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Da 5 Bloods, Spike Lee

Joserra Ortiz | 13 de junio de 2020

Da 5 Bloods, Spike Lee
Da 5 Bloods, Spike Lee

Joserra Ortiz

Revolutionary suicide does not mean that I and my comrades have a death wish; it means just the opposite. We have such a strong desire to live with hope and human dignity that existence without them is impossible. When reactionary forces crush us, we must move against these forces, even at the risk of death. We will have to be driven out with a stick.
Huey Newton, Revolutionary Suicide

 

Esta no es una crítica cinematográfica, más bien la exposición de algunas reflexiones que me han quedado después de ver la película más reciente de Spike Lee, Da 5 Bloods, estrenada apenas el 12 de junio en la plataforma de streaming Netflix. Quien haya seguido la carrera cinematográfica del autor, encontrará en esta cinta las cualidades y calidades narrativas de sus mejores trabajos, así como una continuidad de los ejes temáticos que han fundamentado la tesis central de su carrera, desde su opera prima, She’s Gotta Have It (1986), y que finalmente se cimentaron a partir de Malcolm X (1992): la noción del libre albedrío, el problema cultural de las relaciones raciales, la convicción de que la sociedad contemporánea está edificada en la violencia y, entre otros, la crítica a la ética del “American Way”, todos conducentes a la reflexión política y beligerante sobre el racismo que ha relegado, empobrecido y abusado históricamente de la comunidad afroamericana desde tiempos de la Colonia. Indudablemente, por lo mismo, la película está siendo vista y seguirá siendo comentada a la luz de los hechos recientes—las llamadas George Floyd Protests—, y por supuesto no tan recientes, de brutalidad policial contra los negros, del abuso sistemático que han sufrido en el desarrollo de su país, así como el negacionismo histórico y político sobre la verdad e inhumanidad del racismo, en un país que se presenta ante la comunidad internacional como salvaguarda de las libertades y la democracia. En este sentido, el trabajo narrativo de Spike Lee, que se extiende por ya 35 años, siempre ha sido útil para reflexionar radicalmente, a partir de su enfoque local, una serie de realidades sociopolítcas e históricas universales.

Pensando en el hoy, vuelvo al sentido común para recordar que las crisis sirven para alumbrar revoluciones, pero no son la revolución en sí misma. No es sino hasta que se consumen las ruinas que puede edificarse nuevamente, sobre ellas, claro, o con sus restos, sin duda. Está por demás decir que 2020 nos ha dado varias dificultades globales que han reunido a países y continentes en una especie de Pangea de la adversidad, paralela y curiosamente tanto en la soledad obligada, como en la muchedumbre de la protesta pública. De entre estas crisis, la más evidente ha sido la pandemia causada por el covid-19, porque nos hizo cambiar instantáneamente nuestros comportamientos y rutinas, incluso aquellos en que ya convivíamos en la llamada “aldea global” y sus suburbiales redes sociales. La pienso un blitzkrieg contra nuestra habitualidad social. Es significativo que a partir de ese miedo primitivo, irracional e irrevocable que tenemos a la muerte, gran parte de la sociedad mundial ha entendido la debilidad de los pilares que sostienen nuestra modernidad más reciente —la que Zygmunt Bauman llamó líquida, y Lipovetsky hipermodernidad, por poner dos ejemplos.

Con lo anterior me refiero a esas estructuras que se relacionan con nuestra percepción de libertad y justicia, ahora vistas a la luz de la inviabilidad de continuar bajo el régimen de las instituciones actuales, desde las culturales hasta las simbólicas. Algunos lo aprendieron encerrados, otros llevan ya tiempo difundiéndolo, pacífica o violentamente, en las calles.

En el caso de autores como Spike Lee, este señalamiento lo han hecho desde el enfoque de la inteligencia: estudiando y divulgando esta necesidad innegable de deconstruir, no, más bien de destruir el sistema opresor. Sin duda debería considerársele como uno de los más importantes pensadores radicales de las últimas décadas, sin importar que su discurso se transmita a través del cine y no de la palabra escrita. Sus reflexiones las hace evidentes en casi todas sus películas, aludiendo literal o simbólicamente a una tradición intelectual muy precisa y que hasta hace muy poco permanecía negada y oculta del gran relato historicista norteamericano: la centralidad de la comunidad negra en la construcción de América y el pensamiento afroamericano del siglo XX. Si el lema desde hace ya años de las protestas raciales en Estados Unidos es “Black Lives Matter”, no sólo es en referencia a los asesinatos racistas que sufren todos los días, sino al reconocimiento de su existencia como una raza (qué espantosa palabra) que desde siempre ha sido invisibilizada culturalmente. Baste decir que el “Black History Month”, la primera conmemoración intelectual y educativa enfocada a una minoría desplazada e ignorada, no se llevó a cabo por primera vez sino hasta 1970, y que hoy no todas las universidades norteamericanas la observan cabalmente.

Si focalizamos el trabajo de Lee hacia otras realidades de opresión en el mundo, también podemos ver que su preocupación consiste en consolidar una particular ideología política radical, encaminada al reconocimiento de los olvidados, o más bien, de los desechables. Algo que admiro de su trabajo es que es intelectual y narrativamente muy posmoderno, y que triangula entre el culto, la necesidad comercial y la melancolía. Sus referencias, por ejemplo las utilizadas en Da 5 Bloods, van de Muhammad Ali o Marvin Gaye, hasta los infaltables Malcolm X y el Dr. Martin Luther King. Sucede que, como más recientemente vimos en su BlacKkKlansman (2018), su intención es demostrar que la resistencia negra contra su propio país surge del desapego hacia una nación que no los siente ni los quiere como propios. Y ahí están, desde el inicio de la película el recuerdo vivo no sólo de los personajes mencionados, sino también Tommie Smith y John Carlos (los medallistas olímpicos que levantaron el puño enguantado en las olimpiadas de 1968), Angela Davis (una de las más importantes marxistas y feministas del siglo pasado), Kwama Ture (el “inventor” de la frase “Black Power”), Crispuss Attucks (el primer negro asesinado por los ingleses en la guerra de independencia), así como diversas protestas antirracistas, algunas terminadas en masacres, entre 1967 y la segunda década del siglo XXI. Todo esto indica, y a la luz de saber que la cinta se rodó en 2019, que no es coincidencia su estreno justo en este momento, porque Lee explica así de rápido que la suerte de los negros nunca ha cambiado, y que siempre ha llevado a lo mismo, por más que quieran ser adoptados, más que adaptarse, por el sistema. De hecho, fuera de cualquier tono de buen humor, Paul —sin duda el personaje central de la película- confiesa haber votado por Donald Trump y, en su nacionalismo exacerbado, lleva la simbólica gorra roja del “Make America Great Again”, a la vez que está consciente de que entre los cuatro amigos, él es al que ha tratado peor su país.

En el sentido de estas referencias que consiguen el pastiche visualmente hiperviolento de Da 5 Bloods, hay dos que me interesan especialmente. La primera tiene que ver con la intertextualidad. Spike Lee, como Tarantino o Rodríguez, no niega nunca las influencias cinematográficas que han alimentado su imaginación. Por ejemplo, durante las primeras dos escenas de la película conocemos a los cuatro personajes (Paul, Otis, Eddie y Melvin), veteranos de la guerra de Vietnam y que en el tiempo presente regresan para buscar los restos del líder de su tropa (los Bloods, de ahí el título): Stormin’ Norm, muerto en batalla y al que habían prometido enterrar en suelo americano. Este personaje está escrito y desarrollado espectacularmente. Además de líder de tropa, es una especie de guía moral y líder intelectual, cuyas ideas son muy cercanas a las del Dr. Huey Newton, fundador del Black Panther Party, revolucionario maoísta y marxista asesinado en 1989 y autor de uno de los libros más influyentes en la historia de los movimientos por la reivindicación de los derechos humanos de los afroamericanos: Revolutionary Suicide (1973). De hecho, en la única fotografía que conservan de Norm, se le ve sentado en una especie de trono hecho con palmeras y sosteniendo su rifle, muy parecida a la muy famosa de Newton en su gran silla de los Panteras negras. Por cierto, ¿será simple coincidencia que el actor que interpreta al superhéroe Black Panther esté aquí en un personaje muy cercano al partido político del mismo nombre?

Sin embargo, pronto se descubre que hay un pretexto más lucrativo en ese viaje: la recuperación de un tesoro de guerra que dejaron escondido junto al cadáver, que recuerda vagamente la historia de Charade (1967), esa hermosa película protagonizada por Cary Grant y Audrey Hepburn. Igualmente se menciona literalmente el rencor norteamericano por haber perdido esa guerra, en los ejemplos de Rambo (1982), famosa por haber sido protagonizada por Sylvester Stallone, y la ahora más olvidada Missing in Action (1984), de Chuck Norris, películas indudablemente construidas en el discurso de la venganza y el espectáculo. Pero de entre todos estos intertextos cinematográficos, los más evidentes y reflexivos son los que hacen referencia a Apocalypse Now (1979), la obra maestra de Francis Ford Coppola, que sigue siendo la película más popular sobre ese conflicto bélico y anticomunista del sudeste asiático. El más reconocible es la entrada en escena de un helicóptero, aunque aquí sin la “Cabalgata de las Valquirias”; el otro, el título de la cinta en una pantalla detrás del DJ en un bar de moda, que parece no molestar a nadie. ¿Una burla a la gran derrota americana? Muy posible, ya que la cinta está llena de ellas.

Ideológicamente, Da 5 Bloods me parece coherente con los tiempos corrientes, coincidentemente con lo que nos viene ocurriendo en este 2020 a partir de la crisis del covid-19. Tomando a Spike Lee como un intelectual del presente, podemos ir entendiendo a lo largo de la trama que él está convencido de que no hay un mejor mañana si hoy no se supera el pasado. Pero, ¿cómo lograrlo? Pensemos en esto: la sola idea de saber que no es sino hasta que todo es escombro cuando es posible construir algo nuevo, nos ha conducido a una muy evidente reflexión sobre el futuro, aunque sea el más inmediato. Sin embargo, los conductores del pensamiento universal —políticos, economistas y medios masivos, ya sean los tradicionales o los propios del siglo XXI- han conseguido establecer en el consciente colectivo una pseudoverdad muy peligrosa: la idea de que pronto llegaremos a una “nueva normalidad”. Este oxímoron idiota no es metafórico, pero es igualmente absurdo. Si bien es cierto que esta crisis de salud es, como tantos otros, uno de los sucesos recientes que nos debería llevar a un nuevo paradigma existencial, me parece paradójico, o cuando menos irónico, que lo deseado sea regresar a la experiencia pasada y ya normalizada. De verdad es perniciosa esta pretensión de no aprovechar el momento y preferir retornar a nuestros comportamientos sociales, morales y culturales anteriores, que sólo podrían ser continuados porque lo establecido, lo normalizado, no se renueva.

La manera en que Lee narra esta noción es artísticamente bellísima. La trama se divide en dos líneas temporales: una sucede en las selvas vietnamitas en el año 1968, la otra en el presente. A éstas hay que sumar el macrotexto político elaborado con el footage de las referencias históricas y una serie de interrupciones que muestran a una conductora de radio que parece dirigirse exclusivamente a ellos (¿sería ya muy exagerado pensar en esto como una referencia a Vanising Point?). Lo más interesante es que en este ingenio estructural, cuando la trama se remonta a 1968, son los mismos actores viejos del presente quienes aparecen junto a Stormin’ Norm, quien por supuesto no ha envejecido porque está muerto. El simbolismo es claro: estos cuatro veteranos no han dejado la guerra, la han vivido todos los años posteriores, en su corazón y en sus múltiples traumas siguen encadenados a la selva, a Vietnam. Es muy revelador que es en esa juventud soldadesca, los cinco afroamericanos hermanados por el conflicto bélico, razonen que ellos han sido siempre la carne de cañón en las guerras con que Norteamérica pretende otorgar paz, justicia y libertad a otras naciones, mientras que todo eso les es negado a ellos, a los negros, en su propio país. De ahí que como veteranos vivan doblemente traumados: no sólo por lo vivido como soldados, sino además por lo que han vivido como americanos de segunda categoría. Invisibles, como el protagonista de esa gran novela de Ralph Ellison.

En más de un sentido, Da 5 Bloods es una película sobre los traumas y las cicatrices del pasado que el presente no han podido curar. También una fábula sobre la fragilidad de la amistad, y una metáfora del miedo y el resquebrajamiento del ser humano. Se ve en cada uno de los personajes protagonistas y sus historias individuales, así como en el recuerdo colectivo del muerto que no han dejado ir, tal vez porque les recuerda su juventud en la que todavía había esperanza para los negros (lo llegan a comparar con Martin Luther King).

Por supuesto que Lee no es nada sutil en tratar este tema y ni siquiera exhibe la aventura de estos veteranos como una metáfora. Las referencias ya dichas, los diálogos y discursos pronunciados por los personajes, hacen muy evidente que el mensaje es éste: qué futuro puede esperarnos, si el presente no ha dejado de ser el pasado. Así, creo, ésta es una película también sobre la angustia, porque la angustia es ese sentimiento de impotencia de vivir el presente, cuando sólo se piensa en el futuro, sin haber abandonado el ayer. Situar la historia de esta cinta, una que se puede contar en cualquier contexto, en la Guerra de Vietnam (la Guerra Americana la llaman los vietnamitas), no es nada gratuito. Es el evento más traumático para una nación que se ha construido a través y a partir del belicismo. Es la cicatriz latente de una economía que, a pesar de haber ganado la Guerra Fría, no consiguió erradicar todos los comunismos, y, para autores como Lee, el ejemplo ideal para explorar el sentimiento de culpa que Norteamérica debería sentir por el cinismo con que trata a “los otros”, ya sea allende sus fronteras o en sus propios barrios. Para exhibir estas tesis no hay otra forma que hacerlo desde una discursividad violenta, supongo que porque toda revolución es una respuesta violenta a la crisis de la que proviene. Parafraseando a Huey Newton, “todos los negros y las negras que rechazan vivir bajo la opresión son peligrosos para la sociedad blanca, porque se convierten en símbolos de esperanza para sus hermanos y sus hermanos, y los inspiran a seguir su ejemplo”. La normalidad histórica de la negritud americana ha sido la opresión, el abandono y la violencia, la desesperanza. Ojalá que muy pronto a ellos y a todos los oprimidos no les den una “nueva normalidad”, sino un mundo verdaderamente nuevo, completamente nuevo. Pero para eso, en palabras de Malcolm X, tiene que haber un choque entre los oprimidos y los opresores. Tiene que haber un enfrentamiento entre quienes quieren libertad, justicia e igualdad para todos, y quienes desean continuar con los sistemas de explotación.

 

Notas para valorar la parcialidad de esta reseña: Por supuesto que no conozco a Spike Lee y rara vez escribo sobre cine o en la inmediatez de la lectura. Mi interés por los estudios negros surgió en el contexto académico de mi posgrado, donde había un departamento muy rico en mentes inteligentes y una conciencia general de aceptar su pasado esclavista y trabajar para que nunca algo así se olvide.

 

(Da 5 Bloods. Dir. Spike Lee. 40 Acre and a Mule Filmworks, Netflix Originals, 2020, Filme).
 

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Joserra Ortiz (SLP, 1981), es Doctor y Maestro en Estudios Hispánicos por Brown University, y hoy es Investigador en la UASLP. Ha publicado el libro de cuentos Los días con Mona (FETA) y la novela breve La conquista del Monte de Venus (Abismos), además de coordinar la antología El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (FETA); igualmente aparece en una docena de antologías. En colaboración con Julio Ortega publicó la antología Nuevo Cuento Latinoamericano (Marenostrum), y en 2002 fundó y dirigió hasta 2017 las Jornadas de detectives y astronautas para la Feria Internacional del Libro de Monterrey, primer encuentro nacional de escritores no canónicos en México. Dirige el Laboratorio creativo para cuentistas de su ciudad natal, del que recientemente surgió la antieditorial Eme. Nomás que se acabe la pandemia, publicará el chapbook Primero de abril y, ojalá, el resto de los que tenía en fila.


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