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Acústica de los féretros

Adrián García | 07 de Enero de 2017

Adrián García


A esa casa vieja y derruida llegué hace no más de tres meses. Sin trabajo y con un orgullo que me impedía regresar a la casa de mi padre a pesar de que el anciano había muerto hará unos dos años y medio y que mi madre necesitaba compañía, busqué empedernidamente una renta que se acomodara a mis escasas posibilidades económicas. Por suerte, Abril se había marchado con todo y su pequeño tumor rubio que había perdido toda gracia con el primer diente de leche. La casa era enorme. Las paredes olían a humedad y rezumaban salitre por toda cuarteadura. La pintura flotaba sobre los muros, la más leve brisa la arrancaba como costra. En los rincones más oscuros crecía el musgo. A pesar de todas las ventanas que la construcción tenía con acomodo respecto a los puntos cardinales, hacía sombría. Pese a todo era una ganga. Además de estar amueblada y que contaba con todos los servicios, tenía un piano. Me gusta tocar el piano.

Por las mañanas salía a buscar trabajo, algo ligero que me permitiera pagar puntualmente la renta y comer decentemente, no quería mayores responsabilidades. Por la tarde leía y tocaba el piano. Mención aparte requiere el instrumento: la tapa estaba clavada al cuerpo, por lo que no podía abrirse para ver la maquinaria. Esto dificultaría su ulterior afinación, además de que me era imposible saber por qué sonaba más como un clavecín barroco que como un piano moderno. Sinceramente esto no me molestaba, el timbre del clavecín me hace fluir, a Abril le daba migraña.

Cumpliéndose el primer mes, el casero fue puntual a cobrar la renta. Le mencioné la tapa cerrada del piano, me dijo que su abuela, la dueña original del instrumento, lo había cerrado de esa manera. Pregunté si podía abrirlo en dado caso de requerir afinarlo. No se desafina nunca, me contestó.

Esa noche la pasé en vela, escuché un monumental concierto para cello de Bryars y miré fijamente el teclado del piano. Pude notar leves pero inconfundibles movimientos en las teclas, como si algo se moviera dentro de la caja de resonancia. Estoy loco, pensé. Pero el movimiento era insistente, casi desesperado o tal vez un temblor si acaso, ya no lo podría distinguir, pero era claro que el teclado se movía.

Desperté a medio día con un fuerte dolor en el cuello y la boca seca, con un gusto metálico de sangre y humo. El teclado permanecía inmóvil. Tal vez el temblor fue cosa mía.

Esa noche, mientras bebía café y miraba fijamente las Pléyades en ese cielo limpio de nubes, escuché un ruido agudo y repentino como de cristal rompiéndose. Entré a la casa oscura sin más luz que el cigarro entre mis labios. Con un resplandor verde, enfermizo y fantasmal, brillaba todo. Las teclas del piano se movían levemente. Escuché un crujido en la planta alta y subí con sigilo la escalera, pensando cada movimiento y dibujándolo en mi mente para realizarlo con la mayor delicadeza posible. Peldaño por peldaño sentía en mi pie sus filos, apenas me sostenía lo suficiente para no resbalar, pero lo justo para impulsarme con violencia si era necesario arrojarme sobre alguien. Noté que en la puerta de mi habitación algo o alguien había dejado unas marcas de uñas muy profundas en la madera, la puerta era maciza y aun así los surcos casi la atravesaban.

 

Comencé a sentirme ansioso pero no hubo tiempo. Una tempestad de música emergió de lo oscuro, bajé y prendí la luz, el piano tocaba sin necesidad de manos una agitada y  demente melodía, aparentemente un caos de cuerda percutida pero yo sé que no: había lógica en la locura del piano y su habitante secreto. Corrí al vertedero donde hace unos días descubrí un hacha antigua. Arremetí con fuerza contra la tapa de madera, sin que el impacto menguara la diabólica música. Hizo falta un golpe más para destapar el instrumento. Lo que hallé ahí fue impactante. Una osamenta era culpable del insólito timbre del piano. La música macabra dejaba entrever patrones discernibles dentro de su desorden aparente, y no cesaba. Te dije que no se desafinaba. Volteé y vi a mi casero con el hacha.

Ahora estoy a oscuras en una caja acústica y espero que alguien me libere de esta mala tumba.

 

 

***
Adrián García Orozco, 26. Legalmente comunicólogo. Músico, pintor y animador stop-motion de vocación, que es lo que cuenta. También escribe a veces. Mascota: Schnauzer negra; músico: Johann Sebastian Bach; director: Jan Svankmajer; escritor: Julio Cortázar.

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