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Diarios del Aburrimiento

Juan Mendoza | 21 de julio de 2019

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Juan Mendoza

Cuando tenía seis años mis padres contrataron servicios profesionales de albañilería para que edificaran dos cuartos: un antecomedor y arriba el estudio de mi padre. Durante algunos meses el patio, que resultaba ser mi área de juegos, se convirtió en un hábitat de ladrillos, bultos de cemento, mezcla, varillas y demás material de obra negra. De repente detenía los juegos donde mis muñecos libraban una batalla en el desierto, o en un planeta hostil, me paraba en medio del patio observando la construcción por unos minutos  y decía, moviendo las manos como si clamara una poesía: “Ésta es mi casa: huele a veneno” y continuaba con mis juegos para repetir la acción a las diez minutos. O es lo que me cuentan, la neta es que yo no recuerdo nada.     

Treinta años después soy yo quien tiene que buscar servicios de albañilería. Ojalá para realizar un cuarto dónde acomodar mis discos y libros; pero no, es para arreglar el techo del cuarto, ya que durante ocho años que hemos habitado ahí como feliz matrimonio sin hijos, la lluvia ha mermado el techo y las cuarteaduras visibles connotaban el peligro de caerse a pedazos. Tampoco fui yo quien buscó los servicios. Como siempre: fue mi hermosa y amada esposa. Le costó un buen tiempo encontrar a algún artesano de la construcción bueno, bonito y barato. El primero nos dio baje con dosmil pesos de adelanto. Lo buscamos en su local, en su casa, incluso levantamos una denuncia a Profeco y mi Amada Wife fue a los tres citatorios, no así el alba. Al cuarto, dijeron, que aplicaba demanda y que teníamos que contratar un abogado. Nos cobraría cinco mil pesos por tomar el caso, y el 30% en caso de recuperar algo. El alba se cambió de la casa que rentaba, Mi Wife se decepcionó y dejó de buscar un par de meses. La grieta y cuarteaduras del techo seguían creciendo. Días atrás me mostró una cotización. Había decidido que además de arreglar el techo, iban a botar la ventana y a quitar la herrería del pequeño balcón para hacer una extensión al cuarto. Esto sería para el siguiente fin de semana. El viernes, después del trabajo, tuve que mudar los cosas del dormitorio a mi estudio, o cuarto de servicio, cómo lo llama mi esposa, y que es dónde están tres libreros repletos, un espacio para colocar una laptop y enseres domésticos. Nuestra casa es pequeña, un hogar de Infonavit con las paredes de cartón que se resiente cuando un vecino tiene fiesta, y ni siquiera es nuestra, nos la presta mi madre. Con muchos pedos entró la cama. La ropa la tuve que meter en bolsas de plástico para basura que quedaron amontonadas entre la cocina y el comedor y la pantalla plana quedó recargada mero en medio de la sala. Para el domingo en la tarde nuestra habitación tenía un enorme hueco que daba a la calle, y montones de material de construcción se apilaban en nuestro pequeño patio. Lo que supuestamente iba durar tres días se había alargado ya sus buenas dos semanas, porque el albañil trabajaba de 11 am a 4 pm con sus respectiva hora y media de comida; los viernes sale temprano, a la 1 pm, y los fines de semana no trabajaba. Eso sí, a diario exige un adelanto del pago. Resulta ya un martirio buscar mudas en las bolsas negras, pues ya no sabemos cuál pertenece a quién, y se han comenzado a mezclar la ropa sucia con la limpia; los enseres de belleza de mi esposa siguen desaparecidos, lo mismo nuestros zapatos, calcetines, desodorantes, y no para de reclamarme cada que puede. La casa está polvosa y huele raro. Incluso el camión de la basura ha dejado de pasar y ésta se acumula en el patio, con el cascajo. El hoyo que da a la calle, y que está cubierto tan sólo con un ligero plástico, me tiene con miedo y paranoia. Cualquier ladrón inexperto puede reptar fácilmente gracias al andamio colocado por el valiente trabajador de la construcción, y entrar a saquear a sus anchas. Cada noche pongo candado a la puerta de entrada y me caga de risa lo ridículo que resulta esa medida de seguridad. Por cuestiones de logística, sobre todo, porque los horarios de nuestros trabajos no coinciden, el albañil tiene la llave de entrada en su poder. Veo a mi amada esposa con una cara de fastidio que cada día intenta esconder menos, y me convenzo que el matrimonio no es caminar lado a lado con la mirada al mismo lugar en busca de metas comunes con la persona que más amas en la vida. Lidiar con la paranoia, el asco, la depresión, el hartazgo e intentar no echarle la culpa a tu pareja por todos los males que te aquejan, es de lo que se trata el matrimonio. Intentamos tener la mayor de la paciencia y nos reímos mucho de nosotros mismos. Vivimos en la ignominia, repetimos al mismo tiempo, y soltamos la carcajada. Cada día llego del trabajo, eludo bultos de arena, cascajo y basura. Abro el candado de entrada, cuya cerradura se ha oxidado, y cuesta trabajo dar vuelta a la llave; miro fijamente el hueco, pensando que podría entrar con mayor facilidad por ahí.

Pero es necesario. Un cambio necesario e inevitable. A veces, en la madrugada, salgo a fumar, sentado en un bulto de cal. Mirando la luna recuerdo a la Nueva Secretaria de la Dirección. Una veinteañera con estética Punk. La he escuchado hablar con los jóvenes auxiliares contables. En un par de ocasiones hemos coincidido en la fonda en la esquina de la oficina. La última vez compartimos impresiones del concierto de GBH en Querétaro. Se sorprendió de que hubiera asistido. Quería decirle que el portazo a medio concierto y el robo con violencia que sufrió la barra chelera no se compara a dormir apretados entre ropa sucia sin poder dar con tus enseres básicos de limpieza y con un hoyo en el cuarto donde se cuela el puto frío a las dos de la mañana. Sé que este tipo de cosas son las que no entiende. Quizá nunca lo haga. Es por eso que nunca podré tenerla de amante.

Ésta es mi casa. Huele a veneno.

 




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Juan Mendoza (Naucalpan, 1978) es autor del libro de cuentos Anoche Caminé con un Zombi  (Verso Destierro. 2011) y las novelas Ya Puedes Olvidarlo… (Generación. 2014) El Show del Corazón Sangrante (Vodevil. 2016) y Mi Reflejo en una Montaña Cubierta de Nieve (Nitro/Press 2017), asimismo participó en las antologías Sangrar Para Narrar (Ed. Cisnegro 2016) Outsiders: Homenaje a la Tristeza (La Sangre de las Musas 2015), Esto es Rock101 (Edición Independiente), Lados B 2017. Narrativa de Alto Riesgo  (Nitro/Press 2018) ha colaborado en diversos fanzines y revistas, impresas y electrónicas, de CDMX, Cuernavaca, León, Morelia y Tijuana. Trabajó en la redacción de la revista Generación como todólogo y barman. Es tecladista y cantante de la banda de rock Undercover y co-organizador del Festival de cultura subterránea Undergrasa Fest. Dedica mucho de su poco tiempo libre en recolectar historias en cantinas peligrosas y bares sin salida de emergencia de todos los estados de la República. A la fecha, sólo le falta conocer algún tugurio de Tlaxcala.

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