Imprimir

Los motivos del Apocalípsis. Sobre la novela «La razón del mal» de Rafael Argullol

Rafael Cisneros | 01 de octubre de 2016

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

Rafael Cisneros

 

Los mundos apocalípticos son moralistas. Nada nuevo ni de extrañarse. Todo apocalipsis en la narrativa busca la exhumación moral de las sociedades. Por mucho que aparentemos a los zombis entre algún humorístico orgullo y prejuicio, el meollo dirigirá sus tripas hacia una sociedad consciente de su destrucción a través de sí misma. El hombre destruirá al hombre, no el misterio natural; seremos nosotros quienes haremos del meteorito que nos extinguirá, todo a través de nuestro desapego con la empatía, las preguntas abiertas y la casualidad universal.

En materia de caos social, uno de los ejemplos más afamados es sin duda José Saramago, cuyos mensajes implícitos en la extraordinaria situación en sí no requieren de proezas educativas ni obviedades moralistas, sino un desarrollo de situaciones de constante atmósfera a través de un lenguaje que, lejos de ser vanguardista, proporciona la cruda autenticidad de incidentes fuera de control, brindando al lector la aceleración de un infortunio al tiempo que reflexiona respecto a las decisiones de los personajes y el rumbo de la trama. Cada una de sus novelas se lee a modo de película, cada aceleración es una escena, cada descripción la perfecta utilería que complementa la atmósfera y ahonda en el problema.

¿Pero qué sucede cuando la situación no provee mensajes específicos… o siquiera un problema específico? ¿Qué pasa cuando el incidente fuera de control queda indescriptible para insatisfacción del lector que siempre anda deseoso de respuestas, aunque sean en circunstancias de desconocida gravedad? El misterio de una perdición segura se convierte en un modo de vida al cual resignarse y hacer lo que jamás debiera hacerse en una historia que busca enganchar la disposición del lector: la espera al fin.

Situaciones de este calibre se plantean en “La razón del mal” [[1]]. Obra contemporánea de los ensayos novelescos de Saramago (el de la Ceguera y la Lucidez), el caos civil que plantea Rafael Argullol se vierte en situaciones similares a las del «común apocalipsis literario», a través del misterio: el percance es casi instantáneo y se esparce en lo que pareciera ser un proceso calculador, como un trámite severo y determinado. La claustrofobia y el pánico (ambos elementos obligatorios) cobran vidas como en una gran fumigación, y las multitudes se dispersan entre el enclaustramiento y la muerte. Pero de entre estos factores, surge uno de especial interés: la carencia misma del interés, la indiferencia de los civiles que conlleva a las revueltas y la división de sectores. Al parecer no solamente el odio provee mallas separatistas.

Aunque la trama siga a una tríada de personajes específicos y un romance con seguimiento pictórico (ese final alternativo para Orfeo y Eurídice con sus escenas de exhalación entre almohadas de amor), el apocalipsis de la novela se desarrolla a partir de pesados párrafos que proveen generalidad en cada pequeño avance. De repente el caos de meses es descrito en la sagacidad de un par de líneas. En comparación [[2]] con los ritmos de Saramago, el enclaustramiento es mucho más notorio cuando las descripciones alargan la situación. Se detallan a ritmo de prosa poética los percances y cada vez vamos ahondando en la oscuridad. La prosa poética de Rafael Argullol desciende a través de lo que parecieran ser sumarios médicos, como enlistando en la mesa de autopsias los puntos cúspide de la destrucción: la belleza de nuestra aniquilación.

A lo largo de la novela, vemos descripciones como la cautela del respeto, la igualdad en la amenaza, la piel de la ciudad, la bonanza del clima, el frío de los corazones, la semilla de la desconfianza, el rico abono de la sospecha (aquí se da el inicio de toda pérdida), la comunión en el miedo, la tiranía de lo inseguro, la nostalgia de lo irrecuperable (aquí se halla el proceso mas no la razón del mal) o la exaltación de la intimidad [[3]]. “La razón del mal” se desliza como un desfile de títulos alineándose en las descripciones más exquisitas de los moldes castellanos, cada uno denotando afirmación, algo definitivo: la construcción del descenso, vertiéndose estricta como una ley absoluta, y esto es lo que forja una obra entusiasta de cada renglón.

Menos entusiastas son los personajes invisibles de la novela: la gente. Las multitudes vienen y van a merced de las descripciones, perdiéndose en el entramado de sus dilemas y acciones, dando la impresión de que las consecuencia se tornan más inevitables y, por tanto, más fáciles de asimilar. Probablemente la inflexibilidad de algunos yazca en un punto específico de la trama, pero con los protagonistas seleccionados no hay cabida para otro más, el resto se vuelve solamente el montón. Esta banalidad de la multitud es poderosa, ya que la exploración de la debida causa del mal se vuelve aún más inexplicable, los detalles se vuelven generalizaciones del común pánico del fin del mundo y, contrario a intentar descubrirla a través de moralidad, se transforma en una especie de sinfonía. No un accidente esperando a ocurrir, sino un poema aguardando su manifestación.

«Los hogares visitaban a sus envenenados, despreocupándose de su suerte. Nadie quería tener contacto con el mal [[4]] (…)».

En efecto, los mundos apocalípticos son moralistas, pero cuando el propósito no es develar sus motivos, sino manifestar su inevitable azar a través de la poesía, la moral no es más que otro mecanismo de defensa entre toda nuestra inutilidad por sobrevivir a algo mayor. La verdadera razón del mal no se revela ni entre líneas; se trata del apocalipsis en su estado de mayor plenitud, donde la causa y consecuencia es la misma: los seres humanos.

 

 

***
Rafael Cisneros (León, Guanajuato, 1988) es escritor y cinéfilo. Ha producido, dirigido y editado numerosos videos para publicidad, grupos pop y cortometrajes artísticos. Ha publicado, bajo varios seudónimos, numerosos cuentos.

 

 

[1] Argullol, Rafael, La razón del mal, Editorial El Acantilado, de la colección Narrativas del Acantilado No. 249, Barcelona, primera edición, enero 2015.

[2] Esta comparación no busca denotar un ganador, sino distintas perspectivas atmosféricas de eventos descontrolados, de tal manera que el lector identifique los estilos narrativos de la caída humana.

[3] De La razón del mal.

[4] Ídem. Página 76.

 

[Ir a la portada de Tachas 173]

Puede ver este artículo en la siguitente dirección /articulo/tachas-173/3/20161001212042032719.html


© 2019 Es lo Cotidiano

esloCotidiano | Las redes sociales son el periódico

Contacto: eslocotidiano@gmail.com
Colaboraciones para el suplemento semanal Tachas: tachas.eslocotidiano@gmail.com

Director General: Leopoldo Navarro