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ROADSIDE PROPHETS

Roadside Prophets •  Escáner, de SickArio • Óscar Luviano

Óscar Luviano

Ecatepec
Roadside Prophets •  Escáner, de SickArio • Óscar Luviano
Roadside Prophets •  Escáner, de SickArio • Óscar Luviano

Esta es una serie de reseñas sobre libros que retratan la vida en Ecatepec, Estado de México. El hecho de que muchos no se hayan escrito todavía, o que nunca serán publicados, no nos impide leerlos, de esa misma manera en que en Ecatepec hay casas sin número, en calles sin nombre, que la gente habita y llama hogar.

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Una de las escasas aportaciones al subgénero de la ciencia ficción mexiquense supone que, en cierto momento del futuro, alguna explosión fabril —tan habituales en el estado– genera una nube tóxica que de un lado deja las lonas de los tianguis todas llenas de brillos tornasolados, pero por otro hace que nazca una generación de nuevos telépatas.

El autor, que se esconde tras un alias supremacista, no aclara qué fue de las generaciones anteriores de telépatas, pero nos habla de la desilusión que produce esta camada:

Con ellos descubrimos que leer los pensamientos ajenos es una monserga, pues se piensa en imágenes, en palabras sueltas, en sensaciones y colores.

Recibir un pensamiento ajeno es como tratar de comer con las manos una de esas gelatinas blancas con pedacitos de otros sabores, mal cuajada: hay algo, pero no se sabe qué.

De modo que, en la novela, tras una breve novedad, se descubre que la condición extrema de estos niños es que no leen tanto el pensamiento ajeno como que la actividad ajena les cae encima, y viven sometidos a un espantoso ruido interior, como si sus mentes tuvieran membranas del mismo grosor que las paredes de las Unidades del Infonavit. Escuchan todo lo que la gente a su alrededor piensa, quieran o no.

Se convierten en mobiliario habitual de las instituciones de salud mental (grandes bodegas de paredes blancas y camas olorosas a meados), pero es más común hallarlos entre los teporochos de siempre, tumbados en las banquetas y cubiertos del tizne que dejan los tráileres en la López Portillo.

El estilo del autor, como suele ser en estas obras, se mueve entre el guion prefigurado (se nos dice que el protagonista se parece a Diego Boneta pero más moreno) y el fanfic de la Marvel, y cambia de situaciones y puntos de vista como si se tratase de cambios de marcha sin solución de continuidad.

De esta manera, de este gran retrato de un falso salto evolutivo de la humanidad caemos, de un punto seguido al siguiente, en la historia de Diego Boneta moreno y sus rescatadores y eventuales exploradores: un Toby McGuire más gordito y un Iron Man pero mexicano.

Iron y McGuire recorren las calles de Coacalco en busca de escáners, el nombre que Cronenberg les dio a los telépatas y que al menos muestran que SickArio tiene los visionados correctos. Lo hacen desechando a los más viejos, que ya están todos chupados a fuerza de saberlo todo sin entender nada del mundo y de la gente, y prefieren a uno que vestido con ropas que parecían más papel higiénico usado que ropa, joven y sudado. Lo recogen de una jardinera seca y lo montan en una pesera ruinosa. Diego Boneta, mientras lo arrastran al vehículo, exclama Perlas. Una muñeca sorda. Nubes en jirones: el tipo de cosas que los telépatas enumeran de aquello que extraen aleatoriamente de sus lecturas.

Sabemos, páginas adelante, que Iron y McGuire son padre e hijo, y que llevan adelante un negocio basado en los escáners: estas criaturas son inútiles para detectar pensamientos concretos, pero pueden medir sensaciones. La alegría y el temor que se unen, por ejemplo, antes de ir a un cajero por una buena cantidad de dinero.

Padre e hijo se instalan frente a un banco, sentados en la pesera, y esperan a un cliente que, tras una fachada ecuánime, oculta las sensaciones mezcladas de quien está por extraer el enganche de un coche o el pago del banquete de XV años.

La mecánica queda establecida y se repite varias veces a lo largo de las páginas restantes: Boneta dice, por ejemplo, Pisos relucientes. 12% de interés anual. Colmillos entre belfos sangrantes, y la víctima ya fue señalada. La siguen pacientemente en la pesera, esperando la oportunidad, que en el Estado de México siempre llega con un fierro que se hunde y una mirada que se apaga.

Algunos lectores han señalado, no sin razón, que esta repetición de asaltos y asesinatos entre los que no pasa casi nada (se cena en silencio, se cuenta el dinero, Iron Man lo guarda tras advertir a Boneta que ni se la mame, y McGuire se reserva tras un pasmo traumático, a veces en un llanto que apenas lo sacude, pues él es quien sacrifica a los cuentahabientes), estropea una novela que, según los adherentes de SickArio, pudo haberse convertido en una obra al nivel de El hombre Demolido de Alfred Bester u otras joyas del subgénero que quien redacta  esto no conoce.

No puedo estar más en desacuerdo: creo que el valor de la novela reside, justamente, en esta reiteración, que podría emparentar a Escáner con la prosa demencial de McCarthy en su Blood Meridian o con esa inmersión en los enfermos del extrarradio que supo ser Violación en Polanco de Armando Ramírez: el sacrificio por empalamiento de la rubia sin nombre podría tener su reflejo en la escena de la muerte de Boneta, una vez que su mente y su cuerpo han quedado destruidos por los escaneos reiterados y es necesario desecharlo para buscarle un reemplazo.

Si esta novela no llega a ese punto, se debe a la inocencia gramatical de su autor, de la que parece sentirse orgullo. Eso no impide que nos regale esta imagen que se repite y repite y repite: la de dos hombres inclinados sobre un tercero, expectantes y cargados de furia homicida, sudado la lámina caliente de la pesera, mientras otro les musita la verdad íntima de un desconocido, sin que sirva eso para otra cosa que ganarse unos cuantos pesos manchados de sangre.

Escáner
SickArio
Vid, 2021
332 páginas



 

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