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Como dijo San Agustín, ni me pregunten por el tiempo

Federico Urtaza | 04 de diciembre de 2016

Federico Urtaza

¿Recuerda alguno de los lectores cuando había cine de “segunda pasada” (lo que no les impedía también exhibir estrenos)? No, no creo, supongo que un gran número de los asiduos a estos espacios son jovencísimos (digo, para mí lo son todavía quienes ya cumplieron 40 y algo).

La bendición que esos cines y usos anunciaba en las carteleras era la de poder ver de  nuevo películas que acaso se nos escaparon o, mejor, que bien podíamos (hasta el día de hoy) ver una y otra vez; sí, claro, con los VHS y los DVD y youtube, netflix y similares, tenemos a disposición películas que probablemente no vuelvan a la pantalla grande… Mucho se pierde por eso; el mundo del cine se nos está limitando al tamaño de una pantalla de tele o de compu, cuando no de celular.

Pero bueno, peor es nada. Con las desventajas que resultan al ver películas en casa (equiparables a los cortes comerciales, acaso igual de ruidosos cuando ronda el nietecillo), a falta de esos añorados cines de segunda pasada, me atengo a lo que hay y ahí he descubierto o reencontrado tesoros y hasta basura que merece ser revuelta para encontrar, con nuevos ojos, algunas pepitas de oro del quehacer cinematográfico.

Como soy fan de la ciencia ficción, he visto cada cosa que hasta hace ver las producciones del canal Scy Fy como obras magníficas… Pero tienen su encanto, incluso aquella de Clavillazo con Buster Keaton, la del Piporro y los monstruos, la de Lorena Velázquez y creo que David Reynoso… O las de arañas gigantescas, la cabeza de mujer sin cuerpo, la mujer sin rostro…

Mmmm, ya basta de nostalgia; me gusta más el concepto de saudade, como que es más y menos que la nostalgia, es la añoranza de esas maravillas mínimas de la vida que nos hacen sentir agradecidos de seguir viviendo.

Es saudade lo que siento cuando termino de ver películas que me encantan o libros que me atrapan y no me sueltan; es saudade lo que siento cuando veo un rostro o un paisaje o sueño un sueño en donde reconozco una pintura que se me quedó impresa en la memoria, también me sucede cuando escucho un rechinido o un suspiro y me reviven una melodía.

El sábado volví a ver Interstellar de Christopher Nolan; confieso que he visto películas que me han impactado mucho más, pero para mí esta tuvo un encanto particular: encontrar que la idea del poeta Paul Eluard de que hay muchos mundos y que están en este es un tópico de la física actual (que ya se había intuido lo mismo por científicos que por místicos y hasta filósofos), también sirve como pieza clave en un juego de imaginar al modo de “¿Qué tal si…?”

Me interesa y me encanta leer textos de ciencia, lo que no me hace científico, sino apenas me sirve para alimentar al curiosillo que sigue en mí. Así, no podría juzgar de manera competente si esa película o cualquier otra de ciencia ficción observa o no las leyes de la naturaleza; es más, no me importa si la historia funciona, incluso cuando recurre al Deus ex machina (que en buen mexicano es “sacado de la manga”); yo no espero del cine, ni de ningún arte La Realidad, espero que me sirva para verla mejor.

El asunto es que si el fondo de la historia es “Nunca rompas tus promesas, en especial cuando las haces a tus hijos”, la trama de Interstellar se presta ni más ni menos para que, a fin de cuentas, Cooper, un ex astronauta, recupere su sueño, salve a la humanidad y cumpla con su hija.

Otro detalle que se me había pasado y que me pareció digno de mencionar ahora es cómo los guionistas y los directores que a veces fungen como coescritores se animan a rescatar sus lecturas, no nada más sus experiencias cinéfilas o de artes plásticas o música, para nutrir las historias que nos quieren contar.

Sería farragoso para el lector (y muuuuy pedante de parte mía), referir los libros que están en el trasfondo de la historia (y en el librero, por supuesto), pero me aventuro a enfatizar una presencia que recupera un debate muy serio sobre la supervivencia de la especie humana.

Hay dos obras de Thomas Malthus que asoman la cabecita entre la polvareda que invade la Tierra de Interstellar: una es la que señala los males que acarrea la sobrepoblación y la otra la que detalla los efectos del precio del maíz. Uno de los pretextos de la película es que se ha llegado a una tal demanda de maíz en la Tierra que todo mundo se ha convertido en agricultor y, tarde o temprano como suele pasar, se agota la tierra. Digamos que sirve de paralelo ante la explotación de otros recursos naturales, en especial cuando se ha mencionado que el aceite de cocina puede ser un buen sustituto del petróleo como combustible.

Pero aunque seamos tantos como piojos en cama de hotel de mala muerte, siempre hay esperanza, gracias a la voluntad de sobrevivir, los avances de las ciencias y las tecnologías… y la inquebrantable voluntad de cumplir una promesa.

Quien como padre, como lo soy, ha hecho una promesa a sus hijos, sabe lo terrible que puede ser ya no digo dejar de cumplirla, sino apenas dar a entender que en una de esas uno falla; hemos pasado por esas y cómo cuesta recuperar la confianza, aunque sea de manera tardía, como en Interstellar: donde hay voluntad, empeño, compromiso, se nota, aunque a ratos no se note tanto.

Y esto y más es lo que uno puede hallar en una película, si se aplica.

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