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Cigarettes and alcohol (Oasis, 1994)

José Luis Justes Amador | 19 de enero de 2020

Cigarettes and alcohol (Oasis, 1994)
Cigarettes and alcohol (Oasis, 1994)

José Luis Justes Amador

[Ir a 4’33” (John Milton Cage, Jr., 1952) ]

 

Isabel tenía razón. Lo importante no eran las clases de física teórica que daba en una universidad de mierda a alumnos a los que no les importaba una ídem lo que yo tuviera que decirles, salvo si iba a entrar en el examen. Y ese era mi único mérito en la vida. Si es que se le puede llamar mérito a un sueldo que apenas llegaba para pagar el crédito de infonavit, internet, netflix y la cuenta de la carnicería. Del resto se encargaba ella.

Necesitaba pensar y salí a la calle a fumar. También salí porque no quería volver a tener una conversación tan poco productiva como la que acabábamos de tener. Siempre que tengo que concentrarme o corregir exámenes o prepararlos o planear la clase o concentrarme sin más, fumo. La verdad es que cuando no, también.

Salí de casa, prendí un cigarro y me dirigí hacia la iglesia. No para rezar sino porque la otra salida de nuestra calle da a un terreno baldío y lo que meno necesitaba en aquel momento era encontrarme frente a la metáfora perfecta de una vida que Isabel había resumido apenas unos minutos antes.

Topé con la pared del templo. En otro tiempo quizá si hubiera entrado. Aunque sólo fuera para buscar silencio. Silencio para ordenar mis pensamientos. Para hacer una lista de posibilidades. Pero también podía hacerla mentalmente. Caminando.

Tiré el cigarro. Prendí otro.

Primero tenía que hacer una lista de lo que había hecho. Fuera del exiguo y apenas suficiente saldo del banco, que se agotaba al día siguiente de la quincena, Nada. Aspiré fuerte e intenté concentrarme. Algo tendría que haber. Del templo salía una canción que en otros tiempos había sido un gran éxito folk y que ahora tenía una letra absurda que hablaba de remos y de barcas y de amigos. Y de buscar.

Busqué en mis recuerdos mientras trataba de decidir si caminar hacia la derecha, de bajada, o la izquierda, de subida. No había hecho nada. Esa era la triste realidad de mi presente. De mi pasado. Y si no mejoraba, de mi futuro. Ni siquiera, pensé, podía cumplir con la propuesta de la sabiduría popular para ser un hombre de verdad. No había tenido un hijo. Ni lo tendría nunca, porque soy genéticamente estéril. El único árbol que había plantado en mi vida, en una de esas absurdas y fuera de horario campañas institucionales de reforestación, no superó el primer invierno ni la falta de riego. Porque cada uno tenía que ocuparse del retoño que había plantado. Y no era lo suficientemente buen físico como para escribir un libro. Ni siquiera de divulgación.

A la canción le había sustituido el rumor de los feligreses saliendo del último oficio del día. Yo seguí ahí, apoyado en la pared del templo, fumando el cuarto, o quizá quinto, cigarro de la tarde que en cuestión de minutos se había convertido en noche. Seguí pensando en nada. No exactamente en nada sino en la nada que era.

Ellos, los que acababan de ir a misa, sabían que tendrían algo, Algo con mayúsculas lo llamaban, cuando se murieran. Con la llegada de la oscuridad también había llegado el silencio del domingo en la noche en las colonias populares, indicativo del descanso necesario antes de empezar los días laborales. Y el frío.

Prendí el sexto y comencé a caminar. Hacia abajo, aunque supiera que luego tendría que hacerlo de subida. Me reí solo pensando en Heráclito. En el libro que podría escribir sobre la equivocada física de los griegos. Pero yo no era Pensrose ni Koestler. Ni siquiera Julieta Fierro.

De algún sitio —aunque sea domingo, siempre hay una fiesta en el vecindario- llegaba música alegre con letra triste. Si no fuera por el ritmo machacón, repetitivo y aburrido, hasta podrían resultar interesantes. Mi única relación con ese tipo de canciones, cuando la fiesta era cerca de casa, era estirar la cobija hasta cubrirme toda la cabeza esperando que el festejo terminara pronto.

Pero esta vez, como descubrí avanzando en mi camino hacia el sonido, no venía de una casa. Alguna vez le había dicho a Isabel que en nuestro rumbo, sobrepoblado de abarroterías, taquerías e internets públicos de teclados desvencijados y lentos, le faltaba un bar. O, al menos, una cantina.

Entré. En parte por conocerla y saber quién me había robado la idea y en parte para dejar de fumar, porque al paso que iba acabaría siendo un muerto pobre y de pulmones destrozados. Me senté en la mesita más alejada de la única bocina del lugar mal decorado con posters de taller mecánico y sombrerudos de trajes brillantes detrás de unos instrumentos enormes. Mientras, una mesera tan turgente como las modelos de los posters,  y con pinta de ser seguidora de los grupos, llenaba la mesa con todo tipo de botana salada de más, para obligar a beber a más velocidad de la habitual. Pedí un güisqui. Y una cerveza.

La banda sonora había cambiado de un viejo tema sobre hombres despechados intentando olvidar bebiendo, a un narcocorrido repetitivo sobre Sinaloa, la frontera y unos neumáticos rellenos de hierba mala y, para contrarrestarla, me di a la tarea de elaborar mentalmente una playlist para el lugar que yo debería haber abierto si hubiera tenido el dinero.

Llegaron las bebidas. La cerveza fría y el güisqui, aunque en más hielo del necesario, ardiente. Le di un sorbo a la botella y un trago al vaso y, como Watson y Crick en aquel pub junto al río Cam, tuve una revelación: lo único que tenía en mi vida era la música de mi cabeza. Iba a escribir un libro. Un libro con lo único que tenía: mi vida y su banda sonora. Y lo publicaría. Y me haría rico. Y famoso.

Aunque, para convencer Isabel de que yo servía de algo, me bastaba con ser rico. A ella eso de la fama no le pasado mucho nunca.

 

 


***
José Luis Justes Amador (España, 1969). Es filólogo con un posgrado en Cambridge sobre poesía inglesa contemporánea. Sus publicaciones más recientes son 99 (2019, UAA) y El poeta, enamorado, escucha 'The Velvet Underground and Nico' (2018, IMAC).

 

[Ir a 4’33” (John Milton Cage, Jr., 1952) ]



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