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Discos cincuentones, 1966

Fernando Cuevas de la Garza | 01 de enero de 2016

Fernando Cuevas de la Garza

Durante 1966, la música popular continuó expandiendo horizontes y regalando obras esenciales que siguen siendo un referente ineludible para entender y disfrutar el desarrollo de diversos géneros, cada vez más imbricados y produciendo resultados sorprendentes. Empezamos el recorrido-homenaje por los discos que cumplen cincuenta años sin un solo achaque.

 

Las cumbres

Se trata de tres discos que marcaron para siempre la historia del rock. Aparecen entre los diez mejores álbumes de la historia según las revistas Mojo, Rolling Stone, Uncut, Rockdelux y muchas más. Su trascendencia se palpa en diversas propuestas surgidas apenas ayer y al escucharlos uno entiende el concepto de clásico y, desde luego, el de innovación. Echémosle una oída.

Famosa es la reacción de Mike Love cuando escuchó las canciones en las que Brian Wilson había trabajado: “¿Quién va a escuchar esta basura? ¿Las orejas de un perro?” El título de Pet Sounds estaba dado y guiados por el hermano mayor, The Beach Boys presentaban, ante desconcierto de propios y extraños, su obra maestra que terminó inspirando al Sargento pimienta de The Beatles, después de haber sido influidos, paradójicamente, por el Rubber Soul. De paso, contribuyó a elevar significativamente el nivel de madurez del pop, en tiempos de buenas vibras y cierta autocomplacencia playera.

En colaboración estrecha con Tony Asher, Wilson diseñó complejas estructuras armónicas de alcance sinfónico, sustentadas en instrumentaciones contrastantes y elusivos arreglos vocales que entonaban letras de mayor profundidad, cual emanación de una sensibilidad interior que pedía ser expresada. En efecto, solo Dios sabe cómo se pudo gestar una obra de semejante calibre y trascendencia que dejó mentalmente afectado a su creador, sabedor de que al final había una respuesta acaso en el ladrido conclusivo de la mascota.

Por su parte, The Beatles grabaron Revolver, álbum definitivo en su trayectoria que representó un paso adelante e irreversible desde la portada misma con ese icónico collage en blanco y negro. Destaca la incorporación de ciertas texturas sicodélicas entrelazadas con la genialidad conocida en la creación de canciones atemporales, desde el clasicismo de Eleanor Rigby y Here, There and Everywhere a la experimentación de Tomorrow Never Knows, pasando por una mayor presencia de Harrison en la composición y su influencia de la India. Todas las canciones podrían entrar en cualquier recopilatorio.

Aprovechando al máximo las posibilidades del estudio como laboratorio sonoro, el cuarteto buscaba seguir en movimiento, tanto en la incorporación de nuevos elementos estilísticos para expandir su propuesta, como en el planteamiento de sus letras, ahora abordando temas de una mayor abstracción: el amor ya no es darse la mano, sino adquirir cierto nivel de conciencia. Tanto para la música popular como para ellos mismos, este álbum señaló nuevos caminos a seguir, luminosos algunos de ellos y otros más, saturados de tierra propicia para el conflicto y la ruptura. No podía ser de otra forma.

El premio Nobel de literatura alcanzó una de sus crestas con Blonde on Blonde, plagada de letras poderosas que resaltaban imágenes llenas de metáforas y referencias a la cultura del folk y del blues, además de las consabidas narraciones sobre amores rotos o suspendidos, según el caso. Bob Dylan declaró años después que este álbum doble, primero realizado por un artista del mainstream, fue lo más cerca que ha estado de cristalizar la idea musical que tenía en la cabeza, con una salvaje mezcla de cambios en su estado de ánimo, transitando por la delgada línea del folkrock, el mejor compuesto a la fecha.

Están las canciones que exploran los misterios de la mujer, con todo y sus enigmáticas visiones, y las miradas a una época de convulsas transformaciones en la manera de entender el mundo, las relaciones humanas y el significado de la música popular. Dylan se desmarca del papel que le querían asignar de gurú folk alérgico a la electricidad –o a cualquier cosa que supusiera un cambio- y se enfoca a evolucionar letrística y armónicamente, acaso cerrando un primer capítulo en su largo recorrido, el más brillante de todos que, a la vista de sus obras posteriores, es mucho decir.

 

El bluesrock llegado de la isla

Cream fue el primer trío grande de la historia del rock y acaso el que inició el concepto de supergrupo: con el inmenso Fresh Cream, destilando compenetración y virtuosismo para la espesura, Bruce, Clapton y Baker iniciaron un camino tan breve como intenso. Mientras tanto, John Mayall & The Blues Breakers, esa especie de instituto de avanzada para formarse en las mágicas artes del bluesrock, alcanzaron su nivel más alto con el clásico Blues Breakers with Eric Clapton, incorporando con respeto a los clásicos estadounidenses del género y añadiendo un toque de espesa energía. “Clapton is God”, rezaba el clásico grafiti londinense.

Ya con la inclusión en pleno de Jeff Beck y por vez primera integrando sólo material propio, The Yardbirds presentaron la obra maestra Roger the Engineer, desplegando su blues-rock con tintes expresionistas, psicodélicos y orientalistas. Entretanto y con una pequeña ayuda de Frank Zappa en el primer corte, Animalism se constituyó como uno de los puntos más altos de la trayectoria de The Animals, aquí ya en plena madurez y dominio tanto instrumental como armónico para entrarle a la versionada con sello propio, partiendo de un estrato blusero que impulsa al disco para derrochar energía suficiente durante toda la noche.

 

La invasión inglesa

Ya sin ser el imperio dominante, los ingleses optaron por otro tipo de avanzada. En 1966, sus más insignes representantes, además de The Beatles, produjeron obras memorables. The Rolling Stones entregaron Aftermath, primer álbum integrado por puras canciones propias que, pintándolo de negro, cimentó su fama como chicos malos, parranderos y mujeriegos. Junto con la evidente base blusera, se empezaban a advertir otros influjos entre riffs roqueros y esencias folk que, en efecto, terminaban por dejar visibles las inevitables secuelas.

Por su parte, The Kinks grabó Face to Face, uno de sus grandes álbumes confeccionado con finas joyas pop bañadas con sutiles influencias de sonidos del este de Europa, que de pronto nos ponían cara a cara con personajes representativos de un diverso fresco social. En su segunda entrega, titulada Quick One, The Who refrendaba su frenesí generacional pero buscando una mayor complejidad estructural en las canciones, además de la consabida energía en la interpretación.

 

Debuts enrarecidos

Encabezados por el genial Frank Zappa, The Mothers of Invention se presentaron en sociedad, a la cual satirizaron a placer desde el primer momento, con el ecléctico disco doble Freak Out!, en el que igual cabían destellos guitarreros protopunk que estructuras cercanas al avant garde, entre la música concreta y un rock reformulado con tintes de enloquecido humor. Los freaks encontraban aquí un vehículo de identidad que respondía al rechazo con ingenio paródico.

En línea semejante, aunque más orientado hacia multicolores imágenes distorsionadas, The Psychedelic Sounds of the 13th Floor Elevators se constituyó como un referente inmediato de los tiempos que corrían, entre la búsqueda del tercer ojo en la punta de la pirámide y el viaje por los confines de la imaginación trastocada por sustancias misteriosas. Liderada por Rocky Erikson, la banda de Texas 13th Floor Elevators fue de las primeras en ponerle a un disco el término psicodelia, si bien se dejaban escuchar sonidos bluseros y del garage, tal como también lo hicieran los del Bronx Blues Magoos con Psychedelic Lollipop, su primera y principal obra en la que se incluyó el sencillo (We Ain't Got) Nothin' Yet, referente del aliento estrambótico del grupo.

The Monks es una de las bandas más peculiares de la historia del rock. Formada en Alemania por cinco miembros de las fuerzas militares estadounidenses asentadas por allá, solamente grabaron un disco en estudio, vuelto clásico de culto: Black Monk Time tiene un sustrato contestatario de directa crítica social a la guerra y demás calamidades, apostando por el garage como forma básica, entre consignas que se insertan en rítmicas reiterativas y por momentos desquiciadas. En tanto, el rock primigenio y energético de Love, comandados por Arthur Lee, se presentó en el homónimo debut Love, cincelado por cierto barroquismo folk con adornos psicodélicos.

Takes Off rompió el listón para Jefferson Airplane, banda esencial del movimiento hippie aquí centrándose en un folk de corte amoroso para trasladarse por los confines del arcoíris. Por su parte, The Young Rascals es un álbum de esos que pueden pasar desapercibidos, acaso por lo efímero de la banda de garage igual llamada The Young Rascals, pero que encarnaban las ideas clave de la época, entre versiones de clásicos y piezas propias con la energía y convicción propias de la juventud convertida en sonido.

 

Acentos folk

Un viaje a través del folkrock tocado por la sicodelia de la mano de Fifth Dimension, firmado por The Byrds en plena ebullición creativa, tomando referencias de oriente y puliendo los arreglos para convertir las canciones en experiencias multidimensionales. En vena similar, Mama´s and the Papa´s debutaron con presencia amplia vía If You Can Believe Your Eyes and Ears, feliz combinación de pop, folk y soul para cantarle al sueño californiano incluso en lunes, como para en efecto confiar en los sentidos. Grabaron también el homónimo The Mama´s and the Papa´s, confirmando el gran arranque creativo del cuarteto.

El folklorista Fred Neil, personaje importante de la escena del Greenwich Village neoyorquino, presentó su álbum Fred Neil, que se constituyó como su propuesta principal con todo y un par de clásicos (The Dolphins y Everybody’s Talkin’) que apuntalan un puñado de canciones transitando entre la reflexión y la vitamínica guitarra aderezada por eléctricas infusiones. La poesía del debutante Tim Hardin terminó en un feliz marco sonoro de folk, blues y rock titulado, para no entrar en complicaciones, Tim Hardin 1.

Simon & Garfunkel destilaron sensibilidad por partida doble: propusieron Sounds of Silence, cuya canción titular se convirtió en una de las más grandes de la historia, y el evocativo Parsley, Sage, Rosemary and Thyme con la frágil belleza de Scarborough Fair como carta de presentación, secundada por una vena poética que refería a Emily Dickinson y T. S. Eliot. Sunshine Superman de Donovan combinó con fino sentido melódico el folk y la psicodelia, desplegando una letrística de alcances abstractos: los superhéroes también pueden ser luminosos. En tanto, Tim Buckley, nacido en Washington, alzó la voz con plena convicción en el homónimo Tim Buckley, álbum debut plagado de un folk efervescente en plena fusión jazzera.

 

Rock, blues y otros gratos encuentros

Them Again fue el segundo álbum de la colapsada agrupación irlandesa asentada en Inglaterra; después de esta obra, Them se quedó sin la presencia de Van Morrison. Sin igualar a su debut y conformado por versiones y composiciones propias, se dejan escuchar convincentes acentos de R&B y rock’n’roll con la rudeza acostumbrada, alcanzando cuotas de dramatismo. Firmado por The Butterfield Blues Band, East-West es un segundo disco que confirma y trasciende lo mostrado en el debut: una delicia blusera con tintes de jazz de imparable dinámica, generada por la armónica del jefe Paul y secundada por los roqueros guitarrazos y la adaptativa base rítmica.

The Lovin’ Spoonful levantaron la mano con dos sólidos álbumes que confirmaban las mejores expectativas generadas tras su debut: Daydream y Hums’ of the Lovin’ Spoonful, ya predominando las composiciones propias, y encontrando el equilibrio entre la inventiva para la creación de melodías cercanas y la combinación de componentes bluseros y rockeros, pasados por un tamiz folk. El breve y brillante combo conocido como Buffalo Springfield, integrado por Stills, Furay y Neil Young, además de la base rítmica, se presentó con el ídem Buffalo Springfield, a partir de una orientación folkrock con la debida cuota de espíritu sesentero.

 

Jazz en sus formas

El patriarca Duke Ellington se hizo presente con dos notables entregas a la altura de su ya ganado prestigio: Soul Call y Scared Music no hicieron sino confirmar su estatus de músico imprescindible del siglo XX. Por su parte, el eterno saxofonista Sonny Rollins, además de encargarse del soundtrack de Alfie, nos regaló el clásico East Broadway Run y, por no dejar On the Outside, como para mostrar que en apenas un año se pueden pulir tres joyas musicales.

Fue el año del saxofonista Wayne Shorter, por partida doble con todo y su combinación orgánica de hard y postbop: su obra maestra Speak No Evil, frecuente en las listas de lo mejor del jazz de toda la historia, se dejó acompañar por el brillante Adam’s Apple. En ambos, resultó clave la presencia de Herbie Hancock, quien se encargó del score de Blow-Up, filme de Antonioni con estética Mod, al tiempo que The Cannonball Adderley Quintet mostró sus dotes para construir escenarios en Mercy, Mercy, Mercy! Live at the Club, toda una celebración del mejor jazz de la época.

El pianista Cecil Taylor grabó, cual monolito sonoro vanguardista con todo y enloquecido sax, Unit Structures, en tanto el pianista polaco Krzysztof Komeda, conocido por sus aportes sonoros para algunos filmes de los maestros Polanski y Bergman, presentó Astigmatic, toda una experiencia perceptiva de cercanía y distancia. El guitarrista Wes Montgomery tuvo la brillante idea de hacer equipo con Jimmy Smith para grabar un disco propio de superhéroes: Jimmy & Wes: The Dynamic Duo, muestra clara de cómo el movimiento, en tanto concepto filosófico y musical, sigue siendo la esencia del jazz.

El saturnino Sun Ra nos continuó llevando por realidades más allá del planeta con los siderales The Magic City y Nothing Is, mientras que el organista Larry Young propuso Unity, conformado por complejas progresiones armónicas buscando, ciertamente, la anhelada unicidad. Acompañado por su sexteto, Roscoe Mitchell siguió en plan explorador con el imprescindible Sound, abriendo posibilidades para imprevistas rupturas del silencio. Del ensamble de Chicago, Joseph Jarman rindió tributo a la capacidad de improvisación con Song For, como si fuera dedicada a la evolución del género.

Con deliciosa soportable levedad, George Benson debutó con el fluido It’s Uptown en formato de cuarteto, misma alineación de Charles Lloyd para mostrar su Dream Weaver, onírico tejido armónico que nos atrapa a la primera, y Joe Henderson produjo Mode for Joe, en el que el sax tenor se sostiene en un grupo de estelares para integrar géneros jazzeros de la tradición a la vanguardia con toda naturalidad, premisa seguida por el trompetista Lee Morgan para crear el revitalizante Delightfulee, uno de sus mejores discos y por Don Cherry, quien grabó Symphony for Improvisers, su opus 2 con una alineación internacional en clave de septeto, incluyendo a Gato Barbieri, fallecido este año.

 

Levantando la voz

Grabado a principios de los años cuarenta, aunque publicado hasta 1966, Down on Stovall's Plantation es un documento histórico que muestra a Muddy Waters entre cuerdas con aliento libertario. Con Up-Tight Everyhing’s Alright, Stevie Wonder mostró una evolución sorprendente en plena adolescencia, apuntalando su capacidad vocal e instrumental entre texturas bañadas del clásico R&B y soul con el sello Motown. Este mismo año grabó Down to Earth, también incluyendo un cover de Bob Dylan.

Complete & Unbelievable: The Otis Redding Dictionary of Soul, quinto álbum de Otis Redding, se convirtió en un clásico del género al cual se puede acudir en caso de requerir definiciones precisas y sensaciones difusas, como las que también se encuentran en The Wicked Pickett y The Exciting Wilson Pickett, doblete con tintes de R&B y vocalizaciones altamente reconocibles cortesía, desde luego, del gran Wilson Pickett. De igual forma, Frank Sinatra entregó uno de sus mejores discos, Sinatra at the Sands, grabado ni más ni menos que con la orquesta de Count Basie y producido por Quincy Jones, con interpretaciones tomadas de sus famosos shows en Las Vegas.

En tono más orquestal que otras de sus obras sesenteras, la grandiosa Nina Simone presentó el impecable High Priestess of Soul con la habitual integración de jazz, pop, góspel y soul, aquí interpretando temas propios y de grandes nombres como Berry, Ellington, Adderley y Badalamenti. También produjo Wild is the Wind, como refrendado su momento ideológico. The Supremes, el trío femenino convertido en la joya del sonido Motown, realizó I Hear a Symphony y Supremes A’ Go-Go, tendencia seguida por Martha & The Vandellas en el estupendo Whatchout!, destilando un clásico R&B con tintes de soul.

 

Con sabor latino

Herb Alpert & Tijuana Brass continuó con su mezcla de sonidos fronterizos, ya entrando al mercado global, con What Now My Love, poniéndonos de buen humor por más que nos resistamos, mientras que Barbra Streisand probó fortuna con la cultura gala vía Je M'appelle Barbra, cercana a la chanson, muy en boga durante los años sesenta. Nancy Sinatra, hija del ilustre Frank, presentó How Does That Grab You?, interesante disco más allá de la influencia familiar. Para rematar, Celia Cruz y Tito Puente hicieron migas para grabar el caliente Cuba y Puerto Rico Son…, como para intentar derretir el hielo en tiempos de la guerra fría.

Del otro lado del Atlántico, Sergio Mendes compuso, con toda la rítmica carioca pero con los agregados de una melodiosa construcción y un sabor accesible para el mundo, el muy conocido más allá de sus fronteras Sergio Mendes & Brasil ’66. En este contexto geográfico y con el sustento del bossa nova, la cantante Astrud Gilberto nos invitó con la cadencia necesaria para mirar hacia el horizonte con Look to the Rainbow, de tal manera que nos pudiéramos adentrar en Rain Forest de la mano del tecladista Wander Wanderley, brillante músico oriundo de Arrecife, Brasil, tierra de Chico Buarque, quien debutó presentando su Chico Buarque de Hollanda, Vol. 1, destilando samba con aliento poético.

 

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