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Palabras mayores de las seis menores [I, Prólogo]

Tico Orozco | 04 de febrero de 2017

Tico Orozco

Esta colección de escritos es producto del Taller de Creación Literaria y Periodismo que impartí a seis internas del Centro de Tratamiento para Adolescentes de Tijuana, Baja California, durante 2 sesiones semanales entre septiembre  del 2015 y enero del 2016.

Fue una experiencia única donde las seis adolescentes, internadas por diversos delitos, tuvieron la oportunidad de conectar el lápiz con sus corazones y mentes para expresarnos sus mundos interiores.

En cada sesión sus vestimentas grises se volvían multicolores mientras escribían sobre las hojas de papel; su alegría era libre a pesar de las rejas que las rodeaban; sus risas blancas iban más allá de las serpentinas de púas; sin darse cuenta, de sus espaldas brotaban alas de tersas plumas.

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Puede ser antes de las 10.30 de la mañana o de las 2.30 de la tarde, según el horario del taller que imparta (de Literatura o Periodismo), de cualesquier día entre Lunes y Jueves, pero debo portar bata blanca (para ser distinguido rápidamente en caso de motín, según me informan) y cruzar la Puerta Uno y registrar mi nombre, mostrar una identificación, dejar llaves, cintos, celulares, anillos, etc., y que me impriman dos sellos de tinta azul en el brazo. Después cruzar el detector de metales y una puerta de rejas para ingresar a la Aduana; en Aduana registrarme nuevamente, pasar otro detector de metales manual o  “garret” y entrar a la Revisión Masculina y otro sello de tinta azul y, de ahí, cruzar otra reja para ingresar al patio central o cancha de futbol. Esto para que no ingrese drogas, armas, dulces, o todo aquello que esté prohibido para los internos e internas. En mi caso, yo introduzco fotocopias de poemas y cuentos o libros de aparente inocencia, siempre acompañado por los ruidos deslizantes de las puertas de hierro y los grandes candados que no te permiten olvidar el encierro metálico. De ahí ir al salón o aula designada. En mi caso, a la sección femenil, al Salón de Usos Múltiples llamada “La Casita Marriott”, con puerta y cerco pintados de rosa, donde atiendo a las únicas 6 mujeres internas. Debo ser acompañado por una oficial. Las adolescentes (entre los 16 y los 20 años de edad), a veces con un chonguito o con la cabellera suelta, siempre en fila, siempre con las manos por detrás y vestidas con pants y camisetas o sudaderas grises, son escoltadas por oficiales hasta “La Casita Marriott”.

 Así son los requerimientos para ingresar al Centro de Tratamiento para Adolescentes de Tijuana, antes llamado Centro de Diagnóstico para Adolescentes, y mucho antes Centro para Menores Infractores, pero llámese como se llame, todos son eufemismos para nombrar lo que realmente es: una cárcel para menores. Aquí es un reto enorme la enseñanza de la libertad cuando por las ventanas sólo miras rejas gruesas, candados grandes, cercos de eslabones metálicos, serpentinas de púas, largos pasillos cercados, puertas y más puertas con candados y oficiales uniformados de negro, gris o de camuflage.

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A la primera sesión llegué con un lote de casi 60 libros de literatura, la mayoría de escritoras y escritores de Baja California, donados por el Centro Cultural Tijuana (a través de Sofía Bautista), del Instituto de Cultura de Baja California (a través de Paty Blake) así como de particulares: los escritores Sonia Gutiérrez, Regina Swain y Emiliano Pérez Cruz, así como de mis amigas Ana Karen Figueroa y Venecia León.

En un principio las alumnas no sabían realmente las intenciones de la propuesta artística; me miraban con desconfianza, con recelo; el silencio era su principal coraza. Yo, dándoles libros, hojas blancas y lápices a las adolescentes para que sus imaginaciones se convirtieran en palabras. A medida que han pasado las semanas me reciben con gusto, (al menos eso creo, eso siento), porque lo que al principio era recelo, ahora se ha convertido en confianza, sobre todo porque han captado la intención del proyecto de que puedan manifestarse en formas artísticas y, lo que al principio eran balbuceos o trastabilleos, ahora se ha convertido, poco a poco, en una seguridad de poder expresarse a través de palabras, voces. Espontáneamente, a veces dibujan, cantan, bailan, actúan o improvisan letras de rap. Es una experiencia única donde las seis adolescentes, internadas por diversos delitos, tienen la oportunidad de conectar el lápiz con sus corazones y mentes para expresarnos sus mundos interiores: la separación dolorosa de sus hijas e hijo, las muertes violentas de amigos, la nostalgia de las reuniones familiares, la separación de sus amantes, pero también la esperanza de salir a las calles nuevamente, ir a la playa, las fiestas con sus compas del barrio, besar a sus familias, abrazar a sus hijas, madres y hermanos.  

A partir de poemas y breves cuentos de Ámbar Past, Pablo Neruda, Elena Jordana y Guillermo Samperio, entre otros, ellas han realizado ejercicios de escritura continuando los textos, imitándolos o respondiéndoles. Han escrito poemas, cartas, breves cuentos y crónicas, incluso canciones y poemas que ya habían escrito mentalmente, pues poseer libros, papeles o lápices están prohibidos para ellas. Hacen correcciones con mi ayuda o entre ellas mismas. Aceptan sugerencias. Se divierten aunque a veces lloran en silencio mientras escriben. En cada sesión sus vestimentas grises se vuelven multicolores mientras escriben sobre las hojas de papel, su alegría es libre a pesar de las rejas que las rodean, sus risas blancas van más allá de las serpentinas de púas; sin darse cuenta, de sus espaldas brotan alas de tersas plumas. (Debo agregar que algunas de las mujeres policías, o custodias, también participan, a veces leyendo, llevándose un libro, escuchando los textos e incluso opinando sobre los escritos de las internas.)

Sería injusto y falso decir que las estoy convirtiendo en artistas cuando la intención nunca ha sido ésa, sino darles, a través de ciertos conceptos, informaciones y técnicas, la posibilidad de poder expresar ese tumulto de concepciones y visiones que tienen acerca de sus propias vidas, brindarles la opción de darle un sentido a sus experiencias para que recapaciten, a través de sus expresiones, sobre las acciones que las ha llevado a delinquir y estar aquí encerradas, y que a los actos negativos hay que darle vuelta a la página. Algunas de las internas han adquirido la confianza como para mostrar sus habilidades para manejar palabras, para manifestar sus pensares y sentires; otros no tanto, ya por temor, ya por inseguridad, pero insisten. Les aviso que estoy preparando un librito con lo que han escrito, que tendrán ejemplares para ellas y sus familias, para que quede un testimonio de sus corazones encarnados en palabras. Ellas brincan y gritan felices y me abrazan. Quedo despalabrado.

Llevo con ellas ya seis semanas de taller. Después de cada sesión de dos horas me despido mientras ellas casi siempre lo hacen con un agradecimiento verbal, con sus miradas, con un sencillo apretón de manos o una ligera reverencia; incluso me han regalado sus corazones y flores de papel, poemas y sus sonrisas. A veces me llevo los trabajos realizados para revisarlos y hacerles comentarios y sugerencias para la próxima sesión, pero siempre me queda esa sensación de agobiante tristeza porque yo, que ahora repito el proceso de cruzar las puertas enrrejadas, pero a la inversa, salgo del Centro de Tratamiento para Adolescentes hacia el estacionamiento y me quito la bata, saco las llaves y prendo el carro para ir a casa, hacia la libertad de una ciudad invisiblemente amurallada por la inseguridad y la violencia.

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Después de 24 sesiones, finalizo el taller de escritura creativa con las muchachitas del ‘Centro de Tratamiento para Adolescentes de Tijuana’ con estas palabras:

 

“No voy  a extrañar
el firmar de entrada y salida del centro de detención,
el golpeteo de las puertas de fierro y sus candados,
las revisiones exhaustivas y los toqueteos corporales,
la supervisión de oficiales uniformados y con armas,
los cercos electrificados y las serpentinas de púas
ni los uniformes grises ni las manos tras las espaldas.
Sí voy a extrañar
la abundante cabellera y la risa contagiosa de ‘La Bosick’,
los dibujos de colores y el silencio guardado de ‘La Kenssy’,
las suaves carrillas y los cantos en alta voz de ‘La Beibi’,
los infinitos lápices rotos y los ojos verdes de ‘La Leiri’,
las historias de la hablantina y risueña de ‘La Gee-Gee’
y la maternal calma y dulzura en la mirada de ‘La Barbie’.

 

A ellas les agradezco eternamente por enseñarme el valor de la libertad.

Roberto Castillo Udiarte, - Palabras mayores de las seis menores

 

el róber castillo
playas de Tijuana
invierno 2015-2016

 

C O N T I N U A R Á

 

Palabras mayores de las seis menores, Textos del taller de creación literaria de las internas del Centro de Tratamiento para Adolescentes en Tijuana, 2015/16. Roberto Castillo Udiarte y Tico Orozco (coordinadores). El libro fue originalmente editado por Casa de las Ideas y Tijuana Innovadora (2016), y es publicado en entregas por Tachas gracias a la cortesía de Roberto Castillo Udiarte. Esperemos que cunda el ejemplo y sigamos creyendo en crear.

 

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Roberto Castillo Udiarte
(Tecate, 1951) es un poeta y narrador bajacaliforniano. Dos de sus temas recurrentes son los cuervos y el rock’n’roll. Ha sido llamado el Padrino de la contracultura tijuanense. Entre sus libros de poesía se cuentan Blues cola de lagarto (ganador del Premio Nacional de Poesía en 1984), Cartografía del alma (1987), Nuestras vidas son otras (1994), La pasión de Angélica según el Johnny Tecate (1996) y Elamoroso Guaguagá (2002); ha escrito ficción también, como en Pequeño bestiario y otras miniaturas (1982) y Arrimitos o los pequeños mundos en tu piel (1992). Entre sus textos más importantes sobre rock’n’roll se cuenta la antología Banquete de pordioseros: menú rockero para compas y compitas (1999). Es también traductor, especialmente de la obra de Charles Bukowski.

 

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Francisco “Tico” Orozco
(Tijuana) es promotor cultural de a de veras. Cree en la música, la radio comunitaria, la poesía, el cine, las artes. Es fundador de Casa de las Ideas.

 

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