos visita la nipona Ayu Okakita (Kyushu, 980), quien empezó a tocar la guitarra y cantar en la preparatoria para después formar su primer grupo con otras siete jóvenes. Se fue a Tokyo, donde compuso varias canciones en formato pop y con la banda Pablonik grabó un disco y de ahí se puso a trabajar sola para producir otro par de álbumes acústicos.

Se asentó en Londres en el 2005 para adentrarse en los diversos géneros de la electrónica y abrir aún más sus inquietudes sonoras. Tras algunas presentaciones, grabó Cyan Dreams of Miss Ashleen (2008), álbum integrado por siete canciones que denotan un tránsito fluido entre la lógica acústica y digital, con vocalizaciones enfáticas e instrumentaciones que nutren el desarrollo melódico con cierto toque fantasmal y onírico, iluminado por luces amarillas entre recorridos nocturnos o visitas llenas de colorido y voces emergentes, apareciendo desde un subsuelo por el que se drenan ilusiones. Por ahí discurre la influencia de Björk y algunas otras hechiceras del mundo digital.

Posteriormente se integró al grupo Nedry como cantante y percusionista, ubicado en las regiones del trip-hop con ecos a Portishead y el dubstep de luces a media intensidad, con quien grabó un par de álbumes (Condors, 2010; In a Dim Light, 2012) que la llevaron a presentarse en diversos festivales y darse a conocer entre públicos más amplios. Ya en Osaka, trabajó largo y tendido para componer, producir y mezclar Sayonara Dance (2019), conformado por 12 cortes para volar allá afuera rumbo a la luz de la luna, entre rítmica que parece fugarse hacia una bailable despedida con apuntes agridulces justo cuando las luces se extinguen, incluyendo algún pasaje industrial como en Sento y conversaciones al calor de los bytes o tifones en clave acústica.

Le siguió el sencillo Yoru No Onso (2019) con la canción titular y un par de revisiones de composiciones previas. En vivo gusta de utilizar su laptop, un par de loopers y jugar con los pedales para darle entrada a la guitarra electroacústica que sustenta su voz juguetona modulaciones varias, desde susurros hasta tonos de cierta melancolía adolescente. Música que parece siempre encontrar las rendijas en el tejido electrónico para dejar pasar una iluminación que de pronto toma una forma análoga, como de sentimiento al filo que se despliega a partir de lazos armónicos crecientes.





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